Alma de cactus II PDF Imprimir E-Mail

Una Mujer antes de Disparar
Memo Anjel / Escritor / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Pero nadie miraba. Las tiendas estaban cerradas y las calles desiertas, tal como él había supuesto que pasaría.

El Testamento. John Grisham.

El rumor de que el medio indio se acercaba se amplió y se contrajo como un

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acordeón. Unos decían que ya venía, otros que se había detenido en alguna de las haciendas para negociar un transporte de ganado. Pero todos estaban de acuerdo en que entraría en Dos Pasos en busca de un dinero que habían puesto a su nombre en el banco. El banquero, un alemán llamado Benny Strauss, mencionaba todo el tiempo lo de los dólares a nombre de Crown para que el encuentro prometido por Ron tomara aires de gran espectáculo. Entonces todos ampliaban y contraían las noticias, creando una cierta expectativa de circo. Lo cierto fue que los dolores de Smithy si se crecieron como un río desbordado, sobre todo el odio. Y todos los días, al terminar sus tareas en el almacén, sacaba una silla a la acera, se sentaba y mostraba la pierna enferma y colocaba encima de ella el colt reluciente, igual que un perro de presa con el hocico baboso e inquieto por las ansias. Y decía a todos los que pasaban delante de él: "Estará muerto cuando mis ojos lo vean. Sí hay apuestas, ganarán los que estén a mi favor". Lo decía muy ufano y seguro, levantando la cabeza y la pierna, y dejando en mitad de la cara una risa forzada que se volvía horrorosa cuando tocaba los límites de la oreja chamuscada.

Y mientras Ron Smithy anunciaba la muerte atroz que le iba a prodigar, el medio indio Crown entraba en los predios de Twohouses, la gran hacienda de Mary Stwart. La hacienda estaba a dos días a caballo de Dos Pasos y era famosa por sus novillos blancos, muy apreciados por la cantidad de carne que daban por animal. Y si bien Crown prefería el ganado negro, "tiene más hueso y resiste mejor el camino", decía, también se comprometía con llevar ganado blanco aunque sabía que podía perder más agua y peso en el recorrido. Pero había algo más que le interesaba a Crown, además de contratar el viaje con los novillos. Sus ojos azules iban en busca de Ruthy, la hija de Mary Stwart. La hermosa muchacha había entrado en el corazón del mestizo como una flecha sioux, y él soñaba con ella en las noches frente a la fogata y en los amaneceres, cuando el cielo amarilleaba el paisaje.

La hacienda de Mary Stwart, tenía buenas aguas y pastos. Se notaba el trabajo paciente en esas tierras, que ya eran una fuente de envidia y de deseo. El marido de Mary, Peter Fly, llegado por el 1870, se había dado a la tarea de hacer un paraíso parecido al de la Biblia. Era un bostoniano duro de roer y terco, capaz de romper una piedra con los puños de la mano. La palabra imposible no había existido para él y, sonriendo, rechazaba las ofertas que le hacían por su hacienda. Muchos querían esas tierras. "No hay por qué venderlas, todavía están creciendo", decía Peter Fly y palmeaba en el hombro al interesado. "Cuando termine de hacer mi hacienda, te ayudo con la tuya". Pero la envidia es como un gusano que come y pudre y alguno de los que ofrecieron comprar no estuvo de acuerdo con la espera. Por eso lo mataron a traición, iniciándose el verano del 1889. Estaba llegando a su casa y sonaron varios disparos. Peter Fly los recibió en el pecho y apretó las riendas del caballo. Luego las soltó y levemente hundió las agujas de las espuelas en el flanco del animal, que asumió un trote lento.  Cuando llegó al porche de la casa, todavía con los ojos abiertos y una respiración silbante, intentó bajarse pero no fue capaz de mover las piernas. Murió encima del caballo, aferrado a la cabeza de la silla, sin dejarse tumbar y con esa dignidad de hombre que cree sólo en él. En el momento en que los peones y Mary llegaron en su auxilio, se encontraron con un muerto que mantenía la cabeza en alto y miraba a los seres invisibles de la noche. De su boca salía un hilillo de sangre que más parecía una brizna de hierba roja. Lo enterraron al lado de un olmo que él había sembrado cuando llegó a estas tierras. "Si el olmo crece, crece la hacienda", había dicho. Y ese árbol fue su modelo. Tardes enteras había pasado mirándolo crecer y cambiar de hojas, viéndolo habitarse de pájaros y de vientos que cantaban entre sus ramas. El reverendo Wolsohn, que siempre había temido a Peter porque éste era un endemoniado que se burlaba de Dios y no iba a los servicios religiosos aduciendo que ver crecer la naturaleza era suficiente para agradar a Dios, cantó un par de salmos en el entierro. Y no habló de vida eterna ni de premios. Para el reverendo, Peter Fly era un diablo, y si ofició el funeral fue por el dinero y el miedo que le infundió la viuda. "Necesito que me lo entierre bien. O los entierro a los dos". No dijo más. Y el reverendo, pasado a whisky, la siguió igual que la nube de polvo que levantaban los cascos del caballo. Y enterró a Peter Fly, que llevaba cuatro días de muerto. En Dos Pasos se hablaba de la mujer como si se tratara de un pistolero y su puntería con el rifle había creado una leyenda. "Si tira una moneda al aire, le pone una bala en el canto que ella quiere, para que caiga cara o cruz o para que caiga parada. Con ella no hay azar, hay puntería y rapidez de rayo", se decía. Y de Ruthy ya se estaba diciendo lo mismo. A Smithy le pareció que exageraban. Lo de la moneda sólo lo podía hacer él, nadie más. Escupió sobre esas historias.

Luego del sepelio de Peter Fly, en esa tumba que era sólo el olmo, la viuda no vendió ni se dejó seducir por los banqueros que le ofrecieron toda clase de préstamos y ofertas de compra. La mujer persistió en lo de su marido. Sin embargo, aunque lo callaba, las cartas amenazantes que le llegaban de Dos Pasos la estaban haciendo flaquear. En esas cartas hablaban de matar a su hija y de quemar la hacienda. La última amenaza la estaba leyendo Mary cuando escuchó el trote del caballo de Crown. Levantó la vista y vio al medio indio descender del animal todavía en movimiento. Las espuelas del hombre lanzaron un destello rojo.

-¿Qué se cuenta por estas tierras?-, saludó el hombre quitándose el sombrero de la pluma verde. Sus ojos azules brillaban como lagos en medio de esa cara quemada por el sol y los vientos.

-Poco-, respondió Mary doblando la carta que tenía entre las manos. Y antes de proseguir, notó que Ruthy estaba a su lado sonriéndole a Crown. -Pasa-, terminó por decir.

Sentados a la mesa, Crown se tiró hacia atrás y el espaldar del taburete generó un ángulo peligroso. Pero el medio indio no cayó. Por el contrario, sostuvo a Crown en equilibrio. Y en esa posición, que le había creado un nudo a Ruthy en la garganta, el hombre se limpió la boca con la servilleta y encendió un cigarrillo. Sus ojos atravesaron la mesa hasta situarse delante de la mirada de Mary. -Aquí pasa algo-, dijo el medio indio lanzando dos círculos de humo azul sobre la botella de vino tinto que estaba en mitad de la mesa y que Ruthy había abierto en honor al hombre. Le gustaba el mestizo por su forma salvaje de moverse y de mostrar los dientes. También por su desparpajo al enfrentar los problemas. Todo se solucionaba con Crown, lo único que había que hacer eras comenzar el trabajo.

-¿Y qué puede pasar?-, preguntó la viuda, separando las manos de la mesa y tratando de sostenerle la mirada al medio indio.

-Me han dicho que quieren esta hacienda-, la voz de Crown salió afilada y la mujer bajó los ojos.

-Si, la quieren. ¡Pero no la voy a entregar!-. Un ronquido se apoderó de la última palabra y el medio indio, que leía señales por todas partes, presintió muchos hielos en la última frase. Por primera vez le había presentido el miedo a Mary Stwart. Pero no quiso insistir con una nueva pregunta. Se inclinó hacia adelante y el taburete volvió a su posición normal. Ruthy se pasó una mano por encima de su cabellera rubia.

-Quiero un café-, dijo Crown.  

Esa noche Crown durmió poco. Por su mente pasaban las caras de quienes podrían haber amenazado a Mary Stwart. Estaba en lo posible que fuera John Mittel, un hombre al que lo había enloquecido el exceso de oro y ahora quería todas las tierras. También podría ser el banquero Benny Strauss, que representaba algunos consorcios del Este interesados en conseguir tierras buenas para cobrar grandes dividendos cuando el tren y las carreteras decidieran pasar por allí. U otros que, todavía manejando el terror, caían sobre las viudas para quitarles por nada lo que habían heredado. "Así se mueve este mundo", se dijo el medio indio y puso la almohada sobre la cara. El olor a miedo de Mary Stwart le había quitado el sueño.

A la mañana siguiente, después de comprometerse a regresar por el ganado, el medio indio Crown tomó el camino hacia Dos Pasos. En la cara llevaba el beso que Ruthy le había dado en la mejilla y en la mano un sudor frío que le había llegado de Mary cuando ella le entregó la carta donde amenazaban con matar a la chica. Crown, sobre el caballo, releía por tercera vez la asquerosa misiva. La leía para aprenderse la letra, los calibres de cada trazo, la inclinación y el papel. Su disciplina de cazador y buscador de vacas perdidas le habían enseñado el secreto de las huellas. Crown había heredado el olfato de los chacales y la discreción de las serpientes y durante los dos días de marcha hacía Dos Pasos su cabeza había armado un mapa de posibilidades donde ya estaban descartadas muchas ideas falsas y algunas quimeras. "Sin odios", se había dicho el medio indio. "Los odios nunca encuentran la verdad".

A un par de horas antes del arribo de Crown a Dos Pasos, ya Ron Smithy tenía su colt listo. El revólver parecía una luz de tanto brillo como había recibido. Lo mismo que las balas, porque Smithy, cuando supo que ya el medio indio se acercaba, asumió un ritual que había planeado con años de anticipación. Todo brillaría en él, las botas, el arma, el traje. Así, cuando Crown cayera atravesado por las balas, se haría a la idea de que lo había matado un resplandor.

A las 4.30 de esa tarde, un jinete entró en la calle principal de Dos Pasos. Gritaba: -¡Ya viene el indio, ya viene! De inmediato los dueños de los negocios corrieron a cerrar los negocios, las mujeres tomaron a sus hijos por las orejas y buscaron refugio, el dueño del saloon le indicó al negro que tocaba el piano que dejara las manos quietas, el reverendo Wolfsohn se bebió un trago de whisky y el hombre de las pompas fúnebres buscó el metro para medir el cadáver que quedara en medio de la calle. No apostaba a ninguno, total él ganaba de todas formas. En cosa de segundos, la calle estuvo vacía y el Shériff paró la oreja para levantarse de su silla cuando ya todo hubiera terminado. "Serán tres disparos", calculó.

En el reloj de leontina del médico, un hombre gordo y chico que se hacía llamar Shumpeter, eran las cinco de la tarde cuando Crown entró en la calle principal. Las decenas de ojos que miraban desde sus escondites vieron a un hombre de sombrero con pluma verde que cabalgaba despacio sobre un caballo pinto. Y supusieron que ese jinete ya había visto al hombre brillante que lo esperaba, con las manos en jarras, al fondo de la calle. Para ese acontecimiento, Ron Smithy había caminado como si no le doliera la pierna. 

 

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