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Si Batman fuera
colombiano / Emos: arquitectos
de lo imaginario /La bolsa de los
mandados / Rasta: algo más que amarillo, verde y rojo /
La pereza
Andrés Delgado / Lector de El Grifo /
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En la madrugada una terrible diarrea me despertó
repentinamente y me empujó desde la cama hasta el baño. A penas me bajé la
pantaloneta, en la boca del retrete, todo aquello salió con tal potencia, y era
tal cantidad, que sentí explotar. Quedé exhausto y exprimido, como si por el
culo, y llena de mierda, se hubiera escapado mi alma. Terminé y como pude volví
a tirarme en la cama.
Luego de dormir por un rato volví a despertar. Eran las
10:30 a.m. La luz que entraba desde el ventanal del balcón era insoportable.
Qué asco tanto verano. El invierno y sus abrigos, ─ todos guardamos esa
sensación ─ es mucho más fino que el apestoso verano.
Me levanté a cerrar las persianas del balcón y eché una
ojeada al primer piso, al patio de la casa. Mario estaba limpiando la piscina.
Con rabia cerré las persianas y volví a la cama. No habían pasado cinco minutos
cuando de nuevo la diligencia de la maldita diarrea me hizo salir disparado. Sentado,
y por un breve momento, se me fueron las luces de la conciencia. No podía
enfocar con los ojos ninguna cosa y tuve ganas de vomitar. Pero finalmente pude
contener la horcajada. Terminé y de nuevo tuve unas tremendas náuseas que me
salivaron la boca. Desalojé toda la porquería y esperé. De nuevo tiré de la
cuerdilla. Cuando el agua estuvo limpia me introduje un dedo por la boca, casi
tocando la faringe, y me provoqué un vómito del carajo.
Estar tan putiado me dejó por el piso el ánimo.
De nuevo en la cama, y tratando de dormir un poco más,
estuve pensado en la noche anterior: había intentado pegarle a un tipo. Él
estaba recostado en un poste de luz cuando comenzamos a discutir. Los
comentarios tomaron calor cuando le mandé un puñetazo a la cara. De inmediato el mancito corrió su cabeza a un lado
del poste en el que se apoyaba y yo estrellé con todas las ganas mis nudillos
contra el riguroso cemento. La rabia que sentí fue por partida doble. Mis
nudillos estaban reventados y el mancito
muerto de la risa.
Tirado en la cama me miré los nudillos. Estaban jodidos.
Pensando en la noche anterior recordé otra pelea: en la
barra de un bar había estado conversando con un tipo que no conocía. Su cara
triangular y pulida estaba tallada en los estrados VIP del mundo. El bar era
uno de los sitios más sofisticados del sector de la 23. El recinto lucía muy
calmado. La música se extendía en una atmósfera liviana y elegante. Al sentarme
en la barra pedí una cerveza. El tipo de al lado me miró sorprendido.
─ ¿Una cerveza?, ─ preguntó ─ tómese alguna de estas
excelentes bebidas que preparan aquí.
Y me extendió una carta de cocteles.
─ Está bien ─ dije y ordené un coctel Mariachi.
Hablamos de variada cosita. Después de unas cuantas palabras
el tipo reparó en mi reloj. Luego en un breve atisbo, agachó la cabeza y me
calibró el calzado. En adelante se mostró más ameno y libre para hablar.
Me di cuenta de que era bastante vanidoso pero a la vez muy
inteligente y sinvergüenza. Sólo las personas que tienen demasiado dinero
pueden ser descaradas y pulcras al mismo tiempo. Yo he valorado siempre la
insolencia. Poseerla es una virtud. La insolencia delata la carencia del miedo
y otorga el descaro, la licencia, la sinceridad.
Ya habíamos bebido varios cocteles cuando le comenté la historia
de mi ex, Susana. De manera muy resumida, pero se la conté de principio a fin.
─ Sí ─ le dije ─
después de todo y me hace semejante cosa.
─ Mucha perra malparida ─ exclamó el chico.
Yo lo miré serio y extrañado. Esas palabras eran muy
ofensivas.
─ Menos mal la echaste... ─ continuó diciendo ─ porque te digo
que esa tal Susana era una perra..., una perra malparida..., Sí, eso era, una
maldita...
No había terminado de hablar cuando de un saque le metí un
hijueputa puñetazo que lo derribó de su silla. El tipo fue a parar contra otros
puestos vacíos de la barra.
Qué mierdajo, me dije acostado en la cama pensando en el
suceso, ésa es una de las peleas que no valen la pena comenzar. Además porque:
¿qué otra cosa podría decir el pobre muchacho luego de escuchar semejante
historia?
Tirando en la cama y pensando en todo esto me di cuenta de
que ya no dormiría más. El sueño estaba gastado. Si después de una borrasca no
se logra dormir, lo peor que se puede hacer es quedarse despierto en la cama,
mirando la TV y consintiendo el malestar. Si no se logra dormir hay que buscar
alguna actividad. Con ello se puede tener dos opciones: distraer la molestia y
alcanzar la estabilidad anímica o eliminar por completo ese mínimo de fuerza y
poder dormir.
De manera que me levanté y fui hasta la cocina. Todo estaba
muy limpio y olía a limón. Saqué de la nevera una jarra con suero frío. Tomé un
vaso largo, lo llené con la bebida y me refresqué la garganta con un trago.
Lo que digo es: qué otra cosa pudo haber dicho el muchacho
en el bar luego de escuchar la historia de Susana.
Desde hacía tiempo estaba convencido de que el asunto con
ella había terminado. Pero pensándolo bien esa supuesta liberación, ese olvido,
no ha sido total... y sino por qué diablos le pegué al muchacho del bar cuando
desgranó su insulto.
─ ¡Qué vaina!, ─ me dije ─, pero bueno, qué se va hacer...
Sacudí el vaso como si tuviera hielos y tomé otro trago.
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