Nacidos para la muerte PDF Imprimir E-Mail

Por: Verónica Duque García / Estudiante de Com. Social / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

 

En la calle Juan del Corral de Medellín, la funeraria San Vicente abre sus puertas a la industria de la muerte. Hombres vestidos de cachaco reciben con amabilidad y formalismos. "¿Qué va a tomar: tinto, agua fría o aromática?" Familiares entran con cabezas bajas, con silencios rotundos, con miradas opacas. Algunos tienen ojeras, lágrimas en los ojos y muerden sus labios, mientras que les ofrecen Kleenex y pasar a una sala de espera.

 

El sonido de los buses se va alejando mientras caminan el largo pasillo que

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termina con una sala de ataúdes. En ella están los más elegantes, los que compraban los ricos en tiempo de narcotráfico, al lado derecho están los demás en sus mitades, para que sea menos fuerte la imagen. En el centro del cuarto están los cenizarios; todo es blanco, impecable, con luces celestiales.

 

Mientras tanto en la parte de atrás, en el parqueadero, van llegando los cuerpos ya sin vida. Viejos, jóvenes, niños. Por muerte natural, enfermedad terminal, impacto de bala, accidente o todavía sin esclarecer. Los cubren plásticos gruesos azules y vinotintos y son llevados al laboratorio.

 

Es un lugar frío, siempre limpio. Con nueve mesas de metal que rompen la verticalidad de la vida. Cada una tiene inyector y extractor, y hay alacenas de acero inoxidable donde guardan las herramientas. Las paredes son blancas, las luces también, el olor a formol invade el aire y todo lo que se toca es inerte. Menos los rostros frescos, llenos de vida, con sonrisas cortas y agilidad de los muchachos que preparan los muertos. Tienen batas desechables, las manos enguantadas y la boca cubierta. Los descubren sin miedo, con curiosidad del nuevo oficio:

 

 

-          ¿A éste quién lo va a arreglar?

-          Ese le toca a Johnny.

 

De fondo suena música clásica. Sobre una mesa esperando ser preparada está Mariluz: una mancha morada sale de la parte trasera de la cabeza rapada, cubre el seno derecho y salpica algo del abdomen. A los 35 años un cáncer se la llevó, el rostro continúa ileso y el perfil se asimila a un busto egipcio.

 

Mesas de mármol verde y blanco ocupan el espacio de las salas de espera, las familias vienen con resignación a llevarse a sus muertos, el personal va de un lugar a otro. En el segundo piso queda la bodega de los ataúdes, justo encima de la cocineta. Allá están todos, van desde los judíos a los sarcófagos españoles, y  del Medellín al Nacional para los que se llevan su afición hasta la muerte.

 

El oficio

 

Antes de iniciar Johnny Rojas le tapa al cuerpo sus partes nobles, aplica crema humectante en el rostro y pone una botella plástica entre el mentón y el pecho para que luego no sea difícil cerrarle la boca. Inicia abriendo un corte debajo de la clavícula y metiendo una manguera a la arteria por donde entra el formol que va despidiendo la sangre por la vena sostenida por unas pinzas. El cuerpo va perdiendo el color de la muerte y va tomando naturalidad por el formol pigmentado que reemplaza el lugar que antes ocupaba su sangre. Ésta va rodando lentamente siguiendo la silueta hasta llegar al desagüe del final de la mesa.

 

Del otro lado de la calle está la Funeraria Gómez, donde Fredy Vélez espera por un servicio. Él aprendió viendo y lleva 8 años en el oficio considerando la posibilidad de que los médicos se hayan equivocado con el certificado de defunción y se le despierten los muertos en la sala. Tiene que salir a las 4:00 p.m. por un cuerpo de Medicina Legal, es un muchacho que tuvo un accidente de tránsito y murió por aplastamiento.

 

Johnny limpia a la mujer tiernamente con agua, le hace masajes para que drenen mejor los líquidos, es casi una sesión de fisioterapia: le sube las piernas, las flexiona, igual los brazos y presiona el abdomen. Una vez siente que los tejidos han tomado firmeza, las palmas de las manos color, los labios tono y debajo de las uñas pigmento, termina el proceso retirando el tubito y despegando las pinzas.

 

En el laboratorio de la Funeraria Medellín está Jimmy Segura, tanatopráctico del Tecnológico. Los muebles son blancos y hay flores para armonizar el alma del difunto que, él dice, se demora en salir del cuerpo. Hay ambientadores, para que en casos de vísceras rotas el olor no perturbe el trabajo de nadie, armarios con todos los materiales de trabajo, y prendas como ropa interior, medias veladas y normales para cuando las familias no les traen. Están las cajas de maquillaje, además de cremas humectantes, shampoo y lociones. Él espera mientras que llega el primero: un abuelito que viene del Hospital San Vicente de Paúl.

 

Una liposucción, eso parece lo que Johnny hace. Utiliza una punción en el abdomen punteado de Mariluz por donde mete una inyección enorme con punta filosa que succiona lo que se encuentra a su paso. Aspira los líquidos abdominales con movimientos pujantes en todas las direcciones, calcula con experiencia hasta donde empujar sin romper la piel. Punciona todas las vísceras de la zona, salen líquidos rojos, vinotintos, amarillos, cafés. Cuando ve que la manguera no aspira más, se detiene. Va hasta una despensa metálica por un tarro de líquido rojo, le conecta otro tubo que ahora no aspira sino que inyecta formol puro a cada una de las vísceras aguijoneadas.

 

Los del pasado

 

Recuerda que los casos más difíciles fueron los de las minas antipersonales que la guerrilla colgaba de los árboles. Los campesinos se chocaban con ellas de frente y las reconstrucciones eran muy difíciles. Él los toma como retos personales a los que hace seguimiento fotográfico y muestra a sus amigos y compañeros como trofeos de su labor. Inclusive cuenta que una amiga le pidió que la maquillara para el día de su matrimonio, a lo que él le respondió: "¿Y vos te enloqueciste o qué, es que te querés sentir muerta ese día?"

 

Con toda la delicadeza de una mujer que estaría en sus brazos, la sutura con una técnica circular que sólo él y otro compañero utilizan, parece otro ombligo a manera de estrella en su cuerpo delgado, desnudo y bien formado. Cose la incisión de la clavícula con una exactitud de cirujano plástico. La baña con jabón, recorre el cuerpo con las manos elegantes, delicadas y enguantadas.

 

Sacan la ropa que le trajo la familia: un jean blanco, una camisa clara con bordados de cruces rojas, amarillas y fucsias y ropa interior de encaje blanco. Entre él y otro compañero le ponen los interiores y voltean el cuerpo. Las pantorrillas y los glúteos están casi planos por la posición del cuerpo sobre la base durante los preparativos. Los cacheteros que le traen son pequeños y los brasieres difíciles de poner, ellos se ríen y comentan: "donde fuera para quitarlos eso sí lo hace uno en un momentico, pero póngalos y verá la dificultad que le da".

 

En el laboratorio está el cuerpo de una señora mayor que murió durante una colostomía, otra en una cirugía de corazón y una más con problemas del hígado, por lo que presenta un marcado color amarillo imposible de quitar con el rojo del formol. Tapan los cuerpos porque alguien ajeno al oficio va a ingresar.

 

A los pocos minutos entra una joven de cabello largo y decolorado, con camisa rosada fuerte, llorando y con el maquillaje regado. Dice que quiere que maquillen a Mariluz con el polvo y el rubor de ella, que el maquillaje sea blanco con delineador negro y la boca roja, además que luego le pongan las trenzas de su cabello natural y un gorrito que usó los dos últimos meses de la enfermedad. Cristina, otra tanatopráctica, la maquilla mientras que alguien más le pinta las uñas con estilo francés. La pasan al ataúd donde la terminan de organizar, la muchacha dice: "está hermosa, ella es un ángel que se va a ir directo al cielo. Mi mamá tenía un cuerpo espectacular antes de que la enfermedad le diera hace dos meses, y la cara es perfecta". Los presentes asienten sus palabras, cierran el cajón y la sacan del laboratorio. Quedó muy bonita, le reconocen todos. Johnny coge cada una de las herramientas para asearlas y organizar su lugar de trabajo hasta que llegue otro cuerpo más.

 

Sólo costillas, eso se ve del cuerpo de un hombre que mataron con un tiro en el oído izquierdo. Acabó de llegar de Medicina Legal y las vísceras están en una bolsa plástica al lado de su cuerpo. La cortadura de la necropsia va desde la parte superior del tórax hasta la parte inferior del abdomen. La cabeza está abierta de lado a lado, sin cerebro, sin forma, con el cuero cabelludo despegado y la piel rota en la frente por la salida de la bala.

 

Juan Carlos Pareja es el encargado de prepararlo. Con la manguera del agua lo lava por dentro y por fuera. Como están rotas las venas y las arterias no puede inyectar todo el cuerpo de una vez, este trabajo requiere que suministre el formol a cada arteria de las extremidades: a la cabeza por las carótidas, a los brazos por las axilares y a las piernas por las femorales. Al abdomen le echa directamente y a las vísceras igual.

