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Por:
Oscar Giraldo Mesa
Lector
de El Grifo
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Por
pequeño, parecía trepado en el bastón y no apoyado en él. Sus manos
diminutas y
gordas impedían formar un puño con alguna de ellas. Obligado siempre a mirar
hacia arriba a las personas, llevaba el sombrero muy alzado por delante con riesgo de que el viento que
perseguía los carros se lo arrebatara.
Caminaba
como bebé de sesenta años vestido con pañal. Don José el escribano lo llamaba
Paco de Mejías por tener, según él, nombre de torero; Alfredo el tendero lo identificaba
como Pacho Chapín y para Carlos, el
músico, era Franquito Chopin.
Desde
el piso hasta el final de la copa del sombrero, su sarcófago de aire no medía
más de ciento cuarenta centímetros. Vestía pantalón y saco oscuros de paño,
corbata negra con pisador de carita de burro, camisa blanca con mancornas, sombrero
azul y zapatos correctores para enmendar la cortedad de una pierna y el
caminado chapín. La prominencia de sus nalgas levantaba el saco por detrás y lo
hacía ver como un pingüino.
Todas
las tardes entre las seis y su media, los niños de la cuadra hacían fila desde
temprano y pugnaban por ayudarlo a descender del carro de escalera. Don
Francisco entregaba el bastón y el maletín con la lotería al más grande, se apoyaba en el más bajo y se ladeaba casi
hasta el piso para poder sacar algunas
monedas del bolsillo del pantalón.
Los
sábados, cuando llegaba oliendo a
alambique anisado, dos niños se dejaban abrazar por él alrededor de sus nucas, parecían una yunta de bueyes, y el
del bastón presidía una procesión cerrada por otros cuatro que estaban listos a
evitarle una caída. Antes de entrar en la casa, don Pacho regaba monedas en el ramillete
de manos extendidas.
Su
casa era la más pequeña de la cuadra y su única ventana le otorgaba el apodo de
La tuerta. Dos
piezas, una cocina y un solar con puerta a una calle trasera, componían la vivienda que acogía la soledad y la demencia. En la
casita de corredor sin baranda; en verano, el viento se daba patente de corso y entraba por la ventana alborotando el cabello de la esposa del lotero que permanecía
sentada, imperturbable, en un taburete.
Casi
siempre ocurría en época de lluvias y antes de que llegara el coche lechero
arrastrado por un caballo: don Paco sin
sombrero, en pijama azul oscura, sin bastón, ayudaba a los enfermeros a meter a
su esposa en el carro gris del manicomio. Levantando ambas manos la despedía,
enjugaba sus lágrimas y, al tratar de caminar, algún curioso evitaba que se
cayera por falta de apoyo.
Meses
enteros se le veía triste, la cabeza más cercana al piso; su atuendo perdía
pulcritud y había, cada semana, dos tardes etílicas más que aumentaban las
propinas de los niños. Los vecinos le llevaban cada tarde la cena que en
ocasiones devolvía intacta.
Su
oficina de trabajo quedaba en las bancas del parque de La Candelaria y al medio
día lo veían dormido cerca de la urna metálica que guardaba el teléfono de la flota de autos de alquiler. Un
loco le velaba el sueño y ofrecía la lotería con el pregón de valleymetaapeso.
Era amigo del padre Pacho (presuroso celebrante
de misa que no daba tiempo para recoger limosna) quien
acostumbraba esconderle el bastón dentro de su sotana y sólo se lo devolvía
cuando su tocayo le lanzaba la primera obscenidad. Después se iban abrazados (se
las ingeniaban para sortear la diferencia de estaturas) a tomar café en el bar
Pilsen.
Cuando
obtenía remuneración por vender un sequito
ganador, se apeaba del carro con una bolsa de golosinas para los niños y al
domingo siguiente invitaba a los más pobres, que eran todos, al parque de diversiones
de El Bosque. Se sentaba con su esposa bajo
un guayacán en la orilla del lago, jugaban con el tapete de flores, entrelazaban
sus manos, se besaban a hurtadillas y se
complacían viendo los patos
navegar en el laberinto de los nenúfares.
Una
tarde de mucho calor, la policía y los enfermeros lograron vencer la
resistencia de Albertina que se negaba a salir de la casa. Había golpeado a don
Pacho, que estaba sin conocimiento en el piso. Cuando lo recobró, empezó a
ascender hacia un estado depresivo que obligó también a su reclusión en un
sanatorio particular.
Los
familiares llegaron de Sonsón, se llevaron los escasos enseres y agradecieron las manifestaciones de amor y apoyo a la
pareja.
Muchos
años después, alguien lo descubrió en un asilo de ancianos. Murieron con pocos
meses de diferencia: ella, sumida en su esquizofrenia y él, en la tristeza de
su soledad.
Derrumbaron
las tapias de la casa y el polvo decantó en mi alma la tristeza: desaparecía el
último bastión de una historia coronada
de humildad, amor y tolerancia.
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