Las maricas de Palacé PDF Imprimir E-Mail
¿Qué se hicieron todos?
 Tranquilos, mañana abrimos  

 

 

 

Verónica Duque García / Com. Social UPB / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

 
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Las miradas: inquisidoras. Se miran unas a otras exhibiendo los efectos de las hormonas femeninas en sus cuerpos viriles, o alardeando de sus "tetas" operadas en Europa. Competencia en el baile, en las curvas y la clientela. Ellas son las travestis de Palacé, las musas de la noche, las vírgenes de lo profano, los símbolos sexuales de quienes no aceptan su gusto por los hombres si no están vestidos de mujer.

 

La combinación del perfume, el polvo, las bases y los brillos, se fusionan con el sudor de hombre que trata de ser disimulado. Taxis y carros lujosos se incorporan al escenario en el Centro de Medellín, intimidando con las luces, los vidrios cerrados y las pausas en los semáforos. Rojo: la oportunidad para que las lentejuelas, la mirella, el rubor y el carmesí de los labios se extienda frente a los espectadores que miran de reojo la presa que comerán esa noche, en actitud de cazadores hambrientos.

 

Por las calles se pasean Allison y la Costeña, marcando territorio, mirando quién está nueva en el oficio, llegada de Cali, Pereira o La Costa. Ellas son las travestis que mandan la parada, cobran impuesto por trabajar, son $5.000 semanales o dos rones, si no las "pelan". Más que respeto, infunden miedo.

 

En la esquina de Bolivia con Palacé: La Raza, Las Delicias y el Bar Palacé. Lentejuelas, brillantes, perfumes, minifaldas, tacones, cabellos lacios, rizos aplacados, pieles empastadas, pestañas postizas y cejas remarcadas. Pero detrás del maquillaje, la indumentaria y las voces fingidas; una historia, un cuerpo que no corresponde al sentir, una actitud de defensa y represión, que se mezcla con bailes eróticos, risas y simpatía.                        

 

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La práctica del travestismo se hizo presente desde la Antigua Grecia, donde los roles femeninos se encomendaban a varones; la participación de las mujeres estaba prohibida. Desde la mitología de aquel entonces hubo espacio para leyendas como la de  Tiresias y Andrógine, y relatos como el de Hércules. Todos ellos planteando la diatriba entre la fuerza del hombre y la belleza de la mujer en un solo ser.

En la parte de atrás de la Catedral Basílica Metropolitana, enjaulada entre muros de concreto de edificios residenciales, un nuevo supermercado y la Iglesia, está la  Plaza Mon y Velarde . Este espacio, reformado hace poco, es un cruce ocupado más por transporte público que por carros particulares o peatones. Sobre la calle Argentina la plaza yace sola, sin sillas, ni personas que le den vida. Hace cuatro años era donde se mantenían las travestis, pero los servicios sexuales al aire libre, los hurtos y las peleas hicieron que las trasladaran iluminando la Plaza y dejándola sin visitantes.

 

Atravesando la Avenida Oriental y las carreras Venezuela y Palacé está la Barbacoa. Una calle que se divide en tres tramos, cada uno con disparejos públicos y establecimientos. En la primera Barbacoa, encima de la Avenida están los sitios donde desayunan académicos, es la puerta a uno de los sectores residenciales del Centro. Detrás de bonitas fachadas hay lugares para Saunas Gays, donde entran hombres con naturalidad y pertenencia. En la segunda están los bares gays, también algunos hoteles con exclusividades para parejas heterosexuales. Y por último en la tercera hay lugar para todo, debajo de Palacé se corrompe lo que se viene construyendo con academia y religión. Acá se encuentran hoteles sin restricciones, expendios de droga y travestis caminando.

 

"La Raza" es el más conocido bar de travestis de Medellín. Lady lo administra y trabaja allí hace un mes, pero existe hace 18 años. La cabeza está rapada, sólo tiene un arete, una cicatriz de piercing en la ceja izquierda y el cuerpo es robusto. Sonríe mientras abre el establecimiento a las 4:00 p.m., algunas travestis le ayudan a abrir mientras que escuchan la música y la siguen con los labios colorados. "Lo que más se consume aquí es cerveza, sea Pilsen o Águila, además de cigarrillos". Lady dice que lo que más la impresiona son lo bonitas que son, pero que el ambiente de trabajo es difícil por las drogas y el hurto.

 

Las mesas y los taburetes son de madera, hay un dispensador de condones a $200, la luz del letrero es roja y adentro es oscuro. Su trato con ellas es como a cualquier otro cliente. "Las que más consumen son ellas, porque les dicen a los hombres que vienen que las inviten. Algunas en vez de licor toman yogurt, porque no toman trago o tienen hambre". Antes de trabajar allí, Lady era una desempleada más, que hoy labora hasta las 3:00 de la mañana, aunque los fines de semana hasta más tarde mientras hace el inventario con la dueña y otra mujer. "Aquí todas ayudamos a cuidar, siempre hay una en el bar y otra sentada del otro lado, porque cuando uno menos piensa les roban a los clientes".

 

Caras vemos, corazones...

 

Bolivia emerge en el costado derecho de la Catedral, bajando por esta calle hay restaurantes, bares, una peluquería y ventas de artículos religiosos. Vírgenes, crucifijos, santos, camándulas y mensajes de la Biblia de Paulinas, dan paso a una calle de pecados y sacrilegios.

 

Siguiendo a La Raza, está el bar Punto G, administrado por Pacha, quien luego de travestirse desde los 11 años, ya no lo hace más y se dedica a administrar el bar. Lo abre de 11:00 de la mañana a 12:00 de la noche, de ahí que sea el "putiadero del día". Punto G, es un establecimiento pequeño y oscuro, que presta las sillas para que las travestis de sienten afuera y esperen a algún cliente que quiera "servicios mañaneros", como dice Sara María. Ella va desde temprano porque está ahorrando para operarse las "tetas" a final de año, con sus 26 años decidió no volver a Sandiego, otro sector de "putas". "Eso allá está muy peligroso, la competencia es miedosa y uno pocas veces sale bien librado".

 

Son las 5:00 de la tarde. Afuera de La Raza está Valen, una travesti de 14 años, que lleva un año en el oficio. Vive en Manrique y va de lunes a sábado,  de 2:00 a 6:00 a "putiar". "A mí siempre me gustaron las muñecas", dice mientras acaricia su pelo y mira su alrededor. En la casa saben, es la mayor de los hermanos y no le dicen nada, porque ella es la que lleva plata. Con short rojo, ombliguera azul y asomos de unos pechos que empiezan a crecer por las hormonas afirma que no sueña quitarse el pene. "Si yo tuviera la oportunidad me pondría tetas o compraría una casa. Y si pudiera estudiar me gustaría hacer medicina". En la semana se hace $300 mil, a veces más, a veces menos. "Hasta ahora me ha ido bien, sólo tengo una puñalada", asegura mientras muestra su cicatriz en el antebrazo derecho.

                                                          

Entre La Raza y Punto G está sentada la matrona de las travestis: La Costeña. Sale todos los días, a toda hora, más que sostenerse por clientes, lo hace con la "vacuna" o impuesto que le cobra a las demás. Es seria, morena, alta, robusta y utiliza prendas muy pequeñas y brillantes. El cabello es postizo, los ojos muy maquillados y se conoce a todos los del sector. "El jueves 13 de noviembre cumplo 18 años en el oficio", dice sin sostener la mirada o agregar algo más.

 

El Bar Las Delicias, a diferencia de los demás del sector, pone sólo música romántica y se abstiene de compartir el lugar con las travestis. Rubí, la administradora lleva 10 años, y Adriana López, empleada, cuatro meses. Lo que más se consume es cerveza. "Más que todo los que vienen son hombres mayores, que miran a la gente pasar mientras escuchan música y toman cerveza", dice Adriana quien está encargada de abrir de 2:00 de la tarde a 2:00 de la mañana.

 

El Bar Palacé es otro conocido establecimiento del sector. Andrés Cárdenas y su esposa son los administradores hace tres años. Abren todos los días de dos a dos. Lo que más se consume es ron, que vale  $1.800, y son los clientes quienes los compran para la travesti que se lo pida. "Lo más difícil de trabajar aquí son las peleas entre ellas, además de los hurtos a los clientes. Cuando se me sale de las manos llamo a la Policía para que imponga orden". De fondo suena electrónica, dance y salsa. Es aquí donde más bailan e interactúan entre ellas, fuman, se sientan en las mesas y cantan las canciones simulando saber las letras en inglés.

 

"La que más trabaja es la lengua", dice Sofía, mientras trata de seguir a Jennifer López con su let's get loud, let's get loud, turn the music up, let's do it.  Con rasgos suavizados, sombras rosadas sobre los párpados, el cabello recogido y un par de mechones adorna su rostro. Las cejas están recalcadas, los labios son gruesos y la nariz prominente. Luce un tatuaje de sol en el muslo derecho y senos pequeños, toma cerveza, suelta y recoge su cabello, y se prepara para ir a la barra a conseguir "marrano" que le dé para una empanada envigadeña. Sacude el tarro de la salsa rosada, pero no le sale nada.

 

Sofía siempre quiso ser mujer, desde pequeña se ponía la ropa de su hermana y mamá cuando ellas no estaban. En su casa sospecharon de sus inclinaciones, pero las ignoraban. Antes de desempeñarse como travesti, estuvo estudiando peluquería, pero le tenía que trabajar a alguien y eso no le daba lo suficiente para pagar los gastos diarios. Así que decidió travestirse y empezar a "putiar".

 

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El cine

 

La bienvenida se la dio Lovaina, una amiga se lo había recomendado, pero el sitio era sucio, viejo y no la dejaban fumar marihuana. Se trasladó entonces para el barrio Prado, donde paga 15 mil el día, y la dejan poner música duro y fumar sin problema. A sus gastos matutinos se le suman los siete mil de la comida y los tres mil de la hierba. Además consume perico, sacol y bazuco.

 

"El ratico vale 30 mil pesos, uno los masturba, se los mama y cuando pagan más entonces uno les da más, se lo deja meter o se los mete, por eso no me lo puedo quitar". Dice Sofía que se comporta dependiendo del cliente, "si es chimba y huele rico a uno no le importa tanto que le paguen, en cambio si es viejito o feo, uno le cobra bastante". Además comparte que "si el cliente consume bazuco, y está bien trabado uno les roba lo que tengan y ellos quedan sanos, yo los atiendo bien para que no crean que yo fui la que les robó".

 

Patricia Barrientos, psicoanalista egresada de la Universidad San Buenaventura de Medellín, explica que "el travestismo es la caracterización del sexo opuesto. En este caso la persona sólo asume a través de la vestimenta, ornamentación, maquillaje y comportamiento la apariencia del género contrario, mas no necesariamente tiene una identidad con él. Esta práctica se puede efectuar de vez en cuando, sin que se involucren las inclinaciones sexuales del individuo. Los motivos para hacerlo varían entre expresar sentimientos, por diversión o excitación sexual. El travesti siente pertenencia a su género, es decir, no desea cambiar de sexo como tampoco implica homosexualidad o vínculo directo con la prostitución."

 

¿Medidas estéticas?

 

El sueño de todas las travestis de Palacé: "tener tetas y culo". Ahorran para ponerse silicona, pero mientras tanto, se hacen inyectar silicón por "La Chichón o cirujana". Ella es otra travesti, inyecta por 100 mil pesos el medio litro y aparte cobra el material, que cuesta dependiendo de la cantidad y la densidad del líquido. El más barato cuesta 15 mil, mientras que el más espeso está a 150 mil pesos.

 

Antes de iniciar con el procedimiento La Chichón inyecta xilocaína para anestesiar la zona, luego introduce el silicón en cuatro puntos de las nalgas con jeringas esterilizadas.  Como requisitos están el pago anticipado, además de asegurar estar tomando hormonas para que los tejidos les hayan cedido; y como cuidados recomienda guardar reposo una semana y no sentarse. Algunas dicen que en las inyecciones de los pechos se le han muerto algunas travestis por el traspaso de los líquidos a los pulmones, sin embargo ella lo niega y no hay nada que dé cuenta de ello.

 

 

 

"En el 80 putiar era muy diferente, era muy bien pagado y había clientes para todas. Se lo digo yo que trabajaba con otras 70". Silvana fue travesti 20 años, ahora es vendedor ambulante en el Parque Bolívar, está carnetizado, y se sostiene con las ventas que hace en su carro de mecato, tintos y cigarrillos.  Con pocos dientes en la boca y el cabello decolorado en mechones, dice que tomaba hormonas para que le crecieran senos y se le ancharan las caderas.

 

Hace 25 años los servicios completos valían cinco mil pesos, y los ratos 500. Dentro de sus mañas estaba la escoba, que consistía en que los clientes pagaban por adelantado y dejaban la ropa y pertenencias en dos clavos a la entrada de la habitación. Mientras una hacía el servicio otra se llevaba la ropa, robaba y luego la ponía en el mismo lugar, asegura Silvana. "El cliente quedaba sano y si se daba cuenta, el administrador llamaba a la Policía y nos encanaban, pero las otras estaban comprometidas a mandar mercado a Bellavista (la cárcel) y a visitar los domingos".

 

En esa época se "putiaba" en Lovaina, Guayaquil, El Colombiano, Palacé con Amador y Maturín con Carabobo. "A uno siempre le tocaba dar nalga, ahora eso es por parejo", agrega. Los bares más conocidos eran Karioka, la Isla y El Doctor; y el hotel más popular era La Escoba. Las travestis más conocidas eran La Melliza, La Cobra, Pamela, Candy La Lunareja, Topacio, Jennifer, Colorina, La Panameña y la Mariposa

 

Hoy los hoteles más conocidos para prestar los servicios son El Calipso, El Tropical, El Libia, El Amoroso, El Colombiano, El Amistoso, El Costa Azul, El 55, Brisas del Parque, El Mónaco, El Majestic y el Colonial, entre otros. Los nombres de las travestis han cambiado, ya son Sofía, Paulina, Priscila, Penélope, Johana, Susana, Valeria, Catalina, Mariana...

 

La autoridad

 

"Cuando los soldados hacían barridas nosotras preferíamos entregarnos a la Policía, porque si no terminaba uno en Santa Elena empelota y cascada". Se vieron sometidas a abusos de autoridad de soldados,  policías y "la mano negra", un grupo de guajiros que las golpeaban por tener ropa interior de mujer. Mientras atiende un cliente y le sirve tinto, se aprecian en sus antebrazos llenos de cicatrices enrojecidas. "Hubo una época donde uno con tal de no dejarse llevar a la cana (cárcel) se cortaba los brazos y el cuello. Porque así nos dejaban quietas y si no pues decíamos que teníamos SIDA". 

 

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Actualmente a la Policía le corresponde estar presente en aras de defender al ciudadano, y de combatir el hurto y el consumo de sustancias psicoactivas, estupefacientes y alucinógenos. Además las travestis mantienen elementos corto punzantes: navajas, cuchillas y picos de botellas, utilizados como herramientas de defensa. Pero de otro lado las travestis se quejan de detenciones arbitrarias, abuso físico y verbal al momento de los arrestos y tratamiento indebido en lugares de reclusión temporales. "Yo no entiendo por qué los policías nos llevan, si hay cárceles de mujeres, de hombres, pero no hay cárceles de maricas, entonces dónde nos van a poner", dice Paulina.

 

A estas autoridades se les suman Las Convivir, un grupo de civiles armados que están a cargo de la seguridad de varios sectores de la ciudad. Estos hombres caminan por las calles asegurándose de que haya orden, se sostienen con las "colaboraciones" de los establecimientos y según ellos es a través del diálogo que solucionan los problemas con las Travestis. Sin embargo ellas les huyen, porque sostienen que si ellos se dan cuenta de que le robaron a un cliente, es fija una tunda.

 

En Colombia

 

La actuación de Laisa Reyes, Endry Cardeño, en una producción colombiana trató de exponerse esta realidad de la que todavía se tiene recelo. En Colombia se realizó en 1982 por primera vez la marcha del "Orgullo Gay",  conmemorando los eventos de Stonewall en el año 1969 , cuando un grupo de homosexuales en la ciudad de New York se reveló contra las autoridades que los acosaba. A partir de este momento se inició la lucha por el reconocimiento de los derechos de gays y lesbianas, y en consecuencia se creó lo que hoy se conoce como el movimiento LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, travestis y transexuales).

 

En 1978 el artista Gilbert Baker diseñó una bandera cuyos colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado, simbolizan con orgullo la vida y el espíritu que identifican a las comunidades de la denominada "Revolución Rosa". Desde 1998 la planeación de la marcha en Medellín está a cargo de la  "Corporación El Otro" , organización no gubernamental que trabaja con personas LGBT y adelanta labores frente a la defensa y promoción de los derechos humanos. A la marcha de 1998 asistieron 100 personas y para el 2005 la marcha de la diversidad sexual contó con la presencia aproximada de ocho mil personas. 

 

Esta es la única fecha donde no se esconden, donde salen a las calles a adornarlas, a exhibirse, a recibir los aplausos de toda la comunidad que va a verlos. Es una fecha que cuenta con derechos de igualdad, libertad y expresión. Las lesbianas, los gays, los bisexuales y transgeneristas salen a luchar por lo que ellos llaman el tercer género. Unos buscan la legalización de la unión homosexual, otros la igualdad de derechos y unos más sólo el reconocimiento de la sociedad.

 

 

 
 

 


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