 

Alejandro Carmona, con tres años en el oficio llega de la universidad, entra al turno y antes de proceder hace una oración para poder entrar a ese templo sagrado del cuerpo humano. Sus labios se mueven y se alcanza a ver en su cuello una cadena plateada con un símbolo celta. Espera un momento y comienza a trabajar con silencio absoluto y concentración profunda.

 

Una vez los tejidos tomaron firmeza y color por el formol, Juan Carlos ubica las vísceras en tórax y abdomen. Irónicamente el cerebro termina donde era el estómago, el corazón fuera de su puesto y así con todo.

 

Paula Andrea, otra tanatopráctica de la funeraria, está con los ojos vidriosos. Vino la mamá de una niña que preparó a visitarla. Lizbeth tenía nueve años y murió el año pasado por una sobredosis de adrenalina en la Clínica Noel. "La mamá estuvo presente mientras yo la arreglaba y todo el tiempo lloró, gritó, le reclamó a Dios y culpó a los médicos practicantes que la atendieron por su muerte. La niña me quedó lo más de linda, le cepillé el pelo, le dejé las puntas con crespos, la peiné con una coronita y alrededor la custodiaban todas sus Barbies. Yo acompañé a la mamá a llevar el ataúd al colegio para que la vieran todos los amiguitos, eso fue muy duro". Lulú, como todos la llaman, tiene todavía las fotos de ella en el celular, "ella es como mi angelito, también cargo una fotico que la mamá me regaló en la billetera".

 

Juan Carlos saca una caneca azul que está llena de aserrín con otras sustancias y que es utilizado como material sellante. Parece haciendo un muñeco de trapo embutiendo el material mezclado con algodón en abdomen y cabeza. Sigue la sutura y una compañera, Luz María, le ayuda mientras él compone la cabeza. Todo empieza a tomar forma, luego viene el baño, la vestida y el maquillaje.

 

Y al final no se nota nada, la frente fue reconstruida con ceras especiales. Con aires de tranquilidad y paz en su rostro entra al cajón y sale del laboratorio como una obra de arte y un botín del preparador. Así mismo dice él, "vio, parece dormido, nadie se imagina todo lo que hubo que hacerle".

 

Camilo Jaramillo, jefe de servicios, les da el visto bueno antes de ser entregados a las familias. Les organiza el cuello, las aretas, las camándulas. "Yo quiero mucho a mis muerticos", dice antes de cerrar el cajón del hombre de muerte violenta. Dice no creer en espíritus ni en fantasmas y con la sonrisa curvada asegura que hay cadáveres que no se dejan trabajar, que se resisten y transmiten malos sentimientos. Piensa que hay gente químicamente mala.

 

Jorge Mario Jaramillo toma como retos los aplastamientos, amputaciones y deformaciones porque se ve mucho el cambio. Paula Andrea Uribe, Lulú, los prefiere destrozados que con piojos. Les gustan los casos de Medicina Legal por eso es la encargada de esto en la Funeraria. A Alejandro Carmona no le gusta arreglar niños porque le da muy duro, pero arregló a sus abuelos porque sabía que nadie lo haría mejor que él. Jimmy Segura dice que no le gustan las muertes violentas porque en Medicina Legal son muy bruscos con los cuerpos y hay que abrirlos de nuevo, suturarlos muy bien y borrar señales de torturas, ahorcamientos o accidentes. Y Fredy Vélez piensa que los casos de muerte por hepatitis o impacto de bala con salida en rostro son difíciles, pero peor es luchar con las familias de los fallecidos porque creen que ellos lo harían mejor que uno.

 

La satisfacción del oficio está en mitigar las huellas de dolor, en que la última imagen con la que se quede la familia sea la más positiva, que les inspire tranquilidad y paz, para que ellos descansen y dejen ir al muerto. Unos prefieren las muertes violentas, otros las naturales y todos se hacen los de la vista gorda con los niños. Se ríen, lloran, dan vida, pero trabajan con muertos... y los quieren, los acarician, los dejan bonitos para la eternidad. Crema de manos, perfume, shampoo y maquillaje. Ropa limpia, elegante y en compañía. La muerte es para ellos un factor de igualdad, donde en la misma mesa les cabe el rico y el pobre, el bonito y el feo, el viejo y el niño. Ellos: los tanatoprácticos nacieron para la muerte, viven para ella, su vida es la muerte.

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