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Por: Juliana Arango Aristizábal - Lectora El Grifo -
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Son las 7:00 a.m. y a esta hora el
sol calienta más que de costumbre, las personas
se disponen para salir a
trabajar y al igual que todos, en una
empinada colina del Oriente de Medellín en el barrio Caicedo, un hombre
de unos 30 años, con una apariencia que se asemeja más a la de un indígena y de
estatura mediana sale de su casa con un atuendo diferente al de los demás,
parece más bien como si hubiera recibido un baño de bronce; viste un cachaco
que se confunde con el color de su piel, en su cabeza lleva un sombrero y en su
mano un bastón, todo es tan dorado que con el implacable sol de la mañana su
vestimenta sobresale por encima de las otras personas que al igual que él se
dirigen a su trabajo.
Estatua humana es como ha preferido
llamarse este hombre desde hace tres años y cinco meses, tiempo en el que llegó
a Medellín desplazado por la violencia agudizada en la parte sur del país.
Durante su trayecto hasta el Centro
(lugar de trabajo) el hombre no modula palabra y ésta parece ser su manera de
vivir, en silencio: al llegar a la
Ciudad con todas las expectativas de progreso y poder
conseguir "un trabajito de cualquier cosa, porque eso sí, yo hago de todo", lo
único que logró fue encontrar puertas cerradas donde fuera a buscar. Después de
un tiempo y luego de sobrevivir de la solidaridad de sus vecinos, alguien le
propuso que se convirtiera en un artista de la calle, "al principio me daba
mucha alergia por el montón de pintura que debía utilizar, pero después y así
me pique mucho me tuve que acostumbrar", dice la Estatua con cara de
resignación y un dejo de desánimo que hablan más que sus palabras.
Son alrededor de las 9:30 a.m. y ya la Estatua humana se
encuentra en La Plazoleta
de las Esculturas donde pasará todo el día inmóvil y sin pronunciar palabra
para hacerle creer a la gente que en realidad él es una estatua de bronce.
La Plazoleta de las Esculturas se encuentra situada en todo el Centro de
Medellín, un lugar donde el sol golpea sin clemencia, el tráfico se acumula en
sus alrededores y el ruido parece ensañarse para aturdir a todos los que en él
caminan. Es así como el Parque se
convierte en un lugar al que todos, o por lo menos los habitantes de Medellín,
quisieran sacarle el cuerpo sin tener en cuenta el valor cultural que tiene.
Las personas que habitan La Plazoleta son en su
mayoría niños limosneros, o personas que viven del subempleo, tal es el caso de
la Estatua; y
como él existen vendedores de dulces, de CD´s piratas, fotógrafos instantáneos
que garantizan una buena foto en sólo cinco minutos, lustrabotas y también
otros individuos que le hacen competencia a la Estatua, pero éstas en su
caso utilizan vestuarios diferentes como si
fingieran ser un robot o con el
vestuario blanco y una rosa en la mano: como Estatua existen miles en la Ciudad, personas a las que
les toca vivir del subempleo.
Y
es que ése es un problema grave, no sólo en Medellín sino en toda Colombia; las
cifras del subempleo y el desempleo no paran de variar: en comparación con
marzo de 2005, la disminución en la desocupación es explicada por la reducción
del número de los desempleados en 285.000 personas y por el incremento de los
ocupados en 968.000, informó el Departamento Estadístico. Pero esto no
significa que haya más gente empleada: mientras la desocupación viene bajando
en el todo el país, el subempleo se resiste a descender, esto hace más
difíciles las cosas para Estatua porque su competencia tiende a aumentar y su
posibilidad de conseguir un empleo mejor cada vez es más lejana.
El
día transcurre entre el bullicio, Estatua se encuentra parado en una butaca
roja y permanece inmóvil y a la vez
pareciera inmune ante todo lo que sucede a su alrededor; en frente de él y como
para aumentar el contraste entre las estatuas de Botero, reales, valorizadas y
exclusivas al lado de la
Estatua: desplazado, humilde y fuera de eso subempleado, se
encuentra la edificación grande e imponente, majestuosa y tradicional del Museo
de Antioquia en el que no es raro toparse con dos o tres extranjeros en un
mismo día, o con la gente más prestante de la Ciudad que viene a disfrutar de un café de Juan
Valdés con la vista tan cercana de las famosas esculturas de Botero, claro y
por ahí derecho con la Estatua
humana.
La gente pasa por su lado
y lo miran con asombro pero él se tiene que hacer el que no ve nada, el
que no oye nada y el que no siente nada porque en el momento que se mueva,
pierde su encanto y también la magia y la atención que provoca. En el suelo y
en una cartulina plastificada, hay un letrero: "MI NOMBRE ES ESTATUA HUMANA,
COLABORE CON EL ARTE" y es que si existe alguien optimista es Estatua, nunca se
queja y dice con cara de satisfacción que él no se cansa y que ya se
acostumbró, aunque las gotas de sudor que desdibujan su maquillaje demuestren
lo contrario; Estatua aspira cualquier día poder montar un negocio de
artesanías porque "yo lo que soy es un artesano".
El sol comienza a esconderse y Estatua aún no se mueve de su
lugar, excepto por las veces en las que los transeúntes han detenido su caminar
para observarlo y depositar una moneda en un recipiente alargado y a manera de
alcancía en la que cada vez que cae una moneda, o si cuenta con suerte un
billete, él en remuneración realiza un movimiento, se quita el sombrero y hace
una venia a los que estén presentes. El maquillaje de su cara está por
desaparecer y la verdadero rostro de Estatua se empieza a dejar ver, lo que
significa que se acerca la hora de descansar, de hablar y de moverse como una
persona normal, y tal vez sea su condición y su profesión las que han hecho de
Estatua alguien callado, tímido y un poco evasivo con las personas en el mismo
instante que pierde su condición de personaje silencioso.
El día llega a su fin a las 6:30 p.m., el ambiente de La Plazoleta es diferente,
los ejecutivos y las personas que al comienzo del día ocupaban el lugar ya se
han ido, ahora el sitio se comienza a llenar de indigentes y prostitutas; para
Estatua llegó la hora de descansar. El día fue bueno, recogió algo más de $12.000
lo que augura una buena comida y el alquiler de la pieza por un día más:
"algunas veces me he acostado con el estómago vacío y es que contra los
aguaceros no hay nada qué hacer, lo más triste es devolverme con tres mil o
cuatro mil pesos pa´ la pieza".
Así Estatua emprende el camino hacia aquella colina del Oriente
de Medellín, esta vez sin sombrero y con el bastón guardado en una bolsa, su
cara al igual que su vestimenta provocan la sensación de agotamiento y aquel
baño de bronce por el que parecía estar cubierto al inicio de la mañana, se fue
derritiendo sobre el pavimento espeso de La Plazoleta de las Esculturas,
lugar en el que también quedaron las mejores ilusiones y demostraciones de arte
y valentía de Estatua; quizá algún día pueda enterarme también del verdadero
nombre de este hombre que se roba más miradas que las artísticas esculturas de
Botero.
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