Tres relatos cortos PDF Imprimir E-Mail
 La terrífica historia de un ojo morado  Un día perfecto ¡No me jodan más con ese Gabo!
 Mi nombre: Estatua humana  Camino a Madrid  Ese vicio llamado Messenger

 

 

 

Por: Jesús López - Periodista/Lector El Grifo - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla  

Microcosmos

 

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En su esclerótica, alcanzó a observar unas diminutas líneas rosadas, como hilitos que se bifurcaban formando figuras parecidas a raíces. Luego, se vio reflejado en el iris ocre que siempre lo llevaba a buscarla. Y se sorprendió con la pupila azul, que parecía un ser vivo, aumentando y disminuyendo de tamaño constantemente.

Al volverla a ver, sintió el paso de mil años y de un nanosegundo al mismo tiempo. Recordó entonces cuán dentro la llevaba, cuán viva estaba y cuánto la había visto, amado, soñado. Estuvo a pocos centímetros de su rostro pero le dolió el abismo que los separaba. Y deseó volver a recorrerla despacio, con su olfato, con su tacto, con su lengua, con su corazón, pero esta vez no con los ojos cerrados.

****

Regresión

(A Ana Sofía)

Una vez, Emilio pensó:

"Lo único que Sara habrá de recordar de mí es que, en alguna época remota de su vida, cuando tenía más o menos dos años, un joven quiso ser su amigo pero, como todos, tuvo que irse. Seguramente ese fue su primer duelo".

Una vez, Sara le dijo a Josué, su esposo:

"Tenía más o menos dos años. Recuerdo que él era joven y parece que venía a visitar a mi mamá. Me gustaba mucho estar con él, y más con los dos. Salimos poco realmente, quizá un par de veces. La última vez que lo vi no la recuerdo, pero sí la sensación de que los días empezaron a hacérseme terriblemente largos cuando no aparecía. Intenté preguntarle a mi mamá: "Midio, midio", pero yo apenas balbuceaba y ella no me entendía, o me evadía. Creo que desde ahí empecé a ser una mujer triste. Lo extrañé. Lo esperé el resto de mi vida. Jamás lo volví a ver".

Josué es hijo de Emilio.

 ****

Nocturno I

Justo antes de dormirse, Juanma contó la oveja 97 y se dio cuenta de que ésta no era distinta a las demás: Siempre la misma. Imaginó que estaría muy cansada de tanto correr, se compadeció y dejó que se acostara. Estaba sobre un césped recién cortado que olía a humedad en un lugar campestre cuyo nombre ignoraba o había olvidado.

La oveja despertó. Se levantó y caminó por la pradera. Alcanzó a sentir el frío de una ráfaga. Tomó agua de la acequia y masticó sin cesar un bocado de pasto. Se echó y miró a lo lejos. Recordaba su
último sueño. Se trataba de un hombre que sufría insomnio y contaba ovejas para poder dormir.
Pronto iba a amanecer.

                                                                                                                                          

 


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