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Esta columna de opinión salió hace unas
semanas en El Tiempo.com y creímos oportuno publicarla en El Grifo, sobretodo
cuando su autora nos dio luz verde para que nuestros lectores se enteren un
poco de esta otra visión de nuestro "honorable Nobel nacional", ya cada quien juzgará si está de acuerdo o no. Sólo
disfrútenla....
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Por: Ximena Gutiérrez -
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Guarda silencio con la calamitosa situación de
Cuba, pero no deja de sobarle chaqueta a Clinton.
Muchos años después, frente a un pelotón de 43
millones de seres casi 'fusilados'
por la angustia de padecer el conflicto más
antiguo del mundo, Colombia esperaba a su hijo ilustre para que, con la magia
de sus palabras, regresara a trabajar por la paz que él promovió y todos
soñamos. Pero ya Gabo -como se le conocía al patriarca- tenía renombre
internacional y se refugiaba cómodamente en el extranjero. Igual que cuando se
fue, su patria seguía siendo manejada por capataces, como si fuera una aldea
macondiana en la que cada quien lanzaba piedras...¡blancas o enormes! -pero
piedras al fin- que nos remitían a la prehistoria, con la falsa idea de no
haber cometido el primer pecado.
Este es el país que en la distancia observa
Gabriel García Márquez, después de haber tenido el valor de enfrentar, con
argumentos proverbiales, las ideas contrarias a su pensamiento alternativo.
Este es el país, paciente y solapado, que todavía no aprende a discutir ni a
llamar las cosas por su nombre. Para señalarlas, lo hace con un arma de fuego.
Este es el país que nuestro cumpleañero Nobel de Literatura no se atreve a
visitar por temor a que, quizás, algún José Arcadio Buendía, soñador irredento
y aventurero, se atreva a recordarle que prefirió mirar hacia otro lado y
olvidarse de que, alguna vez, prometió apostarle a la paz, después de votar por
su amigo Andrés Pastrana.
Advierto que jamás he restado importancia a la
descomunal obra literaria de Gabo. Es más, de su existencia como escritor me
enteré precisamente allá en el Colegio Eugenio Ferro Falla, de Campoalegre
(Huila), mientras realizábamos -en su nombre- los llamados centros literarios,
muchas veces sin tener la noción de su grandeza. Pero para ser sincera, quienes
nos graduamos como bachilleres al empezar los 90, no hemos podido ver a ese
hombre combativo que sí contemplaron los colombianos al finalizar los 80. El
Gabo aquel que frenteaba y opinaba sobre nuestra situación fue absorbido por el
poder, como si hubiera sido atraído por los 'inventos' del gitano Melquíades.
Mientras el país padece su propia crisis, el
hombre guarda un silencio sepulcral en su cómoda mansión del D.F. mexicano.
Entiendo que pudo haberlo frenado una delicada enfermedad, ya superada. Y hasta
comprendo sus temores de venir a Colombia para sepultar a su propia madre,
Luisa Santiaga Márquez. Pero también hay que valorar que en similares
condiciones físicas, el Nobel portugués, José Saramago, va y viene, sale... ¡da
la cara!, expresa sus opiniones. Nos ayuda a entender el mundo. Nos pone a
pensar en un lenguaje sencillo, pero que llega a los jóvenes para comprender
esto de las veleidades del poder y la política. ¿Por qué no lo hace Gabo?
Yo por lo menos no conozco cómo habla el
Nobel, a quien tanto le hacen bulla los medios. Y quisiera escucharlo. Como escucho
a Shakira -con sus 'Pies Descalzos'- cuando comparte con nuestra gente algunos
de sus ingresos y construye obras sociales en la Costa Atlántica.
O como oigo a Juanes y a Cabas con la defensa de los desvalidos. O como
también, a veces, soporto al impotable Juan Pablo Montoya, que casi siempre
tiene algún detalle con nuestro país. En realidad, no sé qué piensa Gabo de
Colombia, pero sí tengo claro que desde aquellos tiempos remotos en que su
amigo Tomás Eloy Martínez lo llevó a conocer un teatro en Buenos Aires, el
hombre se refugió en su soledad.
Por eso no culpo al niño de la escuela
bogotana de Cazucá, que lleva el nombre del cataqueño. El martes pasado, cuando
cumplió 80 años de vida, un periodista del Canal RCN le preguntó a uno de los
estudiantes cuál era la principal novela que había escrito Gabriel García
Márquez. El espontáneo alumno de octavo grado no dudó en responder: La hija del
mariachi. Tampoco culpo al guajiro Luis Aponte, que le cantó en la puerta de su
casa en Ciudad de México, sin poder verle la cara. Igual que le sucedió en 1998 a los organizadores del
Festival de Arte de Cali, quienes le realizaron un homenaje de mariposas
amarillas, pero quedaron pálidos de la rabia porque tampoco llegó.
Hoy, solo tengo referencia de un Gabo que nos
dejó embalados con su promesa de no volver a España como rechazo a la visa
impuesta por la madre patria. Un Gabo que guarda silencio con la calamitosa
situación de Cuba por su amor filial al Comandante Fidel, pero que no tiene
recato para sobarle chaqueta a 'Bill' Clinton. Supe que a raíz del escándalo
sexual del entonces presidente de E.U. con Mónica Lewinski, Gabo lo calificó
como "un raro ejemplar de la especie humana que debió malversar su destino
histórico solo porque no encontró un rincón seguro donde hacer el amor".
Lo más triste es que él tampoco ha encontrado su rincón seguro para volver a
Colombia, visitarnos de vez en cuando y no dejar en el exterior ese tufillo de
que este país es un cagadero. Y que aquel que llega aquí, no vive para contarlo.
¡No me jodan más con ese Gabo!
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