Horrible beso PDF Imprimir E-Mail
Cuando las caderas no mienten  La cucaracha y el camaján  Una galería de sepia  Las soledades del poder en El General en su Laberinto de Gabriel García Márquez 

 


Por Andrés Delgado - Lector colaborador de El Grifo- Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla  

Al medio día de hoy almorcé en un restaurante ubicado a tres cuadras del piso en

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el que vivo. Comer solo en un día de trabajo resulta muy normal, pero hacerlo sin compañía en un día domingo como hoy, y oyendo nada más que las conversaciones en otras mesas, es una de esas dramáticas situaciones con las que se nutre la fibra de la soledad.

Han pasado unas cuantas semanas desde que mi novia me dejó para irse a la casa de su madre, y con ella se llevó nuestra hija. Cuando vivíamos juntos y salíamos a comer hamburguesas, tacos, pastas o pizza, el evento resultaba todo un festejo. Pero si en el pasado salir a un restaurante traía felicidad y satisfacción ahora comer solo resulta todo un hastío.

Desde que ambas se fueron, e incapaz de reducir mi orgullo para facilitar su regreso, quedé reptando por las pantanosas calles de mi nueva vida, perdido entre la mala leche del vicio, la calle y las putas. Ahora quiero mandar a la mierda todo esto e intentar volver a estar cobijado por las cotidianidades del hogar. De manera que metiéndome en la boca unas cucharadas de una sopa espesa y amarilla que debía estar muy  exquisita, ─ y sin embargo a mí me supo a caucho fundido ─, recordé que el concierto de piano programado para mañana es de entrada libre, y pensé en llamar a la casa de su madre para invitarla e ir juntos con la nena.  Pero luego de un rato dudé en llamar. Ya en otras ocasiones ha rechazado mis invitaciones y cada que lo hace el reducto de mi esperanza se adelgaza, suprimiendo mi ánimo y activando una sospecha, unos celos terribles que me quitan el sueño. Aún así, arriesgándome a pasar otra noche en vela a causa de un "no", la llamé. Su tono de voz estaba opaco como un pedazo brusco de hierro, pero, finalmente y con indiferencia, accedió a verme y acordamos una hora para vernos mañana al anochecer.

El teatro es una casa vieja, al estilo republicano, en la que se acondicionó una sala de funciones. Cuando llegué la gente estaba arremolinada al lado de la enorme puerta de madera, esperando entrar sin seguir el orden de una fila. A un lado del tumulto y recostado en la pared iba a detenerme para hacer tiempo cuando las vi llegar. Ella venía cargando la niña.

Junto a  las dos, y conversando, las acompañaba un tipo flaco y más alto, de gafas redondas, camisa larga y a cuadros. El sujeto se veía desordenado. "Un hippie", pensé y sentí rabia la verlos hablar. El tipo traía un sombrero de tela y por las orejas se le escapaban los mechones de un pelo ralo. El flacuchento, con esa estampa, parecía un maldito espantapájaros. Cuando la pequeña me vio se zafó de su mamá y vino corriendo hacia mí. Me agaché para recibirla y ella se tiró en mis brazos. Quien haya gozado con el placer de tener una hija sabe que abrazarla es una maravillosa sensación, es una caricia idealista y fantástica que nos intenta asegurar que la nena aún nos quiere y que su amor siempre estará con nosotros.

De modo que la pequeña se pegó de mí. Sus brazos son aún tan pequeños que a fuerza de lidia lograron abracar todo mi cuello. ─ Papá, te quiero mucho ─ me dijo. Yo estaba feliz de tener a mi pequeña cerca y diciéndome esas cosas tan bellas. La mayor satisfacción que puede tener un papá es que su niña lo ame.

En ese momento llegaron los otros dos. Iba a dejar a la niña en el piso, para

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saludar con un abrazo a la mamá, cuando la pequeña se aferró con más ganas y me dijo al oído: "papá, tu eres mi único, mi único papá". La miré interrogativo y al verme la pregunta escondió la cara en mi cuello. Sus palabras fueron muy claras, pero hasta ahora vengo a entenderlas. De manera que tuve que saludar dando la mano, cargando a la pequeña con el otro brazo. La mamá me saludó con los ojos barnizados de resentimiento y una actitud forzada, como si no quisiera cruzar palabra conmigo. De inmediato dejé mi sonrisa y se me acabó la alegría que traía para verlas. Ella me presentó al tipo. El hombre traía una cordial mirada de sapo. Odiándolo, le di la mano.

