|
Juliana Londoño Villegas / Com. Social UPB /
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
Sábado, 10 p.m.
En una calle estrecha, cubierta de mantas sobrepuestas, llenas
de objetos, artesanías, aretes y collares; entre cigarrillos y cervezas
transcurre la noche. Aquí se siente con pasión, se teje con sonrisas y se construyen
sueños artesanos: bienvenidos a un mundo conocido por desconocidos.
Para la mayoría son simples "hippies" que se ganan la vida
vendiendo manualidades; pero detrás de un físico llamativo y poco convencional:
pantalones anchos, expansores en sus orejas, chalecos puestos encima del pecho
sin camisa, cabello largo con rastas, tatuajes grandes y un sinnúmero de
manillas, se esconden almas inundadas de historias; historias que se crean
todos los días, todas las semanas, todos los meses del año que trabajan, la
mayoría de ellos, de 10:00 de la mañana a 3:00 de la tarde y de 5:00 a 11:30 de
la noche.
Ellos no hacen cualquier labor de vendedor corriente. El
Parque Lleras es, para ellos, el escenario más rentable para ofrecer sus
objetos; sin embargo, no es el único: "El negro", uno de los artesanos más
conocidos y queridos ha viajado desde Santa Marta hasta Amazonas y "La flaca",
con una combinación de acentos entre el argentino y el castellano, dice que
acaba de llegar del Cabo de la
Vela de donde trajo varias cosas de las que hoy expone en su
manta.
Su magia está en lo que muestran sus objetos: su propia
esencia. Lo único que tienen en común es el lugar donde venden, y algunos, una
que otra amistad; y es que lo que los diferencia son sus manualidades. Todos
apuntan a lo que cada artesano quiere mostrar.
La noche transcurre entre conversaciones, risas y retórica
-una retórica para vender, de la que sólo ellos son dueños- y entre estos
elementos se revuelve algún olor a marihuana que se alza en el aire de la noche.
A pocos metros de esta calle se encuentra la plaza de El
Parque Lleras, y hoy la invade un personaje propio. Hay risas, y la atención se
centra en él. Lleva un overol azul con botones amarillos y un bolsillo rojo,
está descalzo y a su cabeza la tapa un sombrero del mismo color del bolsillo. No
habla, sólo tiene un pito en su boca y su presentación está determinada por
mímicas. Las personas son receptivas. Lo aplauden. Se ríen. Detrás de él están
todos sus implementos: un bolso -de dónde saca un objeto diferente a medida que
avanza su "show"-, una bicicleta -con canasta, trapos y una olla sujetas a ésta-
y sus zapatos que más bien se asemejan a unas pantuflas.
Es alto, delgado, de piel y ojos claros, cabello corto y
mono: Demián.
Un argentino de 25 años que hace 5 meses viaja por Suramérica
en bicicleta, pero 8 años alegrando rostros con sus presentaciones. A los 17 años
salió de Buenos Aires en busca de una mejor suerte. De Colombia conoce Bogotá,
Putumayo, La Guajira,
Pasto. Su estadía depende del encanto de la ciudad; en Medellín lleva una
semana.
Su presentación dura una hora, y consta de varios trucos e
interacción con su público. Su acento argentino cautiva. Demián no es un
vendedor ambulante; vende su cultura, su actitud y aptitud, su carisma, sus
sueños, su tierra... los artesanos hacen lo mismo; a cambio de una artesanía reciben
cierto dinero. Demián a cambio de sonrisas y un rato donde logra hacer olvidar
todo lo demás, recibe algo de dinero que tal vez le servirá para dormir en un
hotel del Centro, comer un poco y seguir su travesía. Aunque no siempre cuenta
con la misma suerte, todo depende de "lo buena onda" que sean las personas o de
la cantidad de gente que haya; como afirma él -con el cuerpo cansado y los ojos
iluminados de esperanza-: "No todos los días son sábado".
Add as favourites (23) | Cite este artículo en su sitio | Views: 708
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |