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Top 30: inquietudes circunstanciales acerca de Medellín

 
 
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Por: Jaime A. Londoño - Economista - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Ciudad de indómita pujanza
heredad el casto fundador.
Tierra de lumbre y alborozo
encerrada en anillos de sol.

Roberto Rivera Correa (Himno de Apartadó, IV Estrofa)
Gracias a Juliana Aristizábal por se parte de esta experiencia.

A Urabá (o la Zona, como la llaman quienes la frecuentan) se le conoce antes de

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llegar por medio de historias y prevenciones: la zona bananera, tierra de fortunas y violencia. Relatos de masacres y un apretado resumen de las lágrimas que todo el país vive: pobreza, guerrilla, paramilitares, abandono combinado con un increíble empuje económico y oportunidades de progreso. Esa era mi idea preconcebida antes de comenzar regularmente a viajar por cuestiones de trabajo a estos municipios del noroccidente de Antioquia; Urabá inspiraba algo de temor por el orden público y grandes expectativas en su conjunto de belleza natural y oportunidades. Creo no ser el único que ha recibido más de un consejo preocupado para no viajar y recomendaciones de toda índole para no quedarse.

Lo primero que uno ve cuando el avión comienza su descenso es el múltiple verde casi delirante y la geometría de las bananeras que abarcan el horizonte; en un principio parece una selva muy organizada con lo paradójico que suena la frase. Al salir del avión te recibe el compañero para el resto del recorrido: un calor pegajoso que literalmente golpea el rostro y funciona como alarma para recordar que estás en un bosque húmedo tropical.

En los primeros días todo impresiona, la primera tarea obligatoria es conocer una bananera: estos cultivos se extienden por hectáreas, cruzados por la carretera que lleva hasta Medellín e irrigados por decenas de "comunales": pequeñas vías que sirven para transportar la fruta por medio de viejos camiones hasta las comercializadoras que la despachan hacia los Estados Unidos o Europa. Son cultivos coloridos y sonoros, los tonos de verde se multiplican y sorprende que ante tanta manifestación de selva se mantenga una estricta formación cuadriculada que recuerda el hecho de estar en medio de una plantación, obra humana que tomó el espacio antes ocupado por bosques.

El pueblo que me acoge se llama Apartadó, es un municipio con algo más de cien mil habitantes, interesado principalmente en el negocio del banano y donde el progreso va llegando tan despacio que tal vez no lo han notado todavía. Contradiciendo prejuicios, es un lugar tranquilo e incluso acogedor en un principio. Tal vez lo más sorprendente es que te repites "aquí hay mucho por hacer" y de hecho te llenas de ganas de concretar ideas, se convierte en una convicción que este pedazo de paraíso descubierto puede ser domado y, cual pionero, se sueña con que llegue a pertenecerte gracias a esa experiencia de ciudad y conocimientos casi vírgenes que aportaron los estudios superiores.

En pocas semanas las sorpresas se van acabando, conocer una bananera es casi conocerlas todas, las opciones culturales son casi nulas y empiezas a acostumbrarte a las incomodidades que no existían antes: cortes de agua, calles empantanadas, calor enfermizo e insectos jurasicos. Poco a poco empieza a ocurrir lo inevitable: los lagartos tornasol y las aves terminan convirtiéndose en paisaje... el estupor se convierte en tedio, en pelear con el clima que ya no puede distraerse más con pajaritos y zancudos llenos de paludismo y dengue. Empieza a pasar el tiempo con lentitud, deja de medirse los días y se convierten en semanas bananeras numeradas, exactas entre sí.

La única sala de cine es un simpático lugar, casi simbólico. Ubicado cerca a la calle central (Apartadó no posee un parque principal) es un inmenso salón de dos plantas lleno de sillas que suenan al sentarse y tapizado con madera que para nada ayuda ni a la acústica ni a la temperatura. Proyectaban los fines de semana en jornada continua dos películas de las que se estrenaron hace 2 ó 3 meses en Medellín y entre semana programaban algunos títulos de cine porno. El espíritu de sincretismo estaba más que manifiesto, un solo lugar que todo lo presenta. Ahora es un parqueadero con restaurante.

Pasados unos meses, se extraña la casa. Esa que se dejó con felicidad, ansia, temeridad y fortaleza empieza a hacerse lejana, necesaria, a convertirse en refugio del refugio. La convicción de cambiar y pertenecer se diluye, Urabá te hace sentir como un extraño que es bienvenido pero no aceptado. No cabe duda que es un lugar mágico, lleno de poesía y exhuberancia, pero también lleno de sacrificios, incertidumbre, frustración y soledades narradas al lado de una cerveza en un único bar con nombre de ciudad europea, que acentúa más la sensación de trashumancia. La selva no se deja cambiar fácilmente, ella nos absorbe, nos hace parte de su ejército de inquilinos que la venera y le teme. Inquilinos, nada más, sin doblegarla ni poseerla.

La Zona está acostumbrada a recibir "extranjeros", desde misiones humanitarias hasta negociantes y marinos, pero en sí misma es impermeable. Algunos llegan a transar con ella y permanecen, otros se hastían demasiado pronto o se rinden y terminan siendo parte del paisaje, sin diferencia alguna con los hijos de esta tierra que son al final de cuentas también una mezcla indisoluble de temperamentos y razas.

Urabá en lengua Katía significa "la tierra prometida" y lo es para quienes logran abrazar estos horizontes, aquellos que saben que la amarán para siempre, como se ama a quien se aprendió a conocer. Pero incluso estos nuevos colonos saben que deben partir, porque la vida es de ciclos, porque no puede medirse el mundo eternamente por semanas. Y al partir con el agridulce sabor del esfuerzo sólo quedará mirar atrás y decir, gracias.

                                                                                                                                           
 

 


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