Cargando la niña penetré en la romería a la entrada del teatro para lograr ingresar, mientras ellos dos se quedaron un tanto más atrás. "No importa", pensé tratando de darme yo mismo una explicación, "ése tiene que ser tan sólo un amigo". Antes de pasar la puerta y metido entre la gente giré para verificar que me seguían. Detrás de mí venían otros muchachos y un poco más allá venía la mamá y su amiguete. Ella sonreía. De un momento a otro alzó un poco la cabeza para mirarle la cara al tipo y le noté en sus ojos el estúpido brillo que no tuvieron cuando me miraron a mí. Me sentí un idiota cargando la niña, dejando que esos dos estuvieran solos. Me puse nervioso. Pensé que no era posible que, habiendo pasado tan poco tiempo desde su partida, ya estuviera enredada con otro sujeto.

El sentimiento de las mujeres es así. Cuando aman desarrollan un apego de babosa sintiéndose realizadas y fuera de peligro. Se comprometen. Todo esto hasta que llega la duda. La mujer no necesita de la verificación para acabar con su amor. Con la duda tiene y le sobra para matarlo. Cuando comienzan a dudar, y encuentran la más mínima disculpa para sus acciones, cortan de un tajo y sin miramientos su pasión y entrega. Aún así, e inyectadas de soledad y divorcio renacen al mundo, se reencuentran con su sed de aventuras y salvajismo y vuelven a estar tan vivaces que incluso desarrollan una particular forma de crueldad y cizañería.

Por otra parte, siempre supe que la mamá de mi hija poseía una mayor inteligencia y un mayor despliegue de sentimientos, unos sentimientos que cuando estuvo conmigo no pudo reflejar, encerrándolos en los barrotes de la desconfianza hacia el mundo que yo le dibujaba.

Al ingresar a la sala nos sentamos en cuatro sillas. El tipo, sin quitarse el horroroso sombrero, se hizo al lado de la mamá, y, en la mitad de ella y yo, se sentó la niña. El concierto comenzó pero yo no escuchaba nada más que mis pensamientos. De pronto intentaba concentrarme en la música pero la monotonía del piano era terrible. Estaba incómodo, con rabia, me sentí impotente, idiota, y más miserable que nunca. La función avanzaba y la niña no soportó tanta quietud. Comenzó a desesperarse, preguntaba sin descanso cuántas canciones faltaban para que llegara el final del concierto y le pedía una y otra vez a su mamá que se marcharan.

Después de un rato, al ver tan incómoda a la niña, la mamá decidió irse.

─ Yo te llevo a la casa ─ le dije.
─ No, no hay por qué, yo,,,.
─ Sí, sí hay porque ─ le arrebaté ─, mira a la niña..., ya está durmiéndose.
─ Está bien ─ dijo un tanto ofuscada ─ entonces vámonos.

Cogí en brazos a la niña que ya estaba entre-dormida, y salí de la sala seguido por la mamá. El tipo también salió. Los tres nos detuvimos en el lobby del teatro.
─ Éste nos va a llevar mi casa ─, le dijo ella al tipo sin mirarme ─, quédate y me cuentas luego cómo terminó el concierto.

Con ese sombrero de retrasado mental el tipo no abrió la boca y puso cara de perro resignado. Los tres nos miramos como unos pendejos. Ellos esperaban a que yo saliera primero por el pasillo pero me quedé estático. Entonces ella se acercó al espantapájaros y se despidió con un breve beso en los labios. Ella lo besó y luego salió caminando por el pasillo, dejándonos a los dos hombres solos. Mirándole los ojos al hijo de puta le dije: ─ Estás destruyendo una familia, malparido ─. Esto me salió de la boca con la rabia de un perro, aunque lo que yo quería era matar al maldito hippie de la mierda. Pero de inmediato supe también que ella era una mordaz provocadora y que el tipo era un mísero títere, un pobre esclavo de su vagina.

Por el pasillo salí caminando siguiéndole los pasos a ella. Cuando la alcancé no me miró, iba con los ojos puestos al frente, mas pude verle una breve sonrisa en los labios. Así fue. En sus infames labios llevaba una sonrisa. Estaba feliz con su malintencionado beso. Estaba orgullosa de su crueldad, de su veneno, de su beso putrefacto y feo, abyecto, vil, y sórdido beso. Sabía que de esta forma me dañaba el alma, y efectivamente la dañó. Con el recuerdo de su beso me condenó a la ira, a la desesperanza. Y saberse autora del tropel que engendraba en mi vida le causaba ese enorme y podrido orgullo. Pensé que esa mujer tenía partida el alma con la verticalidad y el filo de la maldad. Leyendo esto debe estar feliz, recordando y aplaudiendo su actuación.

Finalmente salimos a la calle. La miré con todo el desprecio que pude y ella me devolvió una indolente mirada salpicada de alegría. No pude seguir mirándole su satisfacción. Me sentí humillado. Entonces le puse la pequeña dormida en los brazos. En su paz mi niña se veía pura, hermosa. Mirándola, se quemó mi corazón. Era un dolor intenso, muy agudo que me rompía la vida. Le acaricié su pelo infantil y me incliné para darle un beso en la frente. Le miré el rostro tierno por última vez y me largué de allí.

                                                                                                                                         
 

 


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