La retórica como estética PDF Imprimir E-Mail

"Gracias a que en nosotros es innato persuadirnos unos a otros y esclarecernos mutuamente los asuntos sobre los que deliberamos, no sólo nos hemos apartado de la vida salvaje, sino que nos reunimos y fundamos ciudades, establecimos leyes y descubrimos las artes, y casi todos los logros de nuestro ingenio nos han sido deparados por la palabra". Isócrates, Antídosis, 254

 Por:  Diony González Rendón

La presencia de la retórica  ha sido uno de los factores esenciales en la educación

alvaro-gambra-ensayo-2-foto

y la cultura del ciudadano, es uno de los hechos más notables de la cultura griega y de la latina. La retórica va unida esencialmente al concepto de persuasión y ésta presenta una doble cara que explica las manifestaciones aparentemente contradictorias con que aparece este fenómeno en la cultura helénica y latina. Por un lado, encontramos textos en los que la persuasión aparece revestida con la dignidad de una diosa. Por otro lado, incluso en estos mismos textos no es extraño que se le califique abiertamente como "mentirosa" y que se diga de ella que es "la hija del error" a cuya fuerza no podemos resistirnos.

Esta importancia que adquiere la retórica en la cultura permite que sea considerada como un arte. Pero si la retórica ha de ser considerada como un arte, cabe entonces preguntarse si nos estamos refiriendo a la habilidad personal y espontánea en el hablar o bien al conocimiento reflexionante acerca de en qué consiste esa habilidad (el conocimiento del conocimiento). El texto de la Retórica de Aristóteles se inicia justamente señalando el hecho de que se puede ser buen retórico sin siquiera ser consciente de ello, de la misma manera ─ esto ya no lo dice Aristóteles sino Molière ─ que aquel personaje que había escrito en prosa toda su vida sin saber lo que era la prosa. Todos los seres humanos, dice el Estagirita, se esfuerzan por argumentar y sostener afirmaciones, por defenderse o acusar. La mayor parte lo hace irreflexivamente o por un hábito que reside en su carácter. Pero si podemos hacer una cosa espontánea o inconscientemente, podremos también, por supuesto, reflexionar sobre cómo lo hacemos y crear un método de acción, teorizando así sobre el modo en que logramos nuestro fin, tanto si actuamos espontáneamente como si lo hacemos por hábito. Y todos admitirán que un conocimiento de esa índole puede denominarse arte (Aristóteles Rhêt. {1354 a 6-12}). El arte espontáneo debería, no obstante, considerarse como el arte propiamente dicho, mientras que la teorización de un arte correspondería más bien a lo que se denomina una ciencia práctica. Así sucede cuando Quintiliano en su De Institutione Oratoria prescinde de la palabra ars y utiliza la expresión scientia bene dicendi - ciencia del buen decir, para referirse a la retórica. También los romanos hablaban de rhetorica docens - enseñanza retorica y rhetorica utens- retórica útil, para distinguir la teoría, que se aprende en el aula, del conocimiento que se adquiere mediante el ejercicio.

Pero sin embargo con frecuencia damos el nombre de retórica al arte de hablar bien, como si hubiese además un arte de hablar mal. Un «arte de hacer algo bien» es una redundancia, pues, como Aristóteles dice al comienzo de su Ética a Nicómaco {1094a, 1-2}, «Todo arte y toda investigación y, de la misma manera, toda acción y toda elección, parecen orientarse hacia algo bueno».

Finalidades

Este arte retórico de la antigüedad tuvo como esencia la estética con su teoría de la ornamentación: la ornamentación producía un gran deleite a la hora de escuchar un discurso. El objeto principal de la retórica es el discurso persuasivo, este discurso argumentativo encontraba necesariamente útiles, como medios de persuasión, los procedimientos de estilo llamados "figuras", los cuales caracterizan también a los discursos cuyo fin principal no era solamente  convencer o persuadir sino también deleitar a los oyentes. Aquí el lenguaje sacaba provecho de los medios de la expresión: era un lenguaje que cumplía una función estética. El ornatus manejado apropiadamente es un elemento decisivo para el cumplimiento de la compleja finalidad del discurso retórico articulada en delectare - deleite, docere - la enseñanza y movere - movimiento  porque la elaboración artística elocutiva produce un deleite estético en el oyente que le conduce a seguir con atención, admiración e interés el discurso.

A la concepción de la retórica como estética se debe a las condiciones de la belleza artística  que se forjaron en el mundo clásico grecorromano, que se hallan en las nociones  de unidad, armonía y coherencia que  el griego consideró esenciales en toda obra humana, en razón de que ellos provenían, según entendieron, de las leyes o modelos que podían observar en el universo. Los artistas humanos deben imitar  el modo de actuar del  Primer artista (el Demiurgo) al construir el mundo material y espiritual, ya que él "modeló el cosmos a fin de hacer de él una obra que fuera, por su naturaleza, la más bella y mejor"(Platón. Timeo 29 a) Una de las virtudes del discurso retórico es  la concreción elocutiva donde mejor se transparenta la adecuación o la armonía, en otras palabras, la  armónica concordancia de todos los elementos  componen un digno discurso (o texto).

Así como todo producto tiene su forma y orden, existe en el alma un  orden, y es con este norte, en que el  orador, deberá elegir sus palabras para construir su discurso.

La retórica consiste así en una especie de  "seducción del alma por medio de las palabras". Este término  aparece  en Isócrates en su  discurso a Nicocles, donde nos dice (49) que "quienes deseen seducir el alma de sus oyentes deben evitar reprender y aconsejar, y en cambio, han de decir lo que, a su juicio, más agrade (Kairotas-kairotas) a la multitud".

A esta forma  de persuasión Platón la denomina como; "los grandes y hermosos discursos" (Prot.329b2) que dejan al oyente "hechizado" (Prot.315a-b, 328d).

Aquí podría decir que la retórica tiene la pretensión de ser una técnica, es decir, un conocimiento riguroso para la manipulación del oyente.

Poder de la retórica

Pero esta seducción de las almas por medio de las palabras, exige necesariamente que el discurso se adecue a los diferentes gustos, tal como lo planteaba Platón (Fedro, 271 d); "El que pretenda ser retórico es necesario que sepa las formas que el alma tiene...". Y  podría afirmarse que nadie mejor que un poeta sabe las formas que el alma tiene.

El poder del discurso retórico  es tal, que es posible el engaño, así lo pensaba  Gorgias (Platón, Gorgias, 23, 453sig...); este ultimo pensaba que el discurso puede movilizar las emociones del alma con las virtualidades expresivas del lenguaje. El discurso retórico junto con la poesía, según Gorgias, son artes de la "hechicería y de la magia", además, esta especie de encantamientos  causan "errores en el alma y engaños en la opinión".

Hay que advertir que en Gorgias el engaño tiene un carácter más estético que moral, al que atribuye un papel importante no sólo en la retórica, sino en la tragedia y la pintura. Ya que - la palabra - puede provocar reacciones a las emociones: "puede hacer cesar el miedo y quitar el dolor, producir el gozo y aumentar la compasión". Los resortes de esta suerte de encantamiento que son las palabras consisten fundamentalmente en "crear placer y alejarnos del dolor". De esta forma el orador  consigue hechizar, persuadir y transformar al alma con magia. Y  la persuasión termina imponiéndose en el alma.

De esta forma Gorgias ubica el saber o el arte del orador, al mismo  nivel epistémico de la medicina griega: "de la misma manera que unas medicinas extraen del cuerpo unos humores y otras extraen otros, unas palabras producen aflicción y otras regocijo, unas atemorizan a los oyentes y otras les infunden valor, mientras que otros discursos con una maligna persuasión envenenan y hechizan al alma".

Durante  la época romana y helenística la retórica se ha convertido, como lo mencionaba anteriormente, en el arte de expresarse bien, en el arte del buen hablar. Y un ingrediente fundamental del buen hablar es la armonía. Según Cicero la armonía se produce  por algunos procedimientos como; la consideración de la armonía sonora, musical o acústica producida por la configuración textual de las letras, palabras, miembros de frase  y periodos. Para esté gran orador romano, producir la armonía en los discursos, era uno de los elementos esenciales  que constituía al orador perfecto. Esta idea se desarrolla en su texto El Orador, en el cual Cicero construye un prototipo del  ideal del orador perfecto, movido por la preocupación del orador  Marco Antonio abuelo del triunviro; este último pensaba; "que había visto muchas personas que hablaban bien, pero eran personas que no  constituían ese ideal del orador que él había formado en su mente". (Libellus de ratione dicendi -libro sobre la técnica de hablar). 

La influencia de la voz

Para Cicero (El orador; 55,-59) estas combinaciones de los sonidos y las disposiciones simétricas de las palabras en los discursos es  lo que produce gran deleite en los iodos del oyente. Ya que esta estética de  la voz afecta al ánimo del oyente, ya que no hay nada más deseable que una voz hermosa a la hora de escuchar un discurso. Los cambios en la voz son tantos como los cambios en los sentimientos, los cuales a su vez son especialmente provocados por la voz. El que aspire al primer puesto en la elocuencia ha de tener esto muy claro, ya que deberá pronunciar con tono agudo las partes violentas, y con tono bajo las partes calmadas. 

Pero Cicero nos deja claro que el orador con esta simetría  que impone a las palabras no se busca solamente el deleite sino la persuasión, ya que el orador ideal que Cicero buscaba ha de estar alejado del estilo de los poetas y de los sofistas, aunque estos dos estilos agradan con sus adornos excesivos y con sus historias inventadas, en el caso de los sofistas, y con su acento elevado y elegante que es propio de los poetas "cómicos"; sus discursos en nada persuaden al alma del oyente. Esta idea planteada por Cicero nos remite a lo planteado por Antonio, el cual pensaba que se ha de hablar de forma que se pruebe, que se agrade y que se convenza: probar en aras de la necesidad, agradar en aras de la belleza; y convencer, en aras de la victoria. 

El sonido y el ritmo

Los elementos que producen este ritmo armónico en el discurso consisten (El

 alvaro_gambra_ensayo_2_foto_1

Orador 148,163a);  en colocar las palabras bien de forma que se enlacen perfectamente en el final y en el comienzo del discurso para que se tengan los sonidos mas armoniosos posibles, o bien que su forma misma y la simetría entre ellas redondeen su propio periodo, o bien que el periodo suene de una forma rítmica y adecuada. Esto es fundamental a la hora de construir discursos, ya que por muy agradables y profundos que sean los pensamientos, si se exponen con palabras mal colocadas, se ofenderán a los oídos de los hombres de juicio exigente; por tal motivo hay que ejercitarse en la técnica para dar gusto, pues  la colocación de las ideas y las palabras intervienen  a la inteligencia y,  los sonidos y el ritmo intervienen al gusto.

Hay dos cosas que agradan a los oídos: el sonido y el ritmo, por eso sean de escoger las palabras que suenen bien, pero no palabras rebuscadas, como hacen los poetas, por su sonoridad, sino palabras tomadas del acervo común, aunque hay palabras que producen musicalidad por su propia naturaleza. Hecho lo primero sean de mezclar moderadamente los ritmos, para que las palabras y las ideas concedan deleite al oído del oyente, ya que sin ritmo las palabras poco agradarían. 

Las palabras son materia  que necesita ser tratada por el ritmo, tal como lo exigía  Aristóteles (Reth.111 8,1), y la simetría. Por el ritmo se produce la colocación de las palabras y así se habla armoniosamente.

