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Por: Karina
Vélez - Grifiana -
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Abres la
tapa y piensas por unos segundos en casa, te transportas al lugar donde
creciste, de repente vislumbras a la abuela cantando y bailando con sus inmensas nalgas mientras
lentamente pela las papas para freír en el aceite caliente.
Estoy ahí
sentada, en el pequeño banco de madera, sobre las baldosas coloreadas de
esquinas fragmentadas. Salen las papas
hirviendo del aceite purificador, escurre un poco las papas, les echa sal con
sus dedos mágicos para que la sal se adhiera con exactitud al caliente
tubérculo.
Saboreo con
lentitud, me pregunto si las personas que me rodean alguna siente o ha pensado
en algún momento esto, esto de comer como en casa. A medida que pasan los años
el ritmo de la vida nos obliga a comer menos en ella, cada vez más en la calle,
cada vez menos en el comedor.
Puede que tu
estómago sea capaz de tolerar por algunas semanas los combos de
papas, gaseosa
y hamburguesa; los perros calientes, las ensaladas light con pequeños crotones (es decir una tostada en trocitos); los
maicitos con queso, las porciones de una pizza cada vez más lejana a las
pizzas; a los chuzos de pollo con arepa, a las carnes asadas, a los sánduches
de lechuga crespa con ajonjolí por encima, a los pollos fritos con pinta de
paloma de iglesia...puede que lo soportes por algún tiempo.
Pero al
final el que termina mandando la situación es el bolsillo, uno suma el
transporte, las cosas que debe comprar, las cuentas en los clubs (que por
cierto me han parecido de lo más curioso, porque no es un club de amigos sino
de deudas donde terminas pagando el doble por algo), a medida que uno crece
gasta más; tiene que antojarse de más cosas y por supuesto ayudar más en casa,
porque uno no se puede quedar de vago "rasca-ombligo" toda la vida.
El asunto es
que el bolsillo comienza a ser más liviano y no precisamente porque está descosido,
el estómago comienza a sufrir cosas que son usualmente señaladas por los
excelentes médicos de nuestro siglo como estrés: el estrés genera
arrugas, el estrés genera problemas de colon, hace que la gente deje de hacer lo que tiene que
hacer de manera frecuente y solitaria...sin duda muchos de los problemas que
tenemos ahora se deben a nuestra alimentación, a la velocidad de la vida.
Ahora, la
gente no pela las papas, no toma un cuchillo para llorar mientras corta la
cebolla; ahora pocos saben lo que
significa salpimentar, pocos despiertan un domingo con el olor de arepa de
maíz con mantequilla, con el chocolate
batido que llama a gritos. Ahora todos abren la puerta del microondas ponen los
minutos como si fuera una bomba, aunque realmente sí es una bomba, una de esas
de las películas donde la cuenta regresiva termina con un
infernal...piiiiiiiiiiii piiiiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiii, pensándolo bien, así
nos debe hacer el corazón piiiiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiii nos dice a gritos (¡vea
puerco asqueroso!! No me tapone las venas, deme jugos de verdad usted que está
en el trópico y una fruta que es barata. No me dé más papas fritas con salsa de
tomate, ni hamburguesa de gusano, ni mucho menos mini mazorcas castradas
genéticamente para decorar el gusto perverso de algunos.) Pero eso no lo
escuchamos, eso no lo entendemos, eso no nos importa.
Abres la
tapa y piensas por unos segundos en casa, olvidas el teléfono, el calor, las
discusiones banales que en ocasiones surgen a esa hora donde uno sueña con el
perro velando y con el hermano que se come lo que a uno no le gusta. Donde uno
se puede parar a la olla del arroz a sacarlo caliente, donde tiene pimienta a
la mano, amas de repente esa coca del almuerzo; la que tanto tiempo te tomaste
en encontrar: una no muy grande, no muy ancha, con una tapa hermética, con un
lindo color, una coca plástica de almuerzo que se calienta en el dispositivo
bomba, un domicilio a cualquier parte, ojalá donde vendan almuerzos caseros (
pero mejor digámosles ejecutivos para darle clase, para seguir negando que no
necesitamos de casa, para sentirnos grandes).
Ahora, no
sufras de pena como hacen algunas personas
al abrir la coca, siente orgullo de lo que preparaste o de lo que te
echaron, eso habla de tu familia, de tus tradiciones más privadas. Recuerda
siempre estas sabias palabras de Laura Esquivel. "Uno es lo que come, con
quien lo come, cómo lo come y en el sentido que da a lo que come". Ahora
abres la tapa de la coca, y sientes el poder del recuerdo que te invade cada
papila gustativa, saboreas, cierras los ojos y te transportas, y veo a la
abuela, bailando con sus inmensas nalgas, poniendo las papas a la sonora olla
de aceite caliente. Ahhhh la comida de casa es un lujo que pocos tienen, es un
lujo de ciudad pueblo, la coca del almuerzo es una sorpresa diaria que te
transporta a un recuerdo cada vez que la abres.
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