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Óscar es un lector frecuente de El Grifo, es un "grifiano" que suele dejarnos notas de agradecimiento por artículos que le agradan. La verdad es que nosotros nos sentimos más satisfechos aún de poder decir que él hace parte de nuestro espacio, que es un participante activo de nuestra Sala de Redacción Virtual y que siempre es grato tener sus escritos... con cierto toque de nostalgia.
Por: Óscar de Jesús Giraldo
M. - Lector de El Grifo -
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Dos líneas resplandecen con
el sol. Al lado, en el costado norte de la misma calle, guayacanes en línea alargan
la fronda para refrescar el enrielado del tranvía. En el cascajo, en
cuadriláteros limitados por las traviesas de madera y los rieles,
temerosos crecen los cardos.
De trecho en trecho, postes
metálicos soportan las catenarias: cables
conductores que por contacto con uno de los dos troles - ubicados en el
capacete del tranvía - transmiten la energía motriz.
El tranvía parece un insecto
con antenas largas que chispean ante la
más leve falta del contacto eléctrico. Avanza con dificultad, se balancea en un plano horizontal y al llegar a
una curva parece que quisiera seguir de frente. Su diseño es simple: una
plataforma de madera sobre vigas aceradas unidas a la base metálica de cuatro
ruedas de tren que corren por el enrielado. Lo demás parece un aula con sillas
y ventanas.
El motorista - de pantalón,
saco y quepis azules- suele conducir de
pie y conserva las manos pegadas al timón que llaman cabezote. Es cuidadoso,
vigila la vía, espera a que los ancianos
apoyen los pies en el estribo de la entrada y se mantiene insomne con el golpeteo de
las monedas que resuelven el laberinto hacia el depósito del dinero.
En ciertas pendientes, el
vehículo se agota y de improviso queda muerto. Hay ruido arriba, unos jóvenes saltan a tierra y el conductor va
hacia atrás para izar la polea del
trole con la cuerda sujetadora. En ocasiones, cuando es difícil restablecer la
energía, tiene que treparse al capacete.
Al frente, en la misma vía,
surge la fiel copia del tranvía. Parece como si una tenue capa de aire se
hubiese convertido en espejo. Ambos vehículos se detienen, se miran y coquetean
hasta que uno decide avanzar o retroceder hasta el Cambio (mango de sierra de dos vías) para dar paso franco al otro.
La paciencia de los
viajeros se pone a prueba cuando la
Negra del
ferrocarril muestra su nariz por la calle San Juan. Dos hombres, a lado y lado
del tren, con trapos rojos detienen el tráfico. Sale la locomotora negra (hermosa,
esbelta inmensa, humeante), exhibe los primeros vagones y retrocede para salir
de nuevo hacia la
Estación Villa. El maquinista saluda con pitazo de vapor y el
motorista responde con el golpe grave de una
clave metálica.
A los viajeros les tallan
los tramos horizontales de las bancas de madera, a muchos los adormece el
vaivén del tranvía y el conductor los despertará cerca a sus destinos. Los niños
suben y bajan las ventanillas: cuadros de vidrio enmarcados en madera.
Al final de la ruta, en el
extremo de la carrilera, el motorista camina por el pasadizo central entre las
bancas. Desplaza los espaldares de las
sillas hacia el extremo contrario del asiento y traslada el cabezal al otro
extremo. Cambia de oficio a los troles y reanuda la marcha de regreso por los
mismos carriles.
Parece un teatro ambulante,
listo a reiniciar la siguiente función en sentido inverso: desde el último
hasta el primer cuadro.
En la noche es bello el
tranvía. Caja grandiosa de luz: la luna le coquetea, los ocupantes reconocen
sus rostros en los vidrios vertidos en
espejos relucientes por la penumbra exterior y el aire no deja de invadir el
recinto.
Una luciérnaga vigila más
allá de la punta del remolino trasero del viento. Está enamorada de tanta luz,
la persigue y en una curva se asesina contra un poste. Duele la indiferencia de
la caja de luz y nadie se percata del final trágico de ese enamoramiento
efímero.
Merma la ocupación del
tranvía, avanza la noche, el motorista no acepta borrachos, los estudiantes
están en sus casas y llega la hora del descanso.
En la calle Colombia con la
supuesta avenida Los Libertadores- ahí, cercano al río- vecino a La Feria, abajo de Los Bomberos,
está El Cobertizo: amplia enramada metálica que alberga la fuente de energía y es
taller y morada para los tranvías de todas las rutas y colores de Medellín. Parece
catedral de luz cedida por los vehículos a medida que se apagan y se aprestan a
descansar de la fatiga cotidiana para empezar de nuevo en la siguiente
alborada.
Los motoristas regresan a
sus hogares, les da dificultad desprenderse de su uniforme que los hace ver
como almirantes en tierra. Lo doblan con cuidado sobre el taburete de cuero,
cuelgan la cachucha en un clavo y se integran a la familia.
Una mañana, la primera
página del periódico (aún oloroso a tinta) muestra un tranvía en varias columnas y un aviso que deletreo: ...s
e s u s p e n d e r á s e r ... de tranvía. No vuelven a pasar y el acero pierde su
lustre. Los pájaros se apoderan de los postes y se mecen en las catenarias.
Una mañana de lluvia llegó
una cuadrilla de presos dirigidos por un guardia de gris vestido y con un rifle
de los que usa Gary Cooper. Levantaron los rieles, acomodaron los postes en
unos planchones con tracción de cadena y obsequiaron algunas traviesas a los
carpinteros.
A los niños nos embargó la
tristeza. Ya no volveríamos a poner filas de papeletas para regocijarnos con
las explosiones en serie. Las tapas de las gaseosas se liberarían del
aplastamiento para convertirlas en discos que serían monedas para el trueque, zumbadores movidos
por la torsión de un cordel o mesitas para minúsculas salas de recibo.
Allanaron el sendero
antiguo y la capa de asfalto empezó a oscurecer el lejano recuerdo de ese medio
de trasporte que llegó a la mayoría de edad de 31 años.
Algunos años después vi los
vagones encallados en la ladera de una de las montañas vecinas. Formaban un
barrio y estaban adquiriendo un color de fósil. Parecían barcazas depositadas
por un diluvio bíblico. De seguro el abandono y la inclemencia del tiempo
empezaron a borrar el último vestigio de los tranvías.
A veces creo que sólo de
recuerdos estoy hecho.
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