Luz verde: plaza de mercado PDF Imprimir E-Mail

Maria Fernanda Montoya / Com. Social UPB / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

La pulcritud de su traje estaba manchada de rojo, tenía un sombrero de ingeniero de carnes y gritaba como en un pasaje comercial:"alaorden, alaorden". A su lado una mujer vestida de igual forma lo apoyaba en su voceo. Detrás de los dos se alzaba una nevera que dejaba ver el resultado de una desmembración y al fondo unos enfriadores plateados insinuaban más partes de animal.

El olor a sangre era cada vez más fuerte y la visión de dos cerdos abiertos por

Plaza de mercado
El semáforo del 110: luz verde para el paso
de clientes, bultos y observadores.

la mitad me produjo arcadas, caminé hasta encontrar un olor a flores y las moras, que vinieron después, cambiaron la connotación del rojo: ahí me pareció más jugo y menos muerte. Olía a casa de abuela con follaje pequeño en un florero de cobre.

 

Un pasillo me llevó a otro y el Corazón de Jesús apareció para recordar lo indispensable de este artículo en el hogar colombiano. Los ojos del retrato siguen al sujeto que lo observa y sin ningún afán estuve generando el efecto por unos minutos, me movía de un lado a otro para que la vista del hombre me alcanzara. Reposaba sobre una lavadora vieja y tenía un "$30.000" en el marco.

 

Las ramas de un herbario se presentaron iguales, todas compartían un verde camuflado, entonces indagué acerca de su utilidad a lo cual el individuo que atendía me respondió:"niña qué va llevar", "su grosería empacada en una bolsa de papel" debió ser mi respuesta. Continué entre las huellas de mis quejas por la mala atención. Los reclamos a la nada se suspendieron en las tapas alineadas de aceites afrodisíacos, tenían aspecto oriental y la joven que los ofrecía hablaba despacio como extasiada por su tarea.

 

Una mujer de vestido fucsia copulaba con una botella de aguardiente, la primera parecía satisfecha. Una arepa artificial hacía cazado con un chicharrón de goma y un chimpancé médico revisaba a otro. La vitrina daba casi hasta el cielorraso y la infinidad de productos simulados contrastaron con los buñuelos que daban vueltas en la freidora del negocio del frente, otra fornicadora mujer abría los ojos de placer al verlos.

 

Un bloque de queso saludó en la siguiente esquina, estaba encerrado entre un cajón de piezas transparentes, y un cuchillo a su lado anunciaba la extirpación de uno de sus vértices: el tendero tomó el artefacto y partió, para un total de $8.000 la libra y la mitad  en su bolsillo por el peso del pedazo cortado. El comprador se fue con una bolsa negra en la mano y el del cuchillo tomó un trapo para tirar al piso los tronquitos de queso sin valor. De nuevo la arcada y de nuevo el cerdo.

 

Sentada sobre una canasta estaba una mujer limpiando moras, el proceso consistía en retirar las hojas de cada una y sus manos rojas daban cuenta del tiempo que llevaba realizando esta labor. Dibujó una mueca disfrazada de sonrisa y no quise verla más. El olor a pescado capturó mis sentidos y al voltear desconfié del hielo sobre el que reposaban los vertebrados muertos, viajé hasta la imagen de una entrepierna y el hedor fue el mismo.

 

Hice de nuevo el recorrido y compartí camino con las bocas escondidas entre arrugas de varias ancianas. Que el mango, que la parafina, que la uva, que el aguacate, que el kilo de no sé qué, y una pera empezó a coquetearme desde lejos.

 

- Señor, ¿de dónde es esta pera?

- Es chilena.

- ¿Y está dura? -  Cancelé $800 y el viejo de la boina me señaló el lugar donde debía ir a lavar la fruta.

- Allí no más encuentra la poceta.

 

Dos lavaderos y un lavamanos formaban la "Zona Húmeda", un espejo sobre una de las canillas quiso verme y yo accedí, enjuagué la fruta y me la llevé a la boca, su textura arenosa jugó con mis dientes y luego se trasladó a la lengua. La arcada insistió: una reja guardaba varias pilas de cajas, frente a la estructura un baño con registradora, un cuadro de perros sonrientes y un trapeador en un moderno balde amarillo nadaba en agua gris.

 

La canaleta que separaba la "Zona Húmeda" del baño estaba decorada con cáscaras de todo tipo, era una mezcla de colores que se confundían entre sí y la presencia de líquidos convertía la montaña en una sopa de desechos. Hábitat de gusanos y hotel de paso de una familia de cucarachas.

 

Local 110. Decoración. "Velones, esencias, candelabros y mucho más. Mariela Gómez". Junto al letrero, destellos intermitentes. La luz verde por convención universal significa continuar con el recorrido; la naranja, disminución de la velocidad y la roja detención. Eso en la calle, en una plaza de mercado parece inútil su presencia. 

 

Bajo el semáforo reposaba un personaje que hacía las veces de guarda de tránsito: Arturo Hernández. Las gafas y la henna para disimular las canas daban cuenta de su edad. Se levantó de la silla apenas descubrió la cámara. "Pare, compre, pague y siga" empezó a gritar desde el otro lado del negocio, mi cara de desconcierto hizo que repitiera el slogan varias veces. "Pare, compre, pague y siga. Eso significa el semáforo", ahí comprendí.

 

El hombre describió el aparato como una "obra creativa" de su esposa Mariela. Los acompaña desde años atrás, no los 40 de la Plaza los mismos que lleva allí su negocio, pero sí los suficientes como para convertirse en un referente de citas y direcciones. "Nos encontramos en el semáforo", dice Don Arturo orgulloso.

 

Paré, pregunté, di las gracias y me quedé. En ese lugar no había circulación que regular, el asunto de movilidad en una plaza de mercado no tiene otro inconveniente más que las ancianitas que caminan despacio y uno que otro bultero que grita "permiso" con la fuerza que le da comer papaya, tomar consomé y hacer crucigramas de periódico.

 

Como intuyendo que lo esperaban, un carro de mercado salió del pasillo del Corazón de Jesús. Era un bólido verde con huecos en sus paredes, sostenido por cuatro llantas y con dirección de tubo metálico. Su conductor frenó en las frutas de enseguida. Podía continuar, el semáforo estaba en verde. Él no se percató porque andaba en contravía.  

 

 


Add as favourites (26) | Cite este artículo en su sitio | Views: 649

Comentarios (1)
RSS de los comentarios
1. 07-08-2009 15:01
 
Buenisimo este articulo
Guest
 
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6
AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com
All right reserved

 
< Anterior   Siguiente >
 
 
 
   
conectados-en-facebook
Computadores
Colombiafoto


 

 

Síguenos
bannertwitter
Video
obtura
Ingresar al Sitio





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí