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Por: Diego A.
Bernal B. - Periodista El Grifo -
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Identificar cuándo se atraviesa el
límite entre Medellín y el municipio de Bello en lo alto de la zona
nororiental, es muy fácil. Sólo es necesario cruzar las obras de reconstrucción
del puente sobre la quebrada La
Negra y sentir cómo de la vía pavimentada, se pasa a una en
la que las piedras hace rato que dejaron de ser puntiagudas, cubiertas como
están por metros y metros de polvo.
"A uno le llega esto como una
hecatombe. Allá vivía uno de su agricultura y ahora vea. Por eso le digo que yo
amañado no estoy... resignado tal vez". Don Elmiro Palacios, un chocoano de 59
años con evidentes señas de calvicie, nos habla mientras señala las
polvorientas vías del barrio Altos de Oriente, su nuevo territorio, evocando de
paso cómo después de salir por lo que creyó sería una corta temporada de su
natal región del Alto Baudó, las circunstancias de la vida lo llevaron a
quedarse de manera definitiva en este Valle de Aburrá que mira desde lo alto.
Como él, son centenares de familias
las que desde hace poco más de 11 años llegaron a las cumbres del municipio de
Bello en busca de poseer al fin un trozo de tierra donde vivir, pero que hoy en
día continúan con la incertidumbre de ser expulsados alguna mañana de los
ranchos donde invirtieron sus pocos recursos, al igual que les pasó a sus
vecinos de Altos de Oriente que según los mapas, estaban asentados en el
municipio de Medellín al ubicarse al otro lado del hilo de agua que los
planeadores tomaron por lindero. Estamos en la confluencia de los barrios El
Pinar, Altos de Oriente, Regalo de Dios y Adolfo Paz. Cuatro sectores con
historias diferentes, pero que comparten la condición de ser los más excluidos
por el municipio de Bello que los gobierna desde la distancia. Estamos en la
tierra del olvido bellanita.
El Pinar: de bosque a asentamiento
Recuerda la señora María Nena
Céspedes, una tolimense que desde pequeña echó raíces en el Valle de Aburrá,
que procedían de Urabá los habitantes del barrio Carambolas que cierto día
decidieron aserrar el bosque que cubría estas praderas, a la par que vendían
los terrenos que quedaban al descubierto. La noticia se regó rápidamente, y se
contaban por decenas las personas que día tras día llegaban por la antigua vía
a Guarne, en busca del espacio en el que podrían ver crecer a sus hijos. La
labor de los leñadores no duró mucho. Uno a uno fueron asesinados en el sector
y en su antigua residencia de Carambolas, sin embargo, su ‘aporte' ya estaba hecho.
Bello contaba a partir de ese momento con un nuevo asentamiento subnormal, el
mismo que desde hace poco más de 11 años, lo custodia desde las cumbres en
espera de las buenas noticias relacionadas con el mejoramiento de sus vías y
condiciones de subsistencia, o la temida sentencia de un desalojo prometido
repetidas veces.
Doña María Nena sigue mientras tanto
ahí. Custodiando su casa de dos pisos en madera, en la que acoge periódicamente
a los niños miembros del semillero de paz Los Angelitos de Cristo, a quienes
orienta desde hace varios meses y hasta entrena para el curioso torneo de Goles
y Semillas, en el que más que el resultado de los partidos, lo que importa es
el comportamiento de los jugadores. Aquellos niños que ella como una de las
habitantes más antiguas del Pinar, ha visto crecer en medio de los ranchos de
madera que con el tiempo llegaron hasta lo más alto de la montaña.
Una huella profunda
Desde un poco más arriba, el
zigzagueante trazado de la quebrada La
Negra anuncia la casi invisible frontera entre dos municipios
hermanos que parecieran disputarse la oportunidad de no tenerlos allí
establecidos. Doña Aura Correa, una desplazada del municipio de Briceño, no
olvida aún las expresiones de desconcierto y dolor que veía en los rostros de
las familias que por estar al otro lado de la quebrada, en Medellín, fueron
desalojadas perdiéndolo todo. Muchos ya regresaron. Sin embargo, el peso de la
maquinaria aplastó centenares de sueños de propiedad... la misma de la que ella
espera tener algún día, mientras le agradece al destino el haberse decidido a
hacer su rancho a este lado, a ser una bellanita más, así toda su subsistencia
dependa de la gran metrópoli vecina.
Nuestro recorrido sigue de la mano
de dos pobladores que desde su tierna edad han crecido sobre el polvo de estas
empinadas vías, en medio de las cuales surgen rostros cubiertos de sopa pero
resplandecientes de alegría que nos saludan desde sus improvisados miradores,
en casas en las que la madera lucha por seguir siéndolo a pesar del paso de los
años y la plaga que la miga en aserrín.
Un político ahí
Que los regalos de Dios existen es
algo que tiene muy claro la
Hermana María Elena Arroyave, una religiosa Salesiana que
desde hace 5 años comparte su vida con la comunidad del Pinar donde gracias al
apoyo de la Pastoral
Social y las fundaciones Saciar y Pan y Paraíso, sostiene un
comedor escolar que atiende a 220 niños y a 50 miembros de la tercera edad. Su
hábito blanco combina con el tono amarilloso de las calles asfaltadas por el
barro, el polvo y el olvido, pero eso no impide que ella con sus compañeras,
siga aferrada a la esperanza de que algún día el municipio de Bello se acuerde
de sus conciudadanos de las montañas orientales, aunque reconoce que la
situación ha mejorado. Ya al menos son frecuentes las brigadas de salud que
alivian en parte esa enfermedad incurable que es la pobreza.
Nuestro recorrido finaliza pasando
de costado por los sectores del Regalo de Dios, cuyos habitantes bautizaron de
esa manera al contar con el privilegio de unas titulaciones parciales que los
dejan dormir tranquilos; y por el barrio Adolfo Paz, anteriormente llamado El
Pinar 2, nombre que según uno de nuestros pequeños guías corresponde al de "un
político ahí que le ha ayudado mucho al barrio". Con una sonrisa en los labios
pero compartiendo la angustia de los que viven sin pasar de ser una estadística
flotante, abandonamos las cumbres. Éstas en las que a pesar del frío que los
envuelve en las noches, prima la calidez de los corazones que han aprendido a
vivir y agradecer, la grandeza de lo simple.
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