Hablar de un buen estilo de oratoria, no es otra cosa que hablar con las mejores ideas y palabras más escogidas. Y no hay ninguna idea que sea provechosa al orador, sino está expuesta de una forma armoniosa y acabada; y no aparece el brillo de las palabras, sino están cuidadosamente colocadas, y una y otra cosa esta resaltada por el ritmo.

Efectos musicales

Hay que tener claro que esta doctrina sobre la armonía nació desde mucho antes de la época de Cicero. Se encuentran trazos de la doctrina en algunos peripatéticos, como Aristoxeno; en los estoicos y su desarrollo de la doctrina de la eufonía; en los pitagóricos, entre los cuales Damón ya había reconocido a la palabra como portadora de efectos musicales. Él filósofo Teofrasto en su obra sobre el estilo, distingue las palabras que son bellas por naturaleza, cuyo empleo en la composición cree que producirá una expresión bella y magnifica, de las que por el contrario son bajas y vulgares y de cuyo empleo jamás pondrá, según él, resultar una composición lograda ni en poesía ni en prosa. También en  Dionisio de Halicarnaso, el cual nos dice (Dionisio de Halicarnaso, De compotitione verborum - sobre la composición de las palabras, 15): Teniendo como tienen las letras muchas diferencias, no sólo en la largura o brevedad sino también en los sonidos, es del todo forzoso que las sílabas formadas a partir de su combinación y contacto. Así, unos sonidos son blandos y otros duros, unos suaves y otros ásperos, unos resultan dulces al oído y otros agrios, unos lo ofenden y otros lo alegran o lo ponen en cualquier otra disposición física, y éstos pueden existir millares. Conociéndolos los poetas y prosistas de mejor gusto, disponen a  voluntad las palabras combinándolas convenientemente entre sí y hasta estudian con varia arte la organización de las letras y las sílabas conforme a los efectos que desean despertar. Es lo que hace a menudo Homero al querer expresar el rumor incesante de las playas sacudidas por el viento mediante la prolongación de sílabas;  o cuando es cegado el cíclope, la magnitud del dolor y las manos que buscan torpes la puerta de la cueva. Y en otro lugar al querer mostrar una súplica grave y firme. Toda esta tradición la podemos en los tratados retóricos del admirable orador romano.

De todas formas es importante, a mi juicio, haber analizado todos estos procesos artísticos que procuraban por medio de la colocación de las palabras  producir un efecto estético al discurso, todo esto depende como se expuso en la escogencia y colocación de las palabras y no en que el discurso sea leído por una hermosa voz; pueden haber discursos con una mala distribución de las palabras,  las cuales estarán alejadas de todo ritmo hermoso, y una voz hermosa no podría producir otro efecto diferente al que indican la posición de las palabras dentro del discurso; aquí es prudente alejarnos  y rechazar el ejemplo de Demóstenes, el cual se introducía piedras en su boca para poder que su voz se ejercitara y alcanzara un mejor tono que le permitiría pronunciar de mejor los discursos.

"Hablar armoniosamente y rítmicamente sin decir nada es una necedad, y hablar aportando buenas ideas, pero sin medida ni orden en las palabras, es una puerilidad; pero es una puerilidad  tal que quienes recurren a ella pueden ser considerados, no como hombres necios, sino como hombres sensatos la mayoría de las veces; quien recurra a esta forma de hablar que se contente con eso. Pero el elocuente, que debe levantar no sólo la aprobación sino también, si le es posible, la admiración, el clamor y el aplauso, ya que éste sabe sobresalir en todos los recursos". (Cicero, El Orador 236).

                                                                                                                                          

 


Add as favourites (8) | Cite este artículo en su sitio | Views: 972

Sea el primero en comentar el artículo
RSS de los comentarios

Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6
AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com
All right reserved

 
< Anterior   Siguiente >
 
 
 
   
conectados-en-facebook
Computadores
Colombiafoto


 

 

Síguenos
bannertwitter
Video
obtura
Ingresar al Sitio





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí