Nacer y renacer PDF Imprimir E-Mail

Decisiones. Una vida llena de momentos en los que está en juego la supervivencia, el futuro, la vida misma. Decisiones que para bien o para mal se tienen que afrontar tarde o temprano. Una historia de vida con muerte, pero que renace. Revive.

Por: Andrés Raigosa - Periodista - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Adriana se echa la bendición cada vez que habla de tener un bebé. Lo desea más

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que a cualquier cosa en el mundo, quiere compartir la dicha de ser madre y ver crecer a un pequeño. Quiere darle todo el amor que tiene, el amor que no tuvo, el amor que dejó escapar.

Pero después del suspiro sobrevino la reflexión. Sabe que en Colombia, y más para las personas con su tendencia sexual, es prácticamente un imposible desde la ley y desde la moral pública. Ser homosexual, mujer y tener una pareja es un pecado a los ojos de muchos, "pero que esa pareja quiera adoptar o criar un hijo es un sueño, sólo eso".

Adriana tiene 24 años recién cumplidos. Abiertamente acepta su condición de homosexual, su amor por Laura, su pareja y su oficio: empleada doméstica. Hoy ya no tiene miedo de su pasado, de la historia que la precede, ahora sólo quiere pensar en su futuro, en lo que vendrá, en Dios todopoderoso.

Todo pasa y todo queda

Los recuerdos le vienen a la mente de forma especial, recuerda detalles, olores, calles, situaciones enteras. En su cabeza vienen y van las imágenes de un pasado que ya no la persigue porque lo ha aprendido a superar, porque "perdonó".

A sus 15 años su tío la trataba de forma "especial". Más que cualquiera de sus otros 4 tíos. Orlando la miraba con extrañeza, con frecuencia, insistentemente. Vivía en una pequeña casa en la Comuna Nororiental de Medellín en compañía de su mamá, Luz Amparo y dos hermanitos menores; Camilo y Andrés Steven de cuatro y 10 años.

Su padre, mecánico de profesión, los había abandonado hace mucho tiempo, dejándolos a la deriva. Al taller nunca volvió, menos a su casa. Las malas lenguas dicen que "las culebras" lo desaparecieron.

Adriana trabajaba de vez en cuando en casas de familia haciendo el aseo, sólo por días. Otros, seguía fielmente las novelas de moda. Los muchachos del barrio le coqueteaban cada vez que salía a la tienda o conversaba con alguna de sus amigas en la puerta de su casa, mientras cuidaba de sus hermanitos y cocinaba lo que hubiera. En sus manos se pueden sentir las intensas jornadas de limpieza y la resequedad que límpido y ácido muriático le dejaron tatuada en la piel.

"Yo era bonita; bueno, eso me decían los manes y mis amigas, y me gustaba que los muchachos me echaran piropos y que me invitaran a salir en moto, a cine y a las tabernas", comenta Adriana, mientras se hace una moña y se arregla su pelo negrísimo y lacio.

Pero en esas salidas y de vez en cuando, se encontraba a su tío Orlando por ahí tomando, y con la excusa de ser "un familiar", la abrazaba y se relacionaba con sus amigos infiltrándose en el "combo", personas que departían en la taberna al sonar de la salsa y la champeta.

Nunca confió en su tío, sentía "malas energías", desconfianza que se veía reflejada en el trato, en la mirada, en la rudeza de sus palabras. Pero en cambio, él nunca se percataba y mantenía su persistencia, su coquetería solapada y con disimulo. Una sombra que parecía seguirla donde fuera.

Pero esos encuentros se fueron repitiendo, sumados a los que tenían en la casa, en el barrio. Lo veía en todas partes. Llegó a pensar que la estaba siguiendo. Los únicos días que descansaba eran aquellos en que su patrona, Libia, la llamaba a trabajar. Esos días mantenía la mente ocupada y se alejaba de la imagen robusta de Orlando, que en sus pesadillas, la perseguía pidiéndole que le diera besos, que lo tocara, "que se lo hiciera", que lavara los baños, que le hiciera de comer.

Nunca le dijo nada Luz Amparo. Ella vivía su propio duelo, su propio sacrificio, haciendo empanadas y frituras en otro barrio, trabajando entre 10 y 15 horas al día. Llegaba exhausta. "Más preocupaciones para qué", se decía Adriana.

La rumba se derrumba

Era jueves el día que aceptó salir con los amigos de su "combo". Estaba contenta porque entre ellos estaba Johan, un amigo con el que estaba conversando hace unos días. Un joven moreno y apuesto con el que esa noche bailaría salsa hasta limpiar el piso de la discoteca, con el que disfrutaría de los vallenatos románticos de Rafael Orozco y Diomedes Díaz, al que besaría con amor si le propusiera ser su novia.

Juntos salieron a disfrutar de la noche en compañía de los otros amigos y amigas del "combo". Desde temprano se calentaban escuchando salsa en el Renault de uno de ellos y tomando ron, para llegar "entonados y en sintonía con la rumba". Pero grande fue la sorpresa cuando al llegar a la discoteca Johan saludó de abrazo a Orlando, quien parecía esperarlos. Congelada, lo saludó con una sonrisa falsa y entró.

Adentro decidió ignorarlo como muchas veces, pero sentía su mirada en la espalda, mientras bailaba con Johan. Estaba incómoda, no era la noche que había soñado. El ron seguía fluyendo de boca en boca al ritmo del merengue, y como un suspiro, el tiempo corrió hasta a la madrugada cuando el sitio cerró oficialmente.

Todos evidentemente "prendidos" decidieron terminar la rumba en casa de Orlando, a lo que Adriana no se opuso. Se sentía más borracha y mareada de lo común.

"No me acuerdo bien, estaba muy prendida, muy borracha, hablaba enredado y Johan me abrazaba. Terminamos en el apartamento de el tal tío y allá todos tomaron más ron, fumaron marihuana, metieron perico", comenta Adriana, diciendo que en ese momento solo recuerda instantes fugaces.

En uno de esos, recuerda vagamente que no había nadie en el apartamento y que Orlando le está besando el cuello. Ella intenta separarlo empujándolo, pero el obeso hombre no se mueve un milímetro. Intenta gritar y nadie parece escucharla.

"No se que pasó, son como fotos desordenadas. Él me estaba chupando el cuello, la oreja. Yo sentía como me manosiaba, me metía la mano entre el blue jean y me tocaba las tetas desesperado. No me lo lograba quitar y mientras más forsejiaba, más duro me cogía. Entonces logró bajarme los jeans que traía y me penetró. Me decía groserías, me decía que yo era su perra, que el deseaba...yo empecé a llorar pero a él no le importó y seguía", narra Adriana con frialdad, como si careciera de importancia, con despotismo e indiferencia.

El despertar

El dilema era intenso, a nadie quería decirle lo sucedido. ¿Quién le iba a creer? Estaba triste, deprimida. Esa misma madrugada llegó a su casa y se encerró por varios días. No iba a trabajar, no salía a la tienda. Se sentía sucia, destrozada y adolorida física y sicológicamente.

Un día de esos al despertar, decidió olvidar lo sucedido, enterrarlo y seguir como si nada para ayudar a sus hermanitos y acompañar a su mamá, pero el dolor persistía.

Antes de cumplir el mes de lo sucedido los síntomas de un embarazo se apoderaban de su delgado cuerpo. El periodo no llegaría y las sospechas eran un hecho cuando la prueba de embarazo casera dio el positivo.

"Mi primera vez, con un man como Orlando que se aprovechó que estaba borracha, además tío mío, gas. Me hizo la del pisco, que mal, que mal por mí...y desde el momento que me di cuenta comenzó una época muy mala para mí, lloraba todo el día y me la pasaba enojada, de mal humor. Nadie se podía dar cuenta, a nadie le quería contar, simplemente no aguanté más", dice Adriana aparentemente indiferente, con una calma sospechosa, con sus ojos clavados en un punto de la pared, con un odio enterrado.

Alba, una de sus mejores amigas, le dijo la palabra clave: "aborte". Le planteó la posibilidad de "no tener el bebe" de forma "fácil y segura", lo que Adriana escuchó atentamente. Entre las posibilidades estaba la de tomar unas pastillas "mágicas" que le haría "expulsar el feto" de forma "natural", o la de ir donde un médico que una conocida le había contando que practicaba abortos a mujeres con menos de cuatro meses de embarazo.

El día D

Pasados unos días y en vista que las pastillas no aparecían, reunieron el dinero

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para buscar al reconocido doctor. Basadas en pistas dieron con el consultorio, allí después de una espera hablaron con el encargado del procedimiento quien con su forma de hablar y explicaciones, tranquilizó al par de mujeres detallando el proceso, la seguridad, los cuidados y la fecha en la cual llevarían a cabo la operación.

El dinero ya estaba recogido, ahora había que esperar unos días. Adriana entraría dentro de las frías cifras que señalan que en Colombia el 26.5 por ciento de las menores de 20 años se han embarazado, y de éstas el 44.6 por ciento, se ha practicado un aborto.

Adriana mucho más tranquila, volvió a su casa. Su vida volvería a la normalidad, se repetía una y otra vez. Tiempo después y con la excusa de ir unos días a la casa de su patrona, se embarcó en la operación.

"Yo llegué allá con mucho susto, nunca me habían operado de nada, cualquier cosa me podía pasar. Cuando desperté me sentía mareada, con ganas de vomitar y mucho dolor, el médico me dejó reposar y después Albita me llevó pa su casa porque vivía sola. Allá pase 6 días muy maluca, con mucha hemorragia, acostada y tomando pastillas para el dolor. Yo me sentía tranquila de haber salido del problema, pero en el fondo me imaginaba cargando un bebé, teniéndolo y me daba mucho pesar, me daba tristeza. A veces me sentía culpable", comenta Adriana, quien se tardó más de 6 días en volver a caminar, en recuperarse.

Orlando ya no se aparecía, menos se imaginaba por las que pasó Adriana. Para ella su vida había cambiado, así el bebé no hubiera nacido. Ahora los hombres significaban una amenaza, todos estaban a su lado para hacerle daño. Con el tiempo desarrolló una barrera para evitarlos y una afinidad más fuerte con las mujeres, en especial con Laura, una amiga de Alba que le sirvió de apoyo para salir adelante, para pensar en el perdón, para descubrir el verdadero amor.

Laura la llevó por el camino de la religión por donde encontraría más tranquilidad y al cabo de un tiempo, "esa amistad se convertiría en amor, en pasión, en ganas de salir adelante".

Realidad

Nueve años pasaron, tiempo en el que su familia se enteró de su relación con Laura, en el que sus hermanos crecieron. Años en los que el recuerdo de su aborto y su sufrimiento fueron olvidados forzosamente. En los que encontró el amor y la comprensión.

También había decidió vivir con Laura, lejos de su casa, pues Luz Amparo nunca entendió su relación, su amor. Hoy juntas pagan un modesto apartamento y viven de lo que gana Adriana en sus días como empleada del servicio y del salario mínimo de Laura quien trabaja en un almacén en el centro.

"La vida me dio la oportunidad de ser madre, era casi una niña y confundida por todo la perdí, por culpa de eso, hoy estoy incapacitada para tener hijos. Dios me dio ese castigo. No puedo devolver el tiempo. Pero hoy quiero ser madre y con Laura, criar un hijo, darle amor, todo lo que necesita. La gente cree que porque somos gays no podemos, pero llegará el día en que podamos adoptar o tenerlos por oros medios, la vida me dará la oportunidad de renacer, estoy segura", concluye Adriana, que deja ver unas lagrimas en sus ojos.

"Laura tiene hoy una cita importante", comenta Adriana. Y lo es, Laura empezó sus averiguaciones pues quiere tener un bebé por inseminación artificial. Juntas han ahorrado lo suficiente, "si es necesario mantenerlo en secreto, pues lo hacemos. Nadie nos impedirá tener un hijo, nuestro hijo, cueste lo que cueste", concluye. Suspira.

                                                                                                                                         



* Los nombres fueron modificados por solicitud expresa de las fuentes.


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