Este texto fue enviado a nuestra sala de redacción virtual por Ximena
Gutiérrez, la columnista que en esta misma edición le publicamos su texto ¡No
me jodan más con ese Gabo! Nos parece un complemento interesante y que puede
dar más datos curiosos del Nobel colombiano del que sabemos tan poco.
Por: Rodrigo Moya* -
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Tal vez Gabriel García Márquez sea el más popular de los mortales, porque
es
Foto de Gabriel García Márquez, el 14 de febrerode 1976, luego del insidente con Mario Vargas Llosa
asombrosa la cantidad de gente que en una reunión o fiesta cualquiera se
refiere al escritor como ''el Gabo",
como si lo conociera de toda la vida o fueran primos hermanos del premio Nobel.
Algunos hasta hablan de él como ''el Gabito",
pero en más de una ocasión he descubierto a ciencia cierta que dicha
familiaridad es ficticia, y que quienes lo tratan con tal confianza quizás lo
han leído de cabo a rabo, pero nuca han cruzado una palabra con él.
Mi madre, Alicia Moreno de Moya, sí que podía referirse a Gabriel García
Márquez y a Mercedes Barcha, su esposa, como amigos muy cercanos, y referirse a
él como mi Gabito o Gabo de mi alma, y a Mercedes como Meche linda, o mijita linda, y en medio
de cualquier diálogo soltar un ¡eh Ave María!, o unos más contundentes carajos
y varios pendejos, que a veces eran de cariño, y a veces simplemente una
especie de sustantivo o calificativo de difusas connotaciones.
Y es que Alicia era una colombiana de Medellín, una antioqueña de pura
cepa, una auténtica paisa, como la definía el propio García Márquez. Él y
Mercedes la querían como una de los mejores representantes de la colombianidad
en México, por allá a principios de los años 60 del siglo pasado, cuando lo
conocí en aquella casa de mi madre que era una especie de embajada paralela de
Colombia en México, cuando la oficial estaba ocupada por los militares de la
dictadura en turno.
En alguna de aquellas fiestas de intelectuales y artistas de destinos aún
inciertos, el tal Gabo no me cayó muy
bien que digamos. En plena reunión él se tendió en uno de los largos sofás, la
cabeza apoyada en el brazo acodado, y desde esa posición como de marajá
aburrido sostenía escuetos diálogos, o emitía juicios contundentes o frases
entre ingeniosas y sarcásticas. Estaban aún lejos Cien años de soledad y el premio Nobel, pero el paisano de mi madre
se comportaba ya con una seguridad y cierta arrogancia intelectual que no a
todos agradaba. Poco después leí La
hojarasca, y luego Relato de un
náufrago, y El coronel no tiene quien
le escriba, y todo lo que escribiría a lo largo de los siguientes casi 50
años, y entendí entonces por qué aquel tipo de bigote y gestos como de fastidio
y pocas pero contundentes palabras como de frases célebres, podía recostarse en
el sofá en medio de una ruidosa tertulia y decir lo que le viniera en gana.
Por aquellas tertulias en la casa materna fue que tuve cercanía amistosa
con García Márquez, con Mercedes y sus hijos adolescentes, Rodrigo y Gonzalo.
Yo sí tenía el derecho de llamarlo Gabo,
pero nunca llegué a llamarlo Gabito,
pues de alguna manera lo he visto como un gigante al que no le van los
diminutivos. Siendo fotógrafo y amigo, no le pedí alguna vez que posara para
mí, y cuantas veces los visité en su casa fue sin la cámara en el hombro. Ahora
tal vez me arrepiento.
Por eso, fue natural que el 29 de noviembre de 1966 el Gabo apareciera por
mi apartamento en los Edificios Condesa para que le tomara algunas fotografías
para ilustrar la solapa o la contraportada del libro que había terminado
después de dos años de trabajo, y estaba ya en manos de los editores. Llegó
acompañado de nuestro mutuo amigo Guillermo Angulo, quien había sido mi
maestro, pero en esos años trabajaba como cónsul de Colombia en Estados Unidos.
El saco que había escogido Gabo para
aquella sesión era despampanante, y estuve tentado de sugerirle mejor una foto
en camisa arremangada o prestarle una de mis chamarras, pero usaba la prenda
con tal naturalidad que adiviné que la amaba y así las fotos se hicieron a su
manera. La foto era para Cien años de
soledad, cuya edición se preparaba en Buenos Aires. Pero nadie sabía,
quizás ni él mismo, lo que ese título significaría en la historia de la
literatura.
Casi 10 años después, el 14 de febrero de 1976, Gabriel García Márquez
volvió a tocar el timbre de mi casa, ya por distintos rumbos, en la colonia
Nápoles, para que le tomara otras fotografías. Esa vez lo notable no era el
saco de cuadritos, sino el tremendo hematoma en el ojo izquierdo y una herida
en la nariz, causada por el puñetazo que dos días antes le había propinado su
colega y hasta ese momento gran amigo Mario Vargas Llosa.
El Gabo quería una constancia de
aquella agresión, y yo era el fotógrafo amigo y de confianza para perpetuarla.
Claro que pregunté azorado qué había pasado, y claro también que Gabo fue evasivo y atribuyó la agresión
a las diferencias que ya eran insalvables en la medida que el autor de La guerra del fin del mundo se sumaba a
ritmo acelerado al pensamiento de derecha, mientras que el escritor que 10 años
después recibiría el premio Nobel, seguía fiel a las causas de la izquierda. Su
esposa Mercedes Barcha, quien lo acompañaba en aquella ocasión luciendo enormes
lentes ahumados, como si fuera ella quien hubiera sufrido el derechazo, fue
menos lacónica y comentó con enojo la brutal agresión, y la describió a grandes
rasgos: En una exhibición privada de cine, García Márquez se encontró poco
antes del inicio del filme con el escritor peruano. Se dirigió a él con los
brazos abierto para el abrazo. ¡Mario...! Fue lo único que alcanzó a decir al
saludarlo, porque Vargas Llosa lo recibió con un golpe seco que lo tiró sobre
la alfombra con el rostro bañado en sangre. Con una fuerte hemorragia, el ojo
cerrado y en estado de shock, Mercedes y amigos del Gabo lo condujeron a su casa en el Pedregal. Se trataba de evitar
cualquier escándalo, y el internamiento hospitalario no habría pasado
desapercibido. Mercedes me describió el tratamiento de bisteces sobre el ojo,
que le había aplicado toda la noche a su vapuleado esposo para absorber la hemorragia.
Es que Mario es un celoso estúpido, repitió Mercedes varias veces cuando la
sesión fotográfica había devenido charla o chisme.
Según los comentarios que recuerdo de aquella mañana, mientras ambas
parejas vivían en París los García Márquez habían tratado de mediar los
disturbios conyugales entre Vargas Llosa y su esposa Patricia, acogiendo sus
confidencias. Como suele suceder, los consejos o comentarios de la pareja
colombiana rebotaron hacia Vargas Llosa cuando éste volvió al redil y se
reconcilió con su esposa. Y lo que sea que se hubiese dicho o sucedido, el caso
es que el peruano se sentía gravemente ofendido, y su furia la resolvió de
aquella manera expedita y salvaje. Guarda las fotos y mándame unas copias, me
dijo el Gabo antes de irse. Las guardé
30 años, y ahora que él cumple 80 años, y 40 la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta
la publicación de este comentario sobre el terrífico encuentro entre dos
grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos.
* Rodrigo Moya nació en Colombia en
1935 y se naturalizó mexicano. Es uno de los fotógrafos más importantes en la
historia contemporánea. Entre su trabajo destaca la documentación de los
movimientos guerrilleros, incluido un libro con material hasta aquel entonces
inédito de fotografías del Che
Guevara, y su colaboración con Salvador Novo en trabajos de crónica urbana.