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Por: Óscar Giraldo Mesa - Lector de El Grifo -
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Más allá quedaban las
quebradas del futuro estadio y más acá las mangas con sus cercos de piñuelas
prohibidas por nuestras madres porque "eso les raja la lengua". La quebrada La Hueso estaba tan alejada que
ir a su ribera sombreada de chumbimbos parecía, a mi escasa edad, un paseo con
olla y pelota.
En el pequeño barrio triangular
limitado por la calle San Juan, una vía destapada
apodada Lacallevieja (así,
todo junto), y, bordeando El Zepelín, las casas de Juancho , anciano solitario que
compraba a las cajoneras algo más caliente que la parva que expendían;
vivían artesanos, motoristas, albañiles remendones, carpinteros, zapateros y la alta clase social de los carreros.
Los carreros eran tres, tan
fecundos que sus familias reconocidas
albergaban unos 20 hijos, casi la mitad de un grupo de primaria con la señorita
Mariela.
Tacho mantenía sus dos
carros de madera y acero apoyados en las dos ruedas y con los pescantes al aire en medio de los
largueros que miraban hacia el arco florido de los dos guayacanes de la entrada
de la bella y humilde casa. Mantenía tan limpio el piso que la luz se reflejaba en los granos amarillos de la arena. Los tres
caballos - eran carros de un solo caballo- pastaban en el solar vecino a la
casa donde disponían de latas de manteca llenas de aguamiel y salvado. Éste lo
tomaban desde un costal que como jíquera colgaba de la cabeza del alazán
aislada del exterior por dos anteojeras de cuero embombado.
El Loco Luis vivía cerca de
La Jabonería,
casa antigua hurtada a un cuento de Poe,
en un rancho cubierto con tejas de cinc y ocupado siempre por unos niños
barrigones que jugaban sobre el piso de
tierra pisada. La madre tenía aún el rastro de una belleza antigua insinuada en
su piel de color pardo, los ojos de gitana y el cabello blanco que seguro fue
azul de lo negro. Los dos caballos, uno percherón y un táparo, vivían de gorra
en una manga de los Gaviria. Como
Quique, el cuidandero, se opuso a que siguiera usando aquellos potreros, Luis
los retiró hacia el prado adyacente a una laguna en cuyo lodazal encalló el
flaco rocín. Fue inútil halarlo con el percherón y al
cuarto día cayó de lado para convertirse en cadáver huésped de los infaltables
gallinazos.
Don Germán tenía cara de
caballo, usaba gafas oscuras que parecían
anteojeras, vestía camisa blanca de
manga larga, terciaba el carriel hacia la derecha, usaba mandil sobre el
pantalón negro de paño y diez
centímetros adelante de su nariz lo guiaba la lumbre del mismo tabaco. Su
amplia casa quedaba en la esquina de El Zepelín- Callevieja y Tito el zapatero
le arrendaba una pequeña manga para descanso de los corceles y garaje de tres
carros que parecían jirafas mirando los arreboles de oriente.
Reunir los tres cocheros
era imposible. Tacho sólo bebía en la semana santa (de tristeza, decía él) en
el café Tarapacá que tenía billar, piano, meseras, cuadros de Gardel y orinales
con naftalina. Luis bebía más que su caballo y solía hacerlo en la tarde de
cada sábado. Cuando estaba embriagado se recostaba en el mostrador de la tienda
de David, miraba a los contertulios y seleccionaba alguno como víctima de sus
agravios que desatarían una pelea que casi siempre ganaba por su fuerza y
habilidad para esquivar. Don Germán, sin apodo, era tan juicioso que decían que
tenía más plata escondida que Juancho el del granero El Zepelín en la
trastienda. Todos los viernes a las cuatro de la mañana parqueaba su carro con
caballo en el parque de la iglesia y
encargaba al bobo Maqueca de su cuidado,
mientras repelía los pecados de cada semana.
Los chinches del barrio
cogían los caballos en la madrugada del
domingo y, a pelo, con un lazo, sin
frenos, emprendían caminatas por las mangas y algunos se atrevían a pasear por
la cuenca de la quebrada La
Iguaná. Hacia el medio día los dejaban tirados y sudorosos en
alguna calle del vecindario, mientras sus propietarios los buscaban con
ansiedad y Luis en medio de una borrachera auguraba asesinar los jóvenes si los
cogía entre sus manos.
Otros más osados, cuando el
carrero terminaba de descargar la mercancía, se trepaban a la plataforma y como
aurigas se escapaban al máximo trote del jamelgo. Conducían con una sola mano,
la otra en alto resaltaba la hazaña de guiar de pie en carro robado por un
instante que terminaba cuando los gritos de ¡cójanlo!, ¡agárrenlo! ,
adelantaban al caballo.
En un Medellín pueblerino,
de tan pocos habitantes que todos se conocían en los barrios tradicionales,
todo quedaba cerca y, sin afán, esos carros con tracción animal eran suficientes para surtir las tiendas (mercados de áreas mínimas)
que fiaban con apuntaciones en libreta para "pagar cumplidos los sábados en la
tarde". Cuando extendías la libreta y no te despachaban el quesito y la pasta
de chocolate para el desayuno, sentías en el alma una comezón que te hacía
llegar manivacío y avergonzado a la casa donde las brasas soportaban la olleta
con el agua caliente. El rostro de la madre era una amplia interrogación y la
libreta se ponía bajo el Cristo de
Limpias para que surtiera un milagro en un pedestal dos centímetros más
alto.
Al atardecer empezaban a
llegar los carreros con sus plataformas vacías. Se había realizado el día y el
cuerpo merecía descansar. Encerraban los caballos en los potreros después de
restablecerles la energía entregada y
los carros descansaban mirando a la luna como saurios en calentamiento.
Cuando la noche era muy oscura, esos coches parecían fantasmas prestos a volar
en pos del carro de Elías.
El tiempo va dejando una
pátina inexorable que sólo puede atravesar la memoria después de muchos años.
La memoria, verdugo de la soledad, se encarga de rememorar un tiempo
desaparecido y enterrado en las espiras del cerebro. Pero, todo es inútil y
algunos tenemos que resucitar esos fantasmas que montados en coches se
confundían con sus caballos hasta llegar a parecer centauros de sombrero,
tabaco y carriel.
Cuán bueno fuera terminar
el relato con la desaparición vital de cada cochero. Pero, sólo para
inmortalizarlos, les perdono la muerte y los castigo en este instante al
suplicio de la eternidad donde los dioses se deprimen de hastío.
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