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Juan Sebastián Fernández Gärtner / Com.
Social UPB /
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Las porras se
sumergen en un alarido descomunal que hace temblar los cimientos del estadio.
Una muchedumbre que conscientemente basa su ritual en ideas e ídolos que
convergen y desarrollan en un terreno deportivo del cual, dicen, hago parte.
Un equipo de fútbol
es una familia que se renueva constantemente; tiene la responsabilidad social
de entretener y alienar a todos sus seguidores y hacerlos vivir en torno a sus
victorias. Como en todas las familias, hay jerarquías, y yo estoy en la más
baja, en la más insignificante y en la más curiosa. Soy un jugador de escaso nombrar y escasa
aparición: yo soy el arquero suplente.
Hoy se juega el
clásico y una llama quema las gargantas de las personas, que de parte y parte,
gritan alborozadamente y con un júbilo casi belicoso. No hay aire ni oxígeno en
las graderías; hay una mezcla de ansiedad y alegría que me hace sentir
orgulloso de estar donde estoy y de ser quien soy, y de la manera como siento
mi lugar y también, de la manera como los demás ignoran ese lugar.
Todos mis compañeros
se preparan con la certeza de un juego. Todos saben que la limpieza de la que
ahora gozan, será arrebatada por el encuentro corporal con el rival, con su
marca, con un defensor, con un mediocampista o con el arquero... titular. Yo
mientras tanto, me preparo con incertidumbre y tranquilidad. Sé que puedo
aparecer en escena en cualquier momento, pero la mayor seguridad recae en un
clásico pasivo en el cual veré como entre titulares se defienden dos escudos,
dos banderas y dos bandos. La demencia
futbolera impulsa la competitividad de cada jugador pero a mí, en cambio, me
genera en el estómago, una ansiedad metódica de saber cuándo y bajo qué
circunstancias, mi talento y mi esfuerzo alcanzarán la categoría de titular y
abandonaré al fin la cárcel que representa la suplencia.
Llega la hora de salir
y como niños hacemos una fila. Los taches resuenan y brota en mi corazón, la
misma envidia de todos los partidos. Me emocionan los papeles que tiran desde
la tribuna, los flashes sorpresivos, los periodistas que traducen su demencia
en preguntas, el túnel que lleva directamente a la cancha que suele estar
rodeado de espectaculares mujeres, que salerosas refugian en sus salticos
emotivos un deseo que algunas noches alcanza el nivel de fantasía... esa es al
menos una ventaja... en la banca no se nota una erección.
Al salir a la cancha,
todo luce tan verde, tan especial; los rostros de los espectadores son sombras
que en las noches me despiertan. Tantos gritos y ninguno dirigido especialmente
a mí. Hago parte de este equipo, pero soy la parte más baja del anti show. Soy
la segunda opción de aquel que niega el gol, es decir, la única meta, el único
fin del fútbol, deporte que para muchos, es su única meta y su único fin. A veces, no estoy seguro si hago parte de
esto...
Comienza el partido,
y el grito protocolario inicial no tarda en aturdir. La gente olvida parpadear
y mis compañeros dirigen sus miradas detrás del balón. Hace mucho calor y la
pasión se siente en cada falta, en cada manotazo, en cada pase. Yo conservo mi
carrizo y mi voluntad. El director técnico se para, se sienta, grita, susurra y
se calma. Se exalta, se enoja, traga saliva y me mira con desdén y simpleza.
Peligro en el área y
mis pensamientos se centran en la jugada. Hay mucho silencio y decepción, mucho
nerviosismo y una gritería repetitiva y vulgar. Dos cabezazos dentro del área,
el arquero titular de "mi" equipo sale a buscar el balón... pero falla en su
intento... y la malla nuestra se infla en instantes de total decepción. ¡Qué
error! ¡Qué dolor! ¡Qué mal portero! ¡Qué malos defensores! Yo clavo mi cuello
entre los hombros y cierro mi boca; en realidad, siento pesar por el equipo,
pero también una amplia y sincera satisfacción personal porque sé que a mí no
me hubieran anotado tan fácilmente un gol que fue conseguido no por talento del
rival, sino por errores grupales.
El partido baja de
nivel y el medio tiempo se mezcla con sed, sudor y regaños. El director técnico mezcla saliva con
groserías y sus instrucciones con una ira que deja su cuello rojo. El partido se reanuda con un grito mediocre.
Hay muchas expectativas entre los fanáticos pero el segundo tiempo se hace
lento y el tedio teje entre los presentes una solemne decepción que se extiende
hasta el fin del partido. El protocolo se cumple entre paralelos anímicos y
rostros con muchas expresiones. Ganador
y perdedor proyectados sobre un mural de gestos y palabras.
Entro al camerino y
la lengua torpe y sufrida del director técnico, responde contra la mediocridad
de juego con la que "mi" equipo se presentó frente a la fanaticada que
fielmente llenó las graderías de un estadio pálido y triste.
Yo me abstraigo de
toda esta situación y dejo en mi monotonía un sentimiento de soledad y desamor,
que me transmite día tras día un deporte que alguna vez llenó todos mis vacíos
y remendó mi corazón. ¿Qué clase de
deportista será quien no tenga en su mente el ideal que lentamente toda una
organización ha fundado a través de las décadas y los millones de pesos? Pero
también, ¿qué puedo hacer yo para tatuar ese ideal en las paredes de mi
convicción?
A fin de cuentas, no
puedo hacer nada porque estoy seguro que
yo no hago parte de esto...
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