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Por Andrés Delgado - Lector colaborador de El Grifo-
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Al medio día de hoy almorcé en un restaurante ubicado a tres
cuadras del piso en
el que vivo. Comer solo en un día de trabajo resulta muy
normal, pero hacerlo sin compañía en un día domingo como hoy, y oyendo nada más
que las conversaciones en otras mesas, es una de esas dramáticas situaciones
con las que se nutre la fibra de la soledad.
Han pasado unas cuantas semanas desde que mi novia me dejó
para irse a la casa de su madre, y con ella se llevó nuestra hija. Cuando vivíamos
juntos y salíamos a comer hamburguesas, tacos, pastas o pizza, el evento
resultaba todo un festejo. Pero si en el pasado salir a un restaurante traía
felicidad y satisfacción ahora comer solo resulta todo un hastío.
Desde que ambas se fueron, e incapaz de reducir mi orgullo
para facilitar su regreso, quedé reptando por las pantanosas calles de mi nueva
vida, perdido entre la mala leche del vicio, la calle y las putas. Ahora quiero
mandar a la mierda todo esto e intentar volver a estar cobijado por las
cotidianidades del hogar. De manera que metiéndome en la boca unas cucharadas
de una sopa espesa y amarilla que debía estar muy exquisita, ─ y sin embargo a mí me supo a
caucho fundido ─, recordé que el concierto de piano programado para mañana es
de entrada libre, y pensé en llamar a la casa de su madre para invitarla e ir
juntos con la nena. Pero luego de un
rato dudé en llamar. Ya en otras ocasiones ha rechazado mis invitaciones y cada
que lo hace el reducto de mi esperanza se adelgaza, suprimiendo mi ánimo y
activando una sospecha, unos celos terribles que me quitan el sueño. Aún así,
arriesgándome a pasar otra noche en vela a causa de un "no", la llamé. Su tono de voz estaba opaco como un pedazo brusco de
hierro, pero, finalmente y con indiferencia, accedió a verme y acordamos una
hora para vernos mañana al anochecer.
El teatro es una casa vieja, al estilo republicano, en la
que se acondicionó una sala de funciones. Cuando llegué la gente estaba
arremolinada al lado de la enorme puerta de madera, esperando entrar sin seguir
el orden de una fila. A un lado del tumulto y recostado en la pared iba a
detenerme para hacer tiempo cuando las vi llegar. Ella venía cargando la niña.
Junto a
las dos, y conversando, las acompañaba un tipo flaco y más alto, de
gafas redondas, camisa larga y a cuadros. El sujeto se veía desordenado. "Un
hippie", pensé y sentí rabia la verlos hablar. El tipo traía un sombrero de
tela y por las orejas se le escapaban los mechones de un pelo ralo. El
flacuchento, con esa estampa, parecía un maldito espantapájaros. Cuando la
pequeña me vio se zafó de su mamá y vino corriendo hacia mí. Me agaché para
recibirla y ella se tiró en mis brazos. Quien haya gozado con el placer de tener
una hija sabe que abrazarla es una maravillosa sensación, es una caricia idealista
y fantástica que nos intenta asegurar que la nena aún nos quiere y que su amor
siempre estará con nosotros.
De modo que la pequeña se pegó de mí. Sus brazos son aún tan
pequeños que a fuerza de lidia lograron abracar todo mi cuello. ─ Papá, te quiero
mucho ─ me dijo. Yo estaba feliz de tener a mi pequeña cerca y diciéndome esas
cosas tan bellas. La mayor satisfacción que puede tener un papá es que su niña lo
ame.
En ese momento llegaron los otros dos. Iba a dejar a la niña
en el piso, para
saludar con un abrazo a la mamá, cuando la pequeña se aferró
con más ganas y me dijo al oído: "papá, tu eres mi único, mi único papá". La
miré interrogativo y al verme la pregunta escondió la cara en mi cuello. Sus
palabras fueron muy claras, pero hasta ahora vengo a entenderlas. De manera que
tuve que saludar dando la mano, cargando a la pequeña con el otro brazo. La
mamá me saludó con los ojos barnizados de resentimiento y una actitud forzada,
como si no quisiera cruzar palabra conmigo. De inmediato dejé mi sonrisa y se
me acabó la alegría que traía para verlas. Ella me presentó al tipo. El hombre traía
una cordial mirada de sapo. Odiándolo, le di la mano.
Cargando la niña penetré en la romería a la entrada del
teatro para lograr ingresar, mientras ellos dos se quedaron un tanto más atrás.
"No importa", pensé tratando de darme yo mismo una explicación, "ése tiene que
ser tan sólo un amigo". Antes de pasar la puerta y metido entre la gente giré
para verificar que me seguían. Detrás de mí venían otros muchachos y un poco
más allá venía la mamá y su amiguete. Ella sonreía. De un momento a otro alzó
un poco la cabeza para mirarle la cara al tipo y le noté en sus ojos el
estúpido brillo que no tuvieron cuando me miraron a mí. Me sentí un idiota
cargando la niña, dejando que esos dos estuvieran solos. Me puse nervioso. Pensé
que no era posible que, habiendo pasado tan poco tiempo desde su partida, ya
estuviera enredada con otro sujeto.
El sentimiento de las mujeres es así. Cuando aman desarrollan
un apego de babosa sintiéndose realizadas y fuera de peligro. Se comprometen. Todo
esto hasta que llega la duda. La mujer no necesita de la verificación para
acabar con su amor. Con la duda tiene y le sobra para matarlo. Cuando comienzan
a dudar, y encuentran la más mínima disculpa para sus acciones, cortan de un
tajo y sin miramientos su pasión y entrega. Aún así, e inyectadas de soledad y
divorcio renacen al mundo, se reencuentran con su sed de aventuras y salvajismo
y vuelven a estar tan vivaces que incluso desarrollan una particular forma de
crueldad y cizañería.
Por otra parte, siempre supe que la mamá de mi hija poseía
una mayor inteligencia y un mayor despliegue de sentimientos, unos sentimientos
que cuando estuvo conmigo no pudo reflejar, encerrándolos en los barrotes de la
desconfianza hacia el mundo que yo le dibujaba.
Al ingresar a la sala nos sentamos en cuatro sillas. El tipo,
sin quitarse el horroroso sombrero, se hizo al lado de la mamá, y, en la mitad
de ella y yo, se sentó la niña. El concierto comenzó pero yo no escuchaba nada
más que mis pensamientos. De pronto intentaba concentrarme en la música pero la
monotonía del piano era terrible. Estaba incómodo, con rabia, me sentí
impotente, idiota, y más miserable que nunca. La función avanzaba y la niña no
soportó tanta quietud. Comenzó a desesperarse, preguntaba sin descanso cuántas
canciones faltaban para que llegara el final del concierto y le pedía una y
otra vez a su mamá que se marcharan.
Después de un rato, al ver tan incómoda a la niña, la mamá decidió
irse.
─ Yo te llevo a la casa ─ le dije.
─ No, no hay por qué, yo,,,.
─ Sí, sí hay porque ─ le arrebaté ─, mira a la niña..., ya está
durmiéndose.
─ Está bien ─ dijo un tanto ofuscada ─ entonces vámonos.
Cogí en brazos a la niña que ya estaba entre-dormida, y salí
de la sala seguido por la mamá. El tipo también salió. Los tres nos detuvimos
en el lobby del teatro.
─ Éste nos va a llevar mi casa ─, le dijo ella al tipo sin
mirarme ─, quédate y me cuentas luego cómo terminó el concierto.
Con ese sombrero de retrasado mental el tipo no abrió la
boca y puso cara de perro resignado. Los tres nos miramos como unos pendejos.
Ellos esperaban a que yo saliera primero por el pasillo pero me quedé estático.
Entonces ella se acercó al espantapájaros y se despidió con un breve beso en
los labios. Ella lo besó y luego salió caminando por el pasillo, dejándonos a
los dos hombres solos. Mirándole los ojos al hijo de puta le dije: ─ Estás
destruyendo una familia, malparido ─. Esto me salió de la boca con la rabia de
un perro, aunque lo que yo quería era matar al maldito hippie de la mierda. Pero
de inmediato supe también que ella era una mordaz provocadora y que el tipo era
un mísero títere, un pobre esclavo de su vagina.
Por el pasillo salí caminando siguiéndole los pasos a ella.
Cuando la alcancé no me miró, iba con los ojos puestos al frente, mas pude
verle una breve sonrisa en los labios. Así fue. En sus infames labios llevaba una
sonrisa. Estaba feliz con su malintencionado beso. Estaba orgullosa de su crueldad,
de su veneno, de su beso putrefacto y feo, abyecto, vil, y sórdido beso. Sabía
que de esta forma me dañaba el alma, y efectivamente la dañó. Con el recuerdo
de su beso me condenó a la ira, a la desesperanza. Y saberse autora del tropel
que engendraba en mi vida le causaba ese enorme y podrido orgullo. Pensé que
esa mujer tenía partida el alma con la verticalidad y el filo de la maldad.
Leyendo esto debe estar feliz, recordando y aplaudiendo su actuación.
Finalmente salimos a la calle. La miré con todo el desprecio
que pude y ella me devolvió una indolente mirada salpicada de alegría. No pude
seguir mirándole su satisfacción. Me sentí humillado. Entonces le puse la pequeña
dormida en los brazos. En su paz mi niña se veía pura, hermosa. Mirándola, se quemó
mi corazón. Era un dolor intenso, muy agudo que me rompía la vida. Le acaricié su
pelo infantil y me incliné para darle un beso en la frente. Le miré el rostro
tierno por última vez y me largué de allí.
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