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Memo Anjel - Escritor -
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Preámbulo :
Ron Smithy, además de una oreja mala
debido a un whisky hirviendo que le
cayó encima, iba a beberlo encendido para
ganar una apuesta pero los dedos se le ardieron y el trago saltó donde no era,
tenía una bala incrustada en una pierna. Y ni los médicos apaches del sur, con
sus hierbas, se la habían podido sacar. Le dolía como un hachazo permanente esa
bala y lo tenía condenado a no cabalgar más que en mula y a paso de dama gorda,
como los gambusinos. Si el hombre tuviera una mujer en casa, decían, el dolor
sería más llevadero. Pero Ron no la tenía. La media oreja quemada espantaba a
las mujeres. Pero lo cierto no era la oreja sino las palabras iracundas y
vidriosas que hacían recular a los demonios. Ese hombre mantenía un pozo de
lagartos en la boca.
La bala en la pierna provino de un
rifle Winchester disparado por un indio mestizo nombrado Crown, hijo de pie
negro y de austriaca, que se enfrentó a Smithy en el saloon de Dos Pasos. Se
dijo que por una mala repartición. El medio indio disparó el rifle entre dos
parpadeos y Ron quedó con la mano sobre la cartuchera donde reposaba su colt de
cañón niquelado. El segundo disparo lo hubiera puesto entre las cejas, pero Crown se satisfizo con la primera
detonación. Fue como si el rag-time que interpretaba el pianista negro le
hubiera detenido el dedo en el gatillo. Cuando el mestizo salió del saloon,
moviendo un palillo verdoso entre los dientes, todavía las puertas batiendo el
aire, Ron Smithy seguía con los ojos abiertos e incrédulos. Y la sangre del balazo
le entraba en la bota. A partir de ahí, la bala se le quedó en el hueso. Y del
medio indio que había disparado no se volvió a saber nada. Se lo había tragado
el paisaje seco y repleto de víboras, supusieron.
Capítulo uno
La Vaca Roja
"Hacía
18 meses que duraba el juego, 18 meses que éste deseaba estrangular al
pajarraco...".
La loba de Francia. Maurice Druon.
Dos Pasos había crecido en los
últimos tiempos y la llegada del 1900 le había puesto lámparas de gas a la
calle principal. Y ya se veían más hombres con bombín y paraguas que vaqueros
de zamarros amplios y sombrero de ala ancha. Los viejos tiempos ya eran sólo
conversaciones nostálgicas en el saloon. Se estaba convirtiendo en una pequeña
ciudad este pueblo que hacía sólo diez años no era más que un nido de cerdos
dispuestos a perforarse los cueros a tiros por apenas un movimiento de cejas
mal interpretado. También las mujeres habían cambiado, igual que las casas de
madera y techos mal clavados. Ya no había cabareteras por todas partes, levantando
las piernas y lanzando risotadas o palabrotas que escandalizaban a los
cuáqueros que pasaban por allí. Ahora se veían damas bien dispuestas y
cubiertas hasta los tobillos, con sus sombrillas chinas y la cara con apenas
unos toques de rubor en las mejillas. Incluso se estaba casando gente por amor,
cosa que nunca se había visto y obligó a
los principales de Dos Pasos a traer un pastor y un cura, que la población
crecía entre norteamericanos e inmigrantes irlandeses. También se veían algunos
italianos, chinos y mejicanos, y un hombre que vendía telas y decían que venía
de Polonia. Se llamaba Yoshúa Meyer y hablaba muy mal el inglés. De ese hombre
lo que más llamaba la atención era su vestido negro, las barbas enormes y dos
crenchas que le saltaban a un lado de las orejas. Pero nadie se entrometía en
su vida. Por esos días las mujeres decentes amaban las telas suaves para los
vestidos; y las pesadas, para las cortinas.
Todo había cambiado en Dos Pasos y
se hablaba de que vendrían vehículos que no necesitaban de caballos para ser
tirados. -El mundo se acaba-, dijeron los viejos que leían el periódico, y
todavía se encogían cuando oían llegar el tren con madera y ganado. Y con
jugadores de naipes, unos tipos elegantes y de chalecos de seda y reloj de leontina,
bastón con pomo dorado y zapatos con polainas blancas. Parecían muñecos de caja
de confites, decían burlones los que atendían la estación. Si, todo había
cambiado, menos el dolor en la pierna de Ron Smithy. Y el odio que le brillaba
en los ojos chiquitos y azules, y que se alteraba cuando oía decir que al medio
indio lo habían visto por los lados de Missouri, al norte.
Ron Smithy, había llegado a Dos
Pasos por los días de las vacadas y la repartición de tierras a los balazos.
Era un fullero, rápido con las pistolas y capaz de domar un par de potros
salvajes en una tarde. Y un borracho que apostaba con todos a quién era capaz
de beberse un litro de whisky de centeno a pico de botella y sin caerse del
caballo. Ganó siempre. Y lo temieron, porque aún invadido por el alcohol tenía
una puntería asombrosa y había sido capaz de voltear una moneda de dólar con un
solo disparo, rozando apenas el canto para que de cara se volteara al águila.
También tenía a tres hombres en sus cuentas. Tres que llegaron de Montana
creyendo que con su aspecto de osos aburridos iban a tomarse el saloon para
ellos, pero les fue mal. Uno a uno los ensartó Smthy con su colt de cañón
niquelado, brillante como un puñal. Así ganó más prestigio. Y lo habrían
nombrado comisario, pero por esos tiempos nadie estaba en la ley. Lo respetaron, hasta el incidente con el
medio indio, que lo deshonró dándole un balazo en la pierna y negándose a
matarlo. Esa humillación le creció en el corazón como matojos de otoño, duros y
punzantes.
Con la llegada del tren, arribaron
los soldados y luego un sheriff, un juez y un médico que bebía hasta yodo. El
hombre, en lugar de curar a Smithy, casi le pudre la pierna. Se la salvaron
unos apaches con yerbas masticadas y cauterizaciones con la hoja de un cuchillo
de pedernal, pero le dejaron la bala adentro. Imposible sacarla, dijeron los
apaches. Al médico no hubo que cobrarle sus malos oficios. Una de las del
cabaret, una tal Margaret, lo inundó de lejía y el matasanos amaneció un día de
abril más duro que un palo de cerca. El cadáver lo tuvieron exhibido cinco días
en un mal ataúd, pero nadie lo reclamó. Lo enterraron bajo una piedra que le
hizo crujir los huesos. Es que nadie quiso cavar para él. La Margaret, se ufanó por unos días de su
crimen. Luego enloqueció porque el espanto del médico la tocó en la sangre. De
esta locura se comentó poco, que no era raro que esas mujeres acabaran así,
seguro por el exceso de sulfatos.
Arrastrando la piedra enferma, Ron
Smithy quedó imposibilitado para cabalgar. Cada vez que intentaba montar un
caballo gritaba como un diablo hundido en agua bendecida. Y si en ese momento
lo hubieran ahorcado, no habría sentido la muerte. Y Por eso terminó de
comerciante, vendiendo herraduras y clavos, alambre de púas y tubería de cobre,
balas para pistolas y rifles y herramientas para los granjeros. Increíble que
un pistolero como él acabara detrás de un mostrador. El chino Tuang-Li, el de la lavandería, dijo
que por el invierno del 98, Ron quiso serrucharse la pierna varias veces. Era un
chino mentiroso y exagerado, temido por las mujeres blancas y amado por las
mejicanas porque les llenaba la nuca con collares de piedras verdes y
amarillas. Y nunca se sabía el significado de lo que estaba diciendo, pero
cuando hablaba de la pierna de Smithy no había dudas. Era cruel ese chino. Y no
era la bala la que hacía doler la pierna de Ron sino el recuerdo del medio
indio Crown, que se la había metido bien hondo en el hueso y en la deshonra.
Mientras la pierna doliera, le dolía el ánima y el mestizo cotizaba en la mira
de la pistola de Smithy. Ese medio indio valía cinco Billies the kid. Y Ron lo
esperaba mirando las balas y las picas, los clavos de punta afilada y la brea
de los barriles. Cuando se viera con él, por el telégrafo no cabrían las palabras
para contar cómo lo había matado. Dolor y odio creciente, eso era Ron Smithy. Y
todo le temblaba menos la mano con la que iba a disparar y partir a Crown,
envolviéndolo en sus propias venas. Los ojos los pondría en un frasco, para
orinarlos. Era terrible lo que pensaba Ron a cada minuto, anotando en un
cuaderno cada tortura con destino al medio indio. Torturas que releía
lentamente, agregándole cada vez detalles más escabrosos.
El 14 de junio de 1901, en el saloon
Webester, regentado por un ex-pastor protestante, un tal Sommers, que había
dejado la Biblia por seguir a una mujer con oro que lo acabó engañando porque
en lugar de oro lo que traía en sus baúles eran telas viejas que ni siquiera el
polaco Meyer se dignó cotizar en centavos, se corrió la bola de que el medio
indio Crown estaba rondando Dos Pasos. Crown era fácil de reconocer porque
tenía los ojos azules como el cielo de junio y una boca chica de labio belfo,
igual a la de su madre austríaca. Y entre su pelo castaño, mantenía una pluma
verde partida en la punta. Pero lo que más le identificaba era su brazo derecho
completamente tatuado con un dragón que ni los chinos lo tenían así en sus
sedas. Crown mantenía ese brazo desnudo y lo lucía como si fuera un diamante. Y
se sabía de él que se ganaba la vida llevando ganado a los cuatro puntos.
Incluso había llegado hasta Canadá, sin que los novillos y las vacas le
perdieran mayor peso. Esa era su magia y su oficio, que a la par del brazo
identificaba también con una vaca roja. El rebaño del medio indio se conocía
por la vaca y entonces nadie lo tocaba. Ya sabían de su rifle y del veneno que
le metía a esas balas. Lo de Smithy el de Dos Pasos había corrido con todos los
vientos, adornándose y creciendo en cada boca que nombraba el hecho.
Cuando se comentó lo de Crown camino
a la ciudad, Ron Smithy apenas estaba entrando al saloon. Pero lo oyó todo con la claridad de una
lámpara Cóleman encendida. Y el odio le corrió con más velocidad por las venas
y arterias. Un sentimiento de venganza atroz le enredó las palabras de una
maldición. Pero se contuvo y entró al lugar cojeando y acariciándose la
barbilla, mientras una sonrisa seca le partía la cara. Pidió un whisky en el
mostrador y lo bebió de un trago. Las orejas se le pusieron rojas. Luego
reclamó la botella entera y bebió otro trago largo, limpiándose la cara con un
pañuelo que sacó del bolsillo, y se volteó para mirar la concurrencia. Sus ojos
se encontraron con jugadores de cartas, con mujeres del oficio que se
abanicaban, con dos hombres ancianos que trataban de leer un periódico
religioso y con el ayudante del Shérif, un hombre negro apellidado Silberstein,
que debía ser un loco por llevar ese apellido. Ron Smithy escupió contra el
suelo y aleteó el pañuelo. "Crown es hombre muerto", dijo en voz alta.
Y señaló su pierna enferma. "Bien muerto". Nadie soltó palabra. Y el
hombre que tocaba la pianola se tiró el bombín hacia atrás. Volvió a tocar
cuando Smithy se sentó a una de las mesas de juego.
Continuará...
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