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Juan Sebastián Fernández Gärtner / Periodismo UPB / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

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Tras haber superado una fuerte adicción a los barbitúricos, un joven que prefiere ocultar su nombre para revelarme su testimonio, asegura que nunca logrará comprender cómo un psiquiatra con décadas de experiencia le recetó una dosis alta de barbitúricos como cura infalible para la terrible depresión que alguna vez padeció.

 

 

Atendiendo a la petición de aquel joven que brindó su testimonio, en esta ocasión le citaré como "El Parlante", un seudónimo al que él recurre para poder liberar en simples datos, una época muy oscura y química de su vida, en la que los sentimientos empezaron a depender de dosis y cifras exactas. 

 

Los barbitúricos son medicamentos de venta controlada debido a su acción sedante. Cierta dosis de este tipo de fármaco puede llegar a igualar los efectos de narcóticos ilegales, e incluso la adicción a ellos puede llegar a ser tan física como la adicción que produce el consumo de la heroína. Además, la estabilidad mental de aquellas personas que caen en una oscura farmacodependencia empieza a correr riesgo: si bien los barbitúricos actúan impidiendo el flujo de iones de sodio entre las neuronas, a su vez favorecen el flujo de iones de cloruro, que básicamente son los que establecen un desequilibrio que dopan al individuo y que debido a la repetición de este efecto durante mucho tiempo, terminan creando una rutina inútil en el sujeto lo que conlleva al establecimiento de una barrera entre el adicto y la sociedad en general.

 

Según "El Parlante", el límite entre el uso y el abuso de estas sustancias, no es tan claro ni tan obvio; en su caso, como en el de muchas otras personas, la cantidad consumida de Fluoxetina (el barbitúrico que le fue recetado) fue la médicamente formulada, y a pesar de sentirse mucho mejor durante algunos días, la depresión, durante el tiempo que usó estas sustancias, jamás desapareció. "La depresión va mucho más allá de un estado de hipersensibilidad y antipatía general; es un momento en el que se ponen a prueba la integridad, la inteligencia, los valores y la familia de las personas", dice él, quien, consciente del error que cometió al ceder su voluntad ante las órdenes (absurdas) de tan sistemático psiquiatra, admite que la mejor cura para la depresión no se encuentra en terceros sino en la familia. "Hay personas que califican de óptimas aquellas soluciones que son "rápidas e indoloras" pero es absurdo calificar así; todos los procesos relacionados con el ánimo son necesarios para madurar y tal vez la única manera correcta de afrontar una recaída anímica, sea confiando en la familia y sobretodo, siguiendo la vida sin pretender acortar los días con pastillas".

 

Dejando de lado el tema de la depresión, "El Parlante" me advierte que la adicción a los barbitúricos no trae consigo nada diferente a una retahíla de estados anímicamente explosivos. Dice además que las peleas familiares aumentaron y sus relaciones sociales disminuyeron, tanto que durante varios meses, consideró como mejor amigo a su gato. "Mis salidas fueron desapareciendo sustancialmente, sinceramente me daba pena porque el consumo de pastillas me empezó a brotar la piel y empezó a deteriorar mi salud; mi gusto exagerado a permanecer en casa era porque cuando estaba en la alcoba miraba con desdén a las demás personas, me sentía seguro, ni siquiera prendía el computador, dejé de ir a la universidad e incluso no veía televisión; simplemente me consideraba un artista en bruto del cual la gente no era digna, una especie de dios de habitación que dormía deliberadamente".

 

Las consecuencias, "efecto cascada"

 

Con respecto a este testimonio, se debe establecer que el consumo de barbitúricos a lo largo de varias semanas lesiona el hígado y el riñón, órganos encargados de desintoxicar el cuerpo. De esta manera el exceso de urea (materia prima de los barbitúricos) en el organismo, descompensa los niveles proteínicos de la sangre; muchos aspectos de la salud física empiezan a decaer. Lo que pone en jaque el lapso de tiempo durante el cual el médico ordena el consumo de estas "mágicas pastillas", es que en algunos casos la dosis se incrementa según se va desarrollando la terapia. Esto ocurre porque el cuerpo empieza a tolerar la dosis inicial, por esto es necesario incrementarla, lo que conlleva a un deterioro de salud obvio.

 

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No sobra aclarar que este incremento ha llevado a varios pacientes a la tumba: se intoxican accidentalmente, tal cual pasó a inicios del Siglo XX con Mehring y Fisher, los dos primeros científicos en descubrir la psicoactividad de tales fármacos. 

 

Relativamente, "El Parlante" tuvo suerte; su adicción se produjo en una época en la que dependía en muchos aspectos de sus padres, quienes notaron el lento y degenerativo proceso que empezó a padecer su único hijo, razón por la cual intervinieron oportunamente. Tal mediación consistió en reunirse todos bajo el propósito de soliviar el ánimo de "El Parlante" y sobre todo, ponerle freno a esa "adicción medicada", término al cual llegaron todos los integrantes de aquel hogar, quienes después de sostener una larga charla con el psiquiatra encargado, admiten el carácter nocivo que tuvo la intervención de este profesional sobre su hijo.

 

"El Parlante" acepta que los días que prosiguieron el abandono de los medicamentos fueron jornadas de "Horno Crematorio", atendiendo a su tácita súplica de no dejar su capacidad metafórica fuera de este testimonio. Dice que los días valían por dos, porque no lograba conciliar el sueño cada 24 horas, como lo suelen hacer la mayoría de las personas. Admite además que jamás había padecido de tanto acné y ni hablar del malestar gástrico; dice que la descompensación que sufrió en aquel entonces lo llevó a convertir mentalmente su síndrome de abstinencia en un cáncer estomacal. Según cuenta, presentaba todos los síntomas, y en aquel momento la idea de morir no le atormentaba más de lo que le atemorizaba saber que tendría que compartir con aquella descompensación, unas cuantas semanas más. La idea desapareció lentamente según fue mejorando sus relaciones con las demás personas.

 

Dentro del margen de consumo de ansiolíticos y barbitúricos en general,

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encontramos como causa común la ansiedad. Oscar Muñiz, profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad Pontificia Bolivariana, advierte que el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM IV), un documento oficial con el que se pretende informar a los clínicos con el fin de una óptima investigación, contradice en muchos aspectos las teorías psicoanalíticas bajo las cuales se pretende tratar la ansiedad de un modo interactivo entre el paciente y el psicoanalista, y no a través de determinados medicamentos.

 

¿Es cuestión de estrato?

 

Si bien la ansiedad influye de manera directa en la decisión de las personas sobre el uso de barbitúricos, no se puede dejar de lado la influencia indirecta que tiene este aspecto anímico en el posterior abuso de algunos fármacos. Es fácil caer en una farmacodependencia, y cada vez es más frecuente ver entre los jóvenes el uso irresponsable de variado somnífero con el fin de controlar sus horas de sueño para poder cumplir su rutina "normalmente".

 

Manuela, una disc jockey de Medellín que oculta su apellido por "física pena", dice que su adicción se fue dando lentamente y que además, en la actualidad, es un vicio que social y familiarmente presenta una tácita aceptación. Muchas personas aún hoy no entienden su angustia desencadenada por la adicción que todavía padece. Sus padres, irónicamente médicos ambos, según dice ella, no creen que la ansiedad que la corroía a ella durante largas horas de insomnio causado por -malos- hábitos (dejar el televisor prendido, tomar mucho café, dormir por la tarde, no tener un horario establecido) se transformó en una adicción que hoy por hoy, la tiene sumergida en un mundo de medicamentos con los que controla hasta su felicidad. "Soy un cóctel de pastillas andante", afirma con contundencia.

 

Dentro del marco del psicoanálisis la ansiedad desencadena dos fenómenos: el primero es la angustia que surge a través de un temor a algo, que cuando deja de flotar en la mente y toma una forma fija, se convierte en fobia, que es el segundo fenómeno que nace a partir de la ansiedad y el cual se supera mediante una huída.

 

Hay edades que son más ansiosas que otras debido al grado de situaciones angustiosas a las que se tienen que enfrentar. La adicción a los barbitúricos es más frecuente en las mujeres y se considera que es debido a las condiciones de vida que se han impuesto (y auto impuesto) en la sociedad moderna. Muchas mujeres, por ejemplo, a modo de huída, consumen barbitúricos por la ansiedad del matrimonio, o para olvidar un antiguo amor, debido a la condición de objeto fóbico que adquieren tales problemáticas.

 

Con respecto a lo anterior, se puede afirmar que si bien hay edades que suelen ser más ansiosas que otras, hay clases sociales en las que es más frecuente encontrar cierto tipo de adicciones. Los barbitúricos tienen un costo elevado y ni hablar de las tarifas ofrecidas por las consultas psiquiátricas. Esto conlleva a que muchas de las  personas que presentan este tipo de adicción sean gente de estratos elevados que tienen el poder adquisitivo para poder sostener un tratamiento químico en pro de mejorar su calidad de vida.

 

En contraste con estas personas, muchos porteros y vigilantes nocturnos califican de "mimados" a los consumidores de ansiolíticos y somníferos. Oswald López, portero residencial del turno de la noche, admite que todo consiste en el autocontrol de las personas. Dice además, con tono senil y consejero, que nada ni nadie lo va a hacer cambiar a uno, de hecho, no existe el cambio, existe el autocontrol. Sus maduras afirmaciones parten de su experiencia; dice que durante una semana es el turno de la noche, a la siguiente es el turno del día, hecho por el cual su horario de descanso se ve duramente afectado; y con un sacro juramento indicado por el apasionado beso que desliza a lo largo del crucifijo que lleva colgando en su cuello hace varias décadas, dice que en los siete años de experiencia como vigilante, jamás ha tenido que recurrir al uso de fármacos para desempeñar bien su labor.

 

Cuando se le pregunta sobre el insomnio, la depresión y las ansias, asegura en medio de risas burlonas que "esos son lujos que sólo los desocupados se pueden dar..."

 

Manuela, la joven adicta, advierte que a pesar de la seguridad que generan tales fármacos, basada en una supremacía legal y en el control de su venta, es fácil obtenerlos mediante una fórmula médica vencida e incluso falsificada. "No hay un método, simplemente hay un sistema y es fácil de violar", dice, relatando paso a paso la corridilla de ilegales actos. La precaución con la que narra me da a entender su iniciativa de no querer citar su apellido, y es que no es fácil aceptar que para poder mantener dentro del marco de lo "legal" su adicción, alguna vez tuvo que robar un formulario de uno de los talonarios de su padre, que por su condición de médico con experiencia, le otorga la posibilidad a Manuela de poder mantener su "controlada adicción". Lo grave no es que haya pasado, sino que es probable que vuelva a cometer este acto, según ella, no hay otra salida...dentro de este vicio.

 

Cada día la sociedad se llena de nuevas tecnologías, nuevas formas de expresión, nuevas culturas y también, de nuevos vicios, éstos comienzan a degradarla a través de las nuevas generaciones, debido a