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El circo de la miseria Latinoamericana - El periodismo alternativo y la libertad de expresión
Por: Diego A. Bernal B. - Periodista
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El rumor de la existencia de oro en las calles de Cértegui se extendió rápidamente. A las 9:00 a.m. de aquel martes 9 de abril, 54 años después de la muerte del caudillo liberal, ya se contaban por decenas los grupos de hombres y mujeres que con sus bateas y almocafres[1], ‘raspaban' la tierra hasta hace sólo unas horas oculta bajo las pesadas planchas de cemento que constituían la calzada de la calle principal del municipio, y que se mostraban ahora rotas por la acción de las masas de los obreros contratados para la instalación del alcantarillado... la fiebre del oro regresaba al pueblo.
El problema en sí surgió por un descuido o como fruto del ingenio. Nadie recordaba que la tierra de esa calle hubiese sido ‘raspada' (revisada) al momento de la instalación de las planchas de cemento, por lo que podría existir oro en ella... alguien hizo la prueba pertinente aprovechando las paladas de tierra removida por los obreros que comenzaban su labor en las zanjas, y lo comprobó, regando a su paso la noticia... era definitivo, ¡Existía oro en las calles de Cértegui!
No queda claro si lo que se apreció a continuación fue fruto del precario nivel de ocupación de la población - comúnmente llamado ‘desocupe' -, la codicia o la novedad y la novelería que esto implicaba y permitía, lo cierto es que en pocos minutos se desencadenó un real fenómeno masivo que envolvió al municipio entero por más de una semana. Niños, ancianos, madres de familia, comerciantes y una que otra profesora, ‘en sus tiempos libres', abandonaron sus hábitos normales, para calzar sus botas de caucho o, sencillamente, descalzarse. Cértegui se llenó de seres pintorescos que llevaban sus mejores pintas... para trabajar en el barro. Todos resultaron ser barequeros.
Después de una pausa momentánea para almorzar y protegerse del avasallante sol del medio día, ignorado por algunos valientes, a las tres de la tarde los obreros del alcantarillado eran mucho más que superados en número y vigor. Sus paladas parecían ser la mera comprobación a la jefa de la obra de sus intenciones de trabajar a sus órdenes, pero no alcanzaban a extraer ni una mínima porción de la tierra que de todas las zanjas era extraída por el ejército de mineros espontáneos. Al caer la noche existía ya un halo de preocupación por parte de los encargados de la obra... la tierra con la que debían volver a rellenar las zanjas había desaparecido.
Mineros sordos
Pero el asunto no se quedó allí, es más, como diría el mejor amigo de los psicólogos, citado por la mayoría de los estudiantes en problemas, Morfi, "todo tiene la tendencia a empeorar"... en este caso, Cértegui no fue la excepción.
En la mañana del 10 de abril, ya se contaban por centenas los barequeros y mineros improvisados que semejante al paso de las rondas[2], ‘atacaban' en turba las zanjas del día anterior, dentro de las cuales cada vez era más insignificante la labor de los obreros contratados por los jefes de obra, por lo que pasaron a ser los ‘simples surtidores' de tierra para aquellas mujeres y jóvenes de su agrado a las que se les dificultaba raspar ellas mismas el terreno. Las calles comenzaban a ser revisadas a discreción. Aceras, estructuras y columnas comenzaron a dejar ver sus bases gracias a la labor ininterrumpida de los cientos de mineros, los cuales se mostraban sordos a las voces de alarma, regaños e insultos que les comenzaban a llover por parte de los propietarios de las viviendas afectadas, quienes se vieron obligados con el tiempo, a recurrir a baldados de agua para intentar contener el furor de los que se acercaban con bateas y almocafres a sus casas. Llegaba el momento de que interviniera la fuerza pública.
En busca del orden
Los Policías disponibles partieron bajo las órdenes del Sargento Comandante de la
Estación y del Inspector de Policía, con una clara misión: impedir a toda costa que la horda de mineros continuara ‘raspando' las calles por fuera de las zanjas preestablecidas, lo que ya comenzaba a generar disputas y altercados; y que se permitiera la labor de los obreros, impotentes ya ante la numerosa e inoportuna competencia. No se trataba de un trabajo fácil. Sólo tras la retención de media docena de almocafres y el acordonamiento de la zona más afectada (donde ya se podía apreciar un agujero que avanzaba varios centímetros por debajo de una casa), se lograron calmar los ánimos de la turba, sobretodo los de las mujeres mineras, quienes llegaron, en su punto máximo de insubordinación, a raspar la tierra que rodeaba la bota del sargento, mientras éste intentaba demarcar la zona prohibida. El mito del oro parecía reponerles sus esfuerzos, así las cantidades de mineral encontrado no superaran las expectativas de muchos.
Para el día siguiente y ante la queja constante de los encargados de la obra referente al retraso en la misma, el Ejército Nacional, acantonado en el cercano corregimiento de La Variante, era el encargado de mantener bajo control el área. La orden ahora era más rígida: se prohibía todo tipo de trabajo diferente al de los obreros contratados, en las zanjas abiertas por éstos. El descontento no tardó en llegar a límites insospechados.
Trabajo mancomunado
Los soldados, amparados en el halo de anonimato propio de quienes vienen de paso, poco escatimaron regaños, gritos y amenazas para mantener a raya a los ‘raspadores', que pasaron a ser clandestinos comandos especializados, duchos en ‘atacar' zanjas desprotegidas hasta que un nuevo grito los hiciera alejarse. Era un trabajo mancomunado. Unos conseguían la tierra y otros la lavaban en el río. Al caer la noche, decenas de mineros se apoderaron de grandes cantidades de este recurso, ahora precioso, trasladándolo a donde a la luz del día y la lejanía de la fuerza pública los dejara trabajar tranquilos... para la Administración Municipal y los jefes de obra era una batalla perdida. El Ejército terminó por irse.
Con el paso de los días, el tedio volvió a sepultar los ánimos. Tal vez sí había oro en las calles, pero no distaba en nada de las cantidades comúnmente encontradas en las innumerables playas del río, donde la cercanía del agua les evitaba la marcha continua por el pueblo con pesadas cargas. Además, la novedad y el rumor, detonantes reales del proceso, ya habían pasado... Cértegui regresaba a su estado original sin que se perfilara un nuevo rico y el oro volvía a la paz de las entrañas de la tierra, la misma que parece poseer viva aún, la maldición del dorado.
Acerca de Cértegui y el oro
Cuentan los viejos en sus relatos que Cértegui fue uno de los primeros enclaves donde los españoles establecieron sus bases para la minería del oro. Era tal la abundancia de este preciado metal, que sirvió para alimentar la leyenda de la supuesta existencia de una réplica en oro de la figura del castellano Matías Trespalacios, fundador del poblado primigenio, y que reposa, según reza en la misma historia, en las bóvedas de algún banco o museo europeo, donde espera a ser reclamada por alguno de sus descendientes (los certegueños), pues fue dejada como herencia. Nadie parece recordar el sitio exacto donde se encuentra y sonríen al preguntárseles si ya habrá ido alguien a reclamarla... tal vez poco les importa la veracidad de esta narración, es tan solo uno de aquellos buenos sueños a los que se han acostumbrado con resignación..
Mito o realidad, el que Matías Trespalacios haya decidido establecerse en estos inhóspitos parajes tiene mucha razón de ser. Cértegui está firmemente plantada entre dos ríos que se unen apenas pasan por el poblado. Del río Quito - primero en importancia entre los muchos afluentes del Alto Atrato, al que desemboca justo al frente de Quibdó, la capital chocoana -, podemos decir que proviene de Tadó, municipio vecino del que Cértegui fue corregimiento hasta el año 2000, y que tanto él, como sus afluentes las quebradas Candelaria, Ibordó, Agua Sal y Parecito, son ricas en oro y platino, aquel metal más codiciado y valorado monetariamente que el oro, pero que, debido a su consistencia, está condenado al exilio inmediato rumbo a países con capacidad de trabajarlo. Por su lado, el río Cértegui, cristalino, frío y rápido; proveniente de las zonas aledañas a Bagadó (sin que nadie parezca saber a ciencia cierta la ubicación de su nacimiento), ofrece a los pocos mineros que lo remontan, la alegría del oro. Justo en el centro, con una amplitud máxima de 400 metros en su zona más alejada, está Cértegui, el municipio. Un delta invertido que custodia la unión milenaria de dos ‘pequeños' caudales (si se comparan con los principales ríos chocoanos, pero que sobrepasan en mucho a la mayoría de los ‘grandes' ríos antioqueños), asentado sobre el limo de sus preciosos minerales. Construido sobre el oro que aún muchos pugnan por sacarle.
[1] Especie de recatón pequeño y con terminación aguda que sirve para ‘raspar' el terreno (la barranca) durante la labor minera artesanal.
[2] Tipo de hormiga invasora que ataca por oleadas los espacios abiertos y cerrados, destruyendo a su paso las madrigueras de pequeños animales y aniquilando todo tipo de insectos, amparadas en su gran número y veloces movimientos. Presas que llevan luego a sus nidos.
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