|
Por: Jaime A. Londoño - Economista -
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
Ciudad de
indómita pujanza
heredad el
casto fundador.
Tierra de
lumbre y alborozo
encerrada
en anillos de sol.
Roberto Rivera Correa (Himno de
Apartadó, IV Estrofa)
Gracias a Juliana Aristizábal por se parte de esta
experiencia.
A Urabá (o la
Zona, como la llaman quienes la frecuentan) se le conoce
antes de
llegar por medio de historias y prevenciones: la zona bananera, tierra
de fortunas y violencia. Relatos de masacres y un apretado resumen de las lágrimas
que todo el país vive: pobreza, guerrilla, paramilitares, abandono combinado
con un increíble empuje económico y oportunidades de progreso. Esa era mi idea
preconcebida antes de comenzar regularmente a viajar por cuestiones de trabajo
a estos municipios del noroccidente de Antioquia; Urabá inspiraba algo de temor
por el orden público y grandes expectativas en su conjunto de belleza natural y
oportunidades. Creo no ser el único que ha recibido más de un consejo preocupado
para no viajar y recomendaciones de toda índole para no quedarse.
Lo primero que uno ve cuando el avión comienza su descenso
es el múltiple verde casi delirante y la geometría de las bananeras que abarcan
el horizonte; en un principio parece una selva muy organizada con lo paradójico
que suena la frase. Al salir del avión te recibe el compañero para el resto del
recorrido: un calor pegajoso que literalmente golpea el rostro y funciona como
alarma para recordar que estás en un bosque húmedo tropical.
En los primeros días todo impresiona, la primera tarea obligatoria
es conocer una bananera: estos cultivos se extienden por hectáreas, cruzados
por la carretera que lleva hasta Medellín e irrigados por decenas de
"comunales": pequeñas vías que sirven para transportar la fruta por medio de
viejos camiones hasta las comercializadoras que la despachan hacia los Estados
Unidos o Europa. Son cultivos coloridos y sonoros, los tonos de verde se
multiplican y sorprende que ante tanta manifestación de selva se mantenga una
estricta formación cuadriculada que recuerda el hecho de estar en medio de una
plantación, obra humana que tomó el espacio antes ocupado por bosques.
El pueblo que me acoge se llama Apartadó, es un municipio
con algo más de cien mil habitantes, interesado principalmente en el negocio
del banano y donde el progreso va llegando tan despacio que tal vez no lo han
notado todavía. Contradiciendo prejuicios, es un lugar tranquilo e incluso
acogedor en un principio. Tal vez lo más sorprendente es que te repites "aquí
hay mucho por hacer" y de hecho te llenas de ganas de concretar ideas, se
convierte en una convicción que este pedazo de paraíso descubierto puede ser
domado y, cual pionero, se sueña con que llegue a pertenecerte gracias a esa experiencia
de ciudad y conocimientos casi vírgenes que aportaron los estudios superiores.
En pocas semanas las sorpresas se van acabando, conocer una
bananera es casi conocerlas todas, las opciones culturales son casi nulas y
empiezas a acostumbrarte a las incomodidades que no existían antes: cortes de
agua, calles empantanadas, calor enfermizo e insectos jurasicos. Poco a poco
empieza a ocurrir lo inevitable: los lagartos tornasol y las aves terminan
convirtiéndose en paisaje... el estupor se convierte en tedio, en pelear con el
clima que ya no puede distraerse más con pajaritos y zancudos llenos de
paludismo y dengue. Empieza a pasar el tiempo con lentitud, deja de medirse los
días y se convierten en semanas bananeras numeradas, exactas entre sí.
La única sala de cine es un simpático lugar, casi simbólico.
Ubicado cerca a la calle central (Apartadó no posee un parque principal) es un
inmenso salón de dos plantas lleno de sillas que suenan al sentarse y tapizado
con madera que para nada ayuda ni a la acústica ni a la temperatura.
Proyectaban los fines de semana en jornada continua dos películas de las que se
estrenaron hace 2 ó 3 meses en Medellín y entre semana programaban algunos
títulos de cine porno. El espíritu de sincretismo estaba más que manifiesto, un
solo lugar que todo lo presenta. Ahora es un parqueadero con restaurante.
Pasados unos meses, se extraña la casa. Esa que se dejó con
felicidad, ansia, temeridad y fortaleza empieza a hacerse lejana, necesaria, a
convertirse en refugio del refugio. La convicción de cambiar y pertenecer se
diluye, Urabá te hace sentir como un extraño que es bienvenido pero no
aceptado. No cabe duda que es un lugar mágico, lleno de poesía y exhuberancia, pero
también lleno de sacrificios, incertidumbre, frustración y soledades narradas
al lado de una cerveza en un único bar con nombre de ciudad europea, que
acentúa más la sensación de trashumancia. La selva no se deja cambiar fácilmente,
ella nos absorbe, nos hace parte de su ejército de inquilinos que la venera y
le teme. Inquilinos, nada más, sin doblegarla ni poseerla.
La
Zona
está acostumbrada a recibir "extranjeros", desde misiones humanitarias hasta negociantes
y marinos, pero en sí misma es impermeable. Algunos llegan a transar con ella y
permanecen, otros se hastían demasiado pronto o se rinden y terminan siendo
parte del paisaje, sin diferencia alguna con los hijos de esta tierra que son
al final de cuentas también una mezcla indisoluble de temperamentos y razas.
Urabá en lengua Katía significa "la tierra prometida" y lo
es para quienes logran abrazar estos horizontes, aquellos que saben que la
amarán para siempre, como se ama a quien se aprendió a conocer. Pero incluso
estos nuevos colonos saben que deben partir, porque la vida es de ciclos,
porque no puede medirse el mundo eternamente por semanas. Y al partir con el
agridulce sabor del esfuerzo sólo quedará mirar atrás y decir, gracias.
Add as favourites (31) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1442
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |