Camino a Madrid PDF Imprimir E-Mail
 
 
 
 
 Por: Andrés Delgado - Lector y colaborador de El Grifo - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

Por aquellos días se sufrió en el país una de las peores crisis del conflicto armado.

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Cada semana la guerrilla se tomaba un pueblo en diferente departamento, mataba algunos civiles acusándolos de infiltrados, quemaba el centro de control de la policía y se robaba la caja fuerte del banco. El ejército, ante estos ataques sorpresa, quedaba desorientado. Cuando dirigía sus tropas y helicópteros al sur del país, la guerrilla lanzaba un nuevo ataque al norte. En octubre, en un pavoroso operativo, en el que resultaron varios soldados degollados, un pelotón de quince guerrilleros se tomó la hidroeléctrica de Guatapé. Para violar los cordones de seguridad, y perpetrar su ataque terrorista, los insurgentes cercenaron la garganta a varios soldados que prestaban guardia en el perímetro desde las garitas. Entraron en las instalaciones y luego reunieron a todo el personal en una bodega. Secuestraron a los ingenieros y explotaron las turbinas con bombas, deteniendo la producción de energía eléctrica.

Así como Guatapé, otras hidroeléctricas estaban amenazadas por la guerrilla. La de San Rafael era una de las plantas que estaban en la mira, y el pelotón del ejército que la vigilaba andaba con los nervios de punta recordando a sus compañeros degollados. Por entonces, yo filaba en el pelotón asentado en San Rafael.

Incrustada en la montaña, y rodeada de bosques, San Rafael resultaba la infraestructura más vulnerable a los ojos guerrilleros. Todos en la base militar estábamos perturbados, especialmente en las horas nocturnas de guardia. Vigilando desde las altas garitas, rodeadas de árboles y vegetación, mirábamos con esmero la reja extendida por el campo, alumbrada con lámparas de luz blanca, no fuera que algún guerrillero alcanzara a violarla y luego con sigilo, al treparse a la torrecilla de control, nos zanjara el cuello. A mí la verdad me importaba un pepino que se tomaran las instalaciones de San Rafael. El compromiso, cuando prestaba guardia, era con mi garganta. En cambio para el podrido ejército, mi vida costaba menos que una libra de sal. De llegar a ser rebanado, lo que más dolería a los altos mandos sería que algún guerrillero se quedara con mi fusil.

El ejército colombiano es una verdadera mierda, es uno de los  cachivaches más destartalados que posee este corrupto y vencido Estado. Todos los sub-oficiales son una manada de miserables que no tienen otra oportunidad para ganarse la vida, y ven en el ejército una posibilidad de emplearse, poniendo el pecho por los intereses de una clase política proveniente de la peor pelambre. La mayoría de estos pobres militares no ha terminado ni siquiera la educación primaria. Ya usted se imaginará las bestialidades en las que incurren estos cabos y sargentos. Son unos tipos casi analfabetos dejados a su suerte por el Estado durante su infancia y primera juventud, y enchufados en el ejército con el ánimo de calmar el hambre en sus casas, y mutilados en combate gracias a las minas antipersonales que deja la guerrilla por los campos.

Los oficiales, los tenientes, capitanes y demás, son un poco más educados, pero finalmente se mezclan en la misma colada con el resto de bestias. En consecuencia todo el ejército termina siendo una tremenda farsa. El asunto se reduce a una mera necesidad de supervivencia. Por supuesto no falta el militar idiota que se cree el cuento del patriotismo y demás peroratas anacrónicas.    

Una noche, mientras vigilaba, alcancé a ver movimientos detrás de la reja. ¡Diablos!, nos atacan, pensé. Me arrodillé en el piso de la garita, evitando ser blanco de un francotirador, y comencé a dar alarma por el diminuto radioteléfono. Hablaba con los nervios de un condenado. Al otro lado el sargento me ordenó que siguiera informando, y yo le dije que la guerrilla se nos estaba metiendo por la reja.

- ¡¿Cómo?!- gritó más asustado que yo, con las güevas en la nuca -¡bájese de la garita, soldado, tírese al campo que lo van a explotar con una granada!-.

Sin pensarlo saqué los pies por la escalera, y de un salto, fui a dar sobre el pasto y la maleza. Hice rollos con el cuerpo para evitar ser ubicado, y alcancé a meterme detrás de una trinchera de sacos de arena. Me quedé en silencio y resguardado. Esperé. Estaba aterrado, confundido. El pulso agitado de la sangre bombeaba en mi cabeza y me desorientó la mirada. Traté de escuchar mejor. A través de las ramas de los árboles volaba un murciélago, y los grillos no dejaban en paz la noche para que yo pudiera oír algún evento especial. Protegido por los bultos, saqué un poco la cabeza para mirar. Pero esta vez no alcancé a ver nada. De inmediato volví a guardarla por miedo a que me la volaran de un solo tiro. Traté nuevamente de comunicarme con el sargento, pero el radio no funcionó. Luego de esperar un momento decidí que tenía que defenderme. Así que, arrodillado sostuve el fusil sobre los sacos y apuntando en dirección de las sombras, que vi desde la garita, comencé a disparar tiro a tiro. ¡Ta - ta - ta! El fusil me pegaba en el hombro y los potentes estallidos me aturdieron. En mi oído se instaló un pito agudo y continuo que me desorientó y ya no escuché más el sonido de los grillos.  En ese momento recibí una patada en el trasero. Giré asustado, y vi al sargento que me gritaba: -¡A qué le está disparando, malparido! -, exclamó con rabia - los que se mueven por allá son soldados también..., compañeros suyos. - Me levanté con la ira más enorme, queriendo meterle un tiro al cabrón, pues me había pegado con fuerza. Los dos nos miramos con desprecio, odiándonos. Entonces me di cuenta de que, en medio del susto tan hijueputa, había dejado de disparar al otro lado de la reja y, en vez de ello, desplegaba tiros, a diestra y siniestra, contra otros soldados, quienes al recibir la voz de alarma reforzaron posiciones a mis diagonales. Yo estaba furioso, perdido entre la rabia y la frustración. Estaba odiándome por idiota y el dolor del puntapié lo estaba sintiendo en el pecho, en el orgullo. La reacción del sargento, al notar que lo miraba con resentimiento, fue intentar quitarme el fusil. Ya había ocurrido en otras ocasiones que las riñas entres soldados se resolvían con disparos de sus propias armas. Sabiendo esto, el sargento agarró con las dos manos mi fusil pero yo no lo quería soltar. De modo que forcejeamos por un momento. Resistiendo a sus jalones, y entre pecho y pecho mi fusil, con impulso levanté una pierna y alcancé a conectarle un rodillazo en los huevos. Cuando se inclinó para cogérselos con ambas manos, le pequé con la culata de mi fusil en el rostro, rompiéndole la cara y haciéndolo chocar contra los bultos de arena. Sin pensarlo le apunté y le metí un balazo en la cabezota. El rostro, le quedó destrozado. Le desaté el fusil que tenía a la espalda y eché a correr por el bosque. Me dirigí al campamento con los dos fusiles. Los otros soldados, tal vez más asustado que yo, no se movieron de sus trincheras.

Después de correr por unos diez minutos llegué hasta la base donde se asentaba el resto del personal militar. Ya tenía mi plan, en el camino lo estuve pensando: como sea, tenía que escapar de allí. En un llano pequeño, de tierra amarilla, e iluminado por lámparas, filaba el resto del pelotón. Totalmente en silencio, los soldados estaban esperando órdenes. A su mando estaba el teniente Mafla. Escondí cerca de la bodega el fusil del difunto sargento, y me dirigí al teniente. A excepción de él todos los soldaditos estaban muertos del susto, y al verme comenzaron a murmurar, nerviosos. Con afán, y tremendamente alterado, comencé a darle parte al teniente. Mentí. Verifiqué el ataque terrorista, informé sobre las heridas sufridas por el sargento a causa de una granada enemiga, y por último, para impresionarlo más, y tratando de sacarlo de esa tranquilidad tan propia de los soldados curtidos, le dije que dispersara el pelotón, pues los terroristas atacaban con granadas de mortero. Pero el teniente se quedó intacto, nada lo impresionaba. Entonces tuve otra idea. Me puse al frente a los soldados y grité: - ¡Corran, huyan, que los van a matar! -. De inmediato el teniente sacó un puñetazo de hierro que me rompió la boca.   - ¡De aquí no se mueve nadie! - Gritó y los soldados se quedaron intactos en la formación. Escupí sangre, satisfecho con su reacción desesperada, y lo seguí acosando: - disperse el pelotón, mi teniente, si no quiere verlo tostado con la caída de una sola granada -. Ahora el militar sí estaba confundido. Comenzó a llamar con afán por el radio-teléfono a los otros puestos de guardia para pedir novedades. Pero no le contestaron. Entonces sacó al resto de soldados en dirección a las garitas. Yo me quedé en la base. Con el camino libre y el tiempo empujándome llegué hasta el alojamiento, me cambié con rapidez el uniforme camuflado por la ropa civil, guardé en una tula trescientos cartuchos de fusil, y salí corriendo por un lado de la base, evitando la puerta principal y a su centinela. Así salí para siempre del ejército: prófugo y armado hasta los dientes, con dos fusiles en los hombros, una maleta llena de balas y un muerto encima de la conciencia. Vendí los fusiles y los cartuchos. Con esa plata y escapando de las autoridades llegué como pude, como ilegal, hasta la ciudad de Madrid.

                                                                                                                                          
 

 


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