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Por: J. Andrés Quintero - Escritor -
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Ese día, Yecid
Antonio Ateortúa se había levantado del sofá con las articulaciones tullidas.
Su cuerpo parecía de palo: tieso, rígido como una columna de yeso, petrificado como
un bloque de cemento, duro como un cincel de hierro, persistente como un clavo
de ataúd... Era una de las tantas consecuencias de ver la trilogía completa de El Padrino. Vito Corleone y sus hijos.
Al Pacino y su mirada de inocencia. El honor de la mafia italiana y el negocio
de la balacera. Toda esa narrativa le producía una profunda fascinación a Yecid
Antonio, quien ahora era un hombre feliz porque ya no vivía con Anita, su
ex-mujer, la loca flatulenta que todo se lo comía a su paso.
Yecid
siempre había pensado que Anita era un cáncer vampírico. En un principio le
llamaba la atención su faceta transparente. Era tan blanca que, a simple vista,
sus venas azules sobresalían con su ritmo cardíaco. Pero Yecid, que era un
hombre de gustos extraños, sintió una profunda atracción hacia esta mujer que
rara veces salía de día y permanecía arrinconada de noche al lado de un corral
de conejos. "Era una visión", así lo interpretó Yecid. "En vez de fornicar con
animales, mejor le tiro a una fantasmita", le dijo a un amigo en plena
borrachera en el Matadero de Caderas del
Centro. Y entonces procedió a proponerle matrimonio a Anita, quien en un
principio se negó:
-Quieres
casarte conmigo porque te encanta revolcarte en las inmundicias de la carne,
¿cierto? - Pero Yecid, que era un hombre poco sincero, le respondió:
-No Anita.
No es por sexo. Es porque te amo, es porque eres la mujer de mis sueños. Desde
que te vi he sentido que mi corazón no puede vivir sin ti.
Y Anita, que
rara veces reconocía un gesto de hipocresía (eso le pasa mucho a la gente poco
sociable), se dejó llevar por las palabras de Yecid y le abrió las piernas esa
misma noche, al lado del corral de conejos.
Yecid estaba
feliz. La noche era intensa y nadie se había dado cuenta. Sólo los conejos
habían estado atentos a lo sucedido. Eran criaturas reservadas. Muy parecidas a
Anita. Y copulaban con la misma entrega.
Yecid, por
su parte, había tenido una petite mort
que lo había dejado tan tembloroso como un pudín de año nuevo. Esa noche había
llegado sonriendo a su casa. Los vecinos lo miraban caminar como la viva imagen
de un casanova de la década de los 70's. Arqueaba sus piernas como un hombre
elástico y todo el resto del día se la había pasado contemplando su imagen en
un espejo borroso que disimulaba sus cicatrices de adolescente. "Yecid, ¡eres
un galán! ¡Un garañón de locas!" Y se engominaba el cabello cuando tenía que
repetirle a Anita una de sus tantas visitas eróticas.
Meses
después, Anita y Yecid estaban juntos en una parroquia firmando el acta matrimonial.
Durante la ceremonia, Anita lloraba como un niño extraviado en un almacén. Sus
mocos sobresalían y manchaban el vestido de seda que Yecid había pagado con
unos electrodomésticos empeñados. Fue una situación incómoda. Nadie conocía a
Anita. De hecho, ella tenía pocos familiares: una tía abuela solterona enferma
de cáncer, un primo autista debajo de un puente peatonal y un padrastro con
orden de arresto por violar a más de medio millón de muchachitos a lo largo de la Cordillera de los
Andes. Y nadie se atrevía a darle consuelo a Anita porque era una mujer que
inspiraba angustia y repulsión.
El cura
contuvo las náuseas mientras articulaba las últimas palabras de la ceremonia e
inmediatamente corrió al baño para refrescarse un poquito con agua bendita. La
presencia de Anita era aterradora. Y nadie sabía explicar por qué. Había algo
en sus ojos lechosos, en sus venas brotadas, en su piel de pollo, en sus manos
estiradas... era una mujer de cera derretida... Pero Yecid, en cambio, estaba
resuelto a ignorar todos estos detalles. Se sentía dichoso a pesar del silencio
que rondaba por la parroquia mientras él salía tambaleando con Anita como si fuera
un borracho en plena madrugada. Salieron a la calle y cogieron un taxi que los
llevó a su nuevo hogar: una enorme casota que quedaba en el barrio La
Castellana: doce habitaciones, tres pisos, escaleras
laberínticas, sanitarios abismales, paredes descascaradas, tuberías temblorosas
y el estertor agónico de la tía abuela de Anita que la llamaba con la boca
llena de sangre: "¡Anita, Anita! ¡Necesito opio! ¡Ya me duele tanto dolor!"
Yecid
prefería no asomarse mucho al cuarto de la enferma. Decía que era por lástima.
"La pobre anciana sufre mucho". Pero, en realidad, el motivo era otro: "el olor
a mierda que inunda ese cuarto es insoportable". Era un asunto que él tenía que
soportar a nombre de la herencia. Sentía que la casota era una enorme cloaca de
paredes viscosas que reflejaban la metástasis de la tía abuela de Anita. Todo
era repulsivo. El aire, la comida, el agua... cada rincón parecía un tumor. Y
Yecid se apretaba los dientes para soportar la rutina de vivir como un sapo.
Veía a Anita caminar con un delantal untado de fluidos corporales. Era una
mujer que conocía la consistencia de la muerte. Aplicaba inyecciones, desenrollaba
gasas, quemaba sábanas curtidas por las infecciones, vaciaba las bolsas de
orina y preparaba los caldos de menudencias para la enferma. Era una rutina que
impresionaba a Yecid.
Durante todo
el período de agonía de la anciana, Anita permanecía silenciosa con los ojos
petrificados. A veces sonreía; pero sólo cuando estaba al lado de sus conejos.
El resto del tiempo parecía una sombra de nalgas escurridas que a duras penas
determinaba la presencia de Yecid. Lo esquivaba como si fuera un mueble atravesado.
Y Yecid sentía que se estaba desapareciendo. A veces despertaba convulsionando,
convencido de que se había convertido en una silueta borrosa. Jadeaba,
tropezaba al entrar al baño, vomitaba y se tomaba una caja de píldoras que lo
ponían a dormir con su sonrisa de cretino. Era lo único que le ayudaba a evadir
su rutinaria vida conyugal.
Pero un día
Anita entró con una sonrisa que iba de oreja a oreja. Sus ojos estaban
hinchados y su aliento apestaba a mierda de gallina. Yecid no había tenido
tiempo de reaccionar. Cuando menos lo pensó, Anita estaba sobre él provocándole
una erección por la fricción de sus caderas. Fue un momento inolvidable, pues
mientras Yecid se bajaba los pantalones, Anita gritaba: "¡Bendito sea mi Dios!
¡Está muerta! ¡La vieja está muerta!" Y entonces todo se supo: la tía abuela de
Anita había estirado las patas. Toda la tortura de ver y oler a la enferma
había terminado. Así que Yecid también había esbozado una sonrisa y continuó
debajo de Anita disfrutando de su primera jornada de débito matrimonial.
Las cosas
habían cambiado. Luego del papeleo de la sucesión, Anita y Yecid resolvieron
vender la casota. Fue una venta fructífera: millones de pesos recibidos de una
constructora y la posibilidad de salir de viaje. Ambos estuvieron en París,
Egipto, Buenos Aires, Venecia, Constantinopla, Stalingrado, San Petersburgo y Machu
Picchu; también compraron chécheres en un tour por el Orinoco, amanecieron en
Dublín, estuvieron intercambiando divisas en Nueva Granada y durmieron desnudos
en un rancho repleto de culebras. Cuando regresaron, lo primero que hicieron
fue coger una buseta que los llevó a Santa Elena y compraron un terrenito para
construir una casita de madera. Todo era perfecto. Yecid y Anita reunían
recuerdos de su vida conyugal. La casita estaba repleta de fotografías de sus
viajes turísticos: las pirámides de Egipto, La Cadena de la Reina Margot, la Muralla China, El Parque Norte,
La Torre Eiffel,
La Piedra del
Peñol, las Cataratas del Niágara, El Canal de Panamá, el Muro de los Lamentos de
Jerusalén y el puente de Bulerías de Unicentro. Yecid estaba feliz. Tenía la
vida perfecta de un hombre perfecto: una mujer hogareña, un hogar acogedor,
comida en la alacena, ropa limpia, televisión por cable, muebles rústicos,
horno microondas, agua caliente, jabón de baño, toallas finas, un reproductor
MP3, un cargo administrativo, una camioneta 4 x 4 y tiempo de sobra. Todas las
noches llegaba sonriente. Se sentaba ante la mesa y esperaba que Anita le
sirviera el caldo de menudencias que le caía tan bien antes de acostarse. Era
una experta cocinera de pedazos viscerales. Yecid podía ver flotar los
testículos, los corazones y los hígados de pollos y no sentía asco. Todo se lo
comía con la voracidad de una bacteria. Y eso satisfacía enormemente a Anita,
quien esperaba que su marido fuera siempre una máquina devoradora.
Ya a las
nueve de la noche, Yecid y Anita veían la telenovela juntos, hacían el amor
ruidosamente y dormían hasta las seis y media de la mañana. Anita siempre era
la primera en levantarse. Estiraba sus huesos con un discreto y prologado
bostezo y salía como un fantasma a preparar el desayuno. Yecid abría los ojos
cuando sentía el olor de la cafetera caliente. Se levantaba seguido de un
concierto de flatulencias y se servía un tintico que se llevaba al baño con un
periódico y un paquete de cigarrillos. Mientras cagaba, leía las noticias del
día, se fumaba un Piel Roja y se tomaba el tinto en pequeños sorbos ruidosos
que terminaban con la evacuación del sanitario. Luego se bañaba. Y, cuando
salía, veía el desayuno sobre la mesa: una arepa caliente, huevos con tocino,
una tasa de chocolate, un vaso de jugo de naranja y unas semillas de cardamomo
para mejorar el aliento. Yecid se sentía satisfecho con la vida. Su visión del
mundo ahora era otra. Como producto de una moraleja creía que las buenas
acciones traían consecuencias buenas.
Pero un día
Anita le llegó con una noticia que iba a poner las cosas patas arriba. En su
mano izquierda sostenía una prueba de embarazo positiva: iban a tener un hijo.
Y Yecid pensó: "¡Ahora me llegó competencia!" No era un asunto tan negativo.
Pero Yecid era poco amante de los niños. Siempre le impresionaba su contextura
invertebrada, sus bracitos arrugados y su piel grasienta. Eran máquinas
babeantes, organismos mocosos, entidades jabonosas que corrían el riesgo de
convertirse en seres humanos. Y por eso esa noche no pudo dormir.
Pero, con el
tiempo, las cosas cambiaron. A pesar de que Anita seguía siendo un ojeroso
espectro con barriga abultada, Yecid no dejaba de cumplir su débito matrimonial
para obtener los desayunos de cada mañana y las menudencias de todas las
noches. Era como tener relaciones sexuales con un esqueleto lleno de lombrices
en el estómago. Algo repulsivo, pero provechoso para Yecid.
A los nueve
meses Anita llamó a Yecid al trabajo:
-Mijo, ya se
me rompió la fuente. Se me viene el niño. - Y Yecid, que sentía palpitaciones
en las sienes, trató de averiguar si su esposa estaba nerviosa.
-Para nada
-le dijo ella-. Me preocupa el reguero que estoy dejando en la casa. Yo creo
que vamos a tener que comprar un trapeador nuevo.
Y entonces
Yecid se montó en el carro y fue a recoger a Anita.
En todo el
viaje pensaba que el asunto del embarazo había transcurrido sin sobresaltos.
Anita nunca se había enfermado. Igual podía levantar muebles con el ombligo al
revés. Nunca vomitaba (excepto cuando veía un Volkswagen), nunca sentía náuseas, nunca se desmayaba... Ni siquiera
se le habían hinchado los pies. No tenía várices ni manchas misteriosas. Era
inmaculada en materia de embarazo.
Cuando Yecid
llegó, Anita lo esperaba sosteniendo una maleta en el hombro. Parecía un trompo
fortachón por sus patas delgadas y su panza abultada. Al parar, Yecid trató de
ayudarla; pero ella se negó.
-Tranquilo,
mijo. De hecho estaba pensando en parir sobre la acera.
Y entonces
arrancaron. En menos de diez minutos Yecid entraba con Anita al hospital. Y a
la vuelta de media hora la criatura había nacido mientras los doctores se
lavaban las manos. Fue un parto abrupto. Anita simplemente se levantó e hizo
fuerza en un rincón de la sala de espera. Parecía una vaca poposiando.
-¡Ay, Dios!
-Fue lo único que dijo Yecid cuando vio que un bulto de placenta se estrellaba
contra el piso. Luego Anita caminó arrastrando a la criatura con el cordón
umbilical y se sentó sobre un sofá de cuero para descansar llena de
satisfacción.
Todo el
mundo estaba pasmado. Jamás, en el Hospital Pablo Tobón Uribe, había
ocurrido
un parto tan salvaje. Los médicos tenían los ojos brotados. Y Anita, antes de
echarse a dormir, dijo: "¡Ya estaba mamada de ese paquete tan maluco!"
Pasaron un
par de días y la familia completa de Yecid regresaba a casa. El bebé parecía un
masmelo de vainilla con vetas de mora y chocolate. Era tierno y baboso. Sus
ojos eran grises y su piel tan blanda que Yecid pensaba que aún estaba en
estado líquido. "Tomás Yecid Ateortúa Ospina", así se llamaba. "El bebé más
lindo del mundo". Yecid lo cargaba, lo jonjoliaba, le compraba juguetes y se
conmovía cuando lo veía pegado de la teta de su madre chupando leche con la
persistencia de un ternero. Ni siquiera le mortificaba sus llantos estridentes.
Era un bebé tan llorón que rara veces había un minuto de silencio en la casa.
Lloraba de día y de noche. Incluso gemía cuando tenía la boca ocupada por el
pezón de su madre. Era una criatura muy vital respecto a las manifestaciones de
angustia. Y eso tenía a Anita al borde de una crisis cósmica. Ella lo veía
llorar enrojecido y pensaba en la mirada pasmada de los conejos encerrados en
la jaula. Era peor que el ébola. Su llanto aumentaba y Anita sentía una pesadez
en el corazón. "Es una llaga, este niño es una llaga en la punta de la lengua.
Duele, es pequeño y carece de conciencia", pensaba. Y cerraba los ojos con
fuerza para no escuchar.
Yecid, en
cambio, trataba de ser neutral. Escuchaba las quejas de Anita pero trataba de
no expresar ningún comentario despectivo respecto al bebé. Anita leía libros
sobre crianza de niños neuróticos, buscaba consejos por Internet, visitaba
pediatras y psicólogos especializados, pero ninguna fórmula le daba resultado.
Estaba desesperada. La maternidad la estaba desgastando paulatinamente. Ahora
era una mujer frágil, llena de puntos débiles, ojerosa y maniática de la
limpieza. Yecid entraba a la casa y veía todo resplandeciente. No había polvo,
no había mugre. Las cosas permanecían petrificadas en un orden imposible de
alterar. Pero Tomás, "el bebé Tomás", seguía llorando con más poder. Su
chillido era ronco e indescifrable, imposible de calmar. Era un punto caótico
en el cosmos, una turbulencia invisible en el centro del universo; era más
poderoso que la ira de Dios.
Pero un día
Yecid encontró la casa en un profundo silencio. Todo seguía igual de ordenado. Ya
no había llanto. El ambiente parecía paralizado. El tiempo se había detenido.
Yecid entró y llamó a Anita.
-¿Dónde está
el bebé? -preguntó.
-Durmiendo
como un angelito. Por fin se calmó. Se ha convertido en una buena criatura.
Y Yecid vio
que Anita sonreía con los ojos conmovidos. Ahora era una mujer que respiraba
algo de reposo. La casa tenía un delicioso aroma de sancocho. Era la comida que
ya estaba preparada sobre la mesa: una sopa humeante llena de yerbitas de
cilantro, papas coloradas, un plátano imponente y menudencias tiernas. Sin
esperar más (y por dedicarle unos minutos más a la plenitud de Anita), Yecid se
sentó a la mesa y comenzó a comer. Era una comida deliciosa. La sazón era
perfecta. La dosis exacta de pimienta, la pizca adecuada de sal. Todo era exquisito
y suave. Y también era soporífero. Mientras Yecid comía sus ojos declinaban con
lentitud. Y al rato, cuando terminaba de digerir la última cucharada de sopa,
se levantaba tambaleando del comedor e iba derecho a la cama, a dormir hasta el
otro día. Cuando despertaba, descubría una cosa: que Anita y el bebé Tomás ya
no estaban. Entonces Yecid se levantaba abruptamente, pues también se daba cuenta de que llevaba más
de media hora de retraso para llegar a la oficina. Se vestía de cualquier
manera y corría al trabajo. Por la noche, al entrar a la casa, encontraba el mismo orden
y el mismo silencio. Anita lo recibía con un beso y lo invitaba a sentarse a la
mesa del comedor. El sancocho soporífero lo volvía a esperar con la misma
suculencia. Comía y luego se iba a dormir. Todo sucedía de una manera
previamente calculada. Yecid entraba, dejaba su maletín al lado de la puerta,
iba a la mesa, comía y luego se tambaleaba con los ojos vidriosos a la cama.
Llevaba más de quince días sin ver al bebé Tomás. Era un asunto extraño. Y por
eso un día resolvió que no iba a volver a tomar sopa hasta darle una vuelta al niño.
Fue un
jueves por la noche. Yecid parqueó el carro y se bajó con la idea de entrar
directamente a la alcoba de Tomás para darle el beso de las buenas noches. Pero
Anita volvía a esperarlo con una sonrisa y con el delantal untado de cáscaras
de cebollas. Yecid la miró y le dijo:
-Anita,
antes de comer quiero ver cómo está Tomás. - Pero Anita tuvo una reacción
inusual: estaba preocupada. Se interpuso en el camino de Yecid y le dijo:
-¡No!
Primero la sopa y luego Tomás.
Y entonces
Yecid sospechó algo malo. Miró a Anita y sintió escalofríos. Era una mujer
espeluznante cuando estaba estresada. Así que le devolvió una sonrisa, la
tranquilizó con un beso en la frente y se sentó ante la mesa con el babero bien
puesto sobre el pecho. Al rato Anita regresaba con un platado suculento de
sancocho. De por sí el olor ya tenía los efectos de un narcótico. Pero, antes
de probar el primer bocado, Yecid contuvo la respiración y comenzó a revolver
el caldo con una mirada resignada. Estaba aburrido. Se sentía sometido por la
furia de una mujer medio loca. "Uno se quiebra el culo trabajando como una puta
bestia y esta mujer de mierda no tiene ni pizca de respeto", pensaba mientras
revolvía la comida. Y las cosas hubieran transcurrido según la nueva normalidad
de la vida hogareña si no fuera por una cosa: entre el revoltijo de cosas que
Yecid movía en el plato, vio sobresalir un pedazo de oreja. Fue una visión
aterradora. En un principio creyó que era una alucinación. Pero, al revolver
con más cuidado, vio sobresalir un dedo sin uña, un ombligo carnudito y una
porción de mejilla precocida. Se trataba de las menudencias de Tomás. Durante
quince días Yecid se había estado comiendo a su propio hijo. Era una visión que
lo llevó a padecer una crisis nerviosa. Anita, que era una mujer calculadora,
se había dejado llevar por la monotonía de la vida conyugal y había cometido el
error de servirle a Yecid el mismo plato todas las noches.
-¡Malparida
loca! -Le gritó Yecid-. ¡Me convertiste en un caníbal!
Y tiró el
platado de comida en el piso.
Anita corrió
a la cocina y regresó con un enorme cuchillo en la mano. Pero Yecid, que estaba
alterado, tenía el instinto asesino a flor de piel: se lanzó sobre su mujer y
le reventó la boca de un solo golpe. Anita trató de reaccionar; pero el
puñetazo había sido tan firme que a los pocos segundos perdió el sentido. Al
despertar vio que estaba rodeada de policías y bomberos. Todo el mundo la
miraba como si fuera una verruga contagiosa. Yecid seguía alterado. Decía
constantemente: "Me comí a mi hijo, me comí a mi hijo" mientras el fiscal
tomaba nota para los procesos de indagatoria. A la mañana siguiente la historia
se repetía en todos los periódicos amarillistas:
LA
EXCLUSIVA:
¡Mujer Loca Mata a su Hijo Recién Nacido y se lo Cocina a su Marido!
LA
HORA CERO:
¡Un Infanticidio que Se Convirtió en el Menú de todas
las Noches!
IMPACTO XXX ROJO: ¡Increíbles Escenas: Un Niño es
Devorado por su Padre sin Saberlo!
EL INFORMANTE: ¡Atención: Canibalismo en las
Montañas Antioqueñas!
Yecid podía
sentir que su vida se convertía en un estigma alrededor de la antropofagia. Todas
las noches se sentaba angustiado delante del televisor. Su apetito había
disminuido. Era un hombre amargado, solitario, sin familia. Anita había sido
recluida en el pabellón psiquiátrico de El
Buen Pastor.
-¿Puede
explicarnos -le preguntaba el fiscal a Yecid durante el proceso de indagatoria-
cómo fue posible que usted se comiera un 75% de su hijo sin que se diera cuenta
durante 15 días?
Era una pregunta
fácil de responder:
-Porque
estaba delicioso y siempre creí que era carne de ternera. - El fiscal tomó nota
y dejó que Yecid regresara a casa.
A partir de
ahí su vida comenzó a cambiar radicalmente. Se había convertido en un hombre
descuidado. Su barba era larga y desgreñada. Sus dientes estaban amarillentos.
Rara veces cumplía con sus compromisos laborales. Se sentía solo, mugroso por
dentro, amargado. La gente pensaba que estaba poseído por el espíritu de Anita
que aún cocinaba en su casa. Pero, en realidad, Yecid estaba furioso y
deprimido. Ya no tenía familia. Nadie le cocinaba. Todas las noches abría una
lata de atún y comenzaba a comer delante del televisor. Al tiempo acompañaba
todas sus comidas con una botella de cerveza. Y, antes de acostarse, se pegaba
de una botella de ron que se bogaba sin respirar. Del dandy de ropa blanca, Yecid había pasado a ser un malhumorado
alcohólico hinchado. Sus manos parecían embutidos de carne fría. Sus ojos
estaban perdidos. Y su ombligo estaba sumergido en un manojo de pelos sobre la
barriga. La vida de Yecid se reducía a lo siguiente: comer atún, tomar ron y
ver películas durante todo el día. Su videoteca era variada: películas
animadas, historias de acción, dramas conmovedores, clásicos del cine,
producciones colombianas, documentales de Discovery,
películas porno y las 100 mejores del cine independiente. Muchas se las conocía
de memoria. Otras, aun compradas en presentaciones de lujo, seguían empacadas
en un rincón de la casa.
Pero con los
años Yecid comenzó a ver las cosas por el lado amable. Su soltería implicaba un
mayor rendimiento en ingresos. Su cuenta bancaria superaba los miles de
millones. Tenía tanta plata como un político o un mafioso. Era libre. Podía
rascarse el culo con un tenedor. Y nadie le prohibía sentarse ante el
televisor. Iba al trabajo. Cumplía sus jornadas sin revirar. Regresaba a su
casa e inmediatamente abría una botella de brandy y unos paquetes de papas
fritas que devoraba con el entusiasmo de una metástasis. Era un hombre feliz, reposado
y obeso. Hasta que un día, luego de ver la trilogía completa de El Padrino, se
dio cuenta de que Anita había regresado a casa. Todo estaba limpio. Las cosas
volvían a estar ordenadas. Y, en la cocina, se escuchaba el siseo de la olla
pitadora: alguien estaba preparando un sancocho de bagre. Yecid sabía que era
Anita. Y esta certeza puso sus sienes a palpitar.
Yecid no lo
pensó dos veces. Fue al garaje y buscó un machete. Había que matar a Anita. No
podía permitir que le volviera a cocinar. Podía preparar un estofado de sobrino
o un caldo de cordones umbicales. "Peor aún: gelatina de placenta". La loca
había regresado y Yecid no tenía idea de cómo era ahora su aspecto. Tal vez ya
era una mujer más fuerte. Se la imaginaba con una enorme joroba y unos ojos
brotados. Así que Yecid respiró hondo, subió las escaleras y pensó:
"Juro por
Dios que si salgo de ésta me volveré vegetariano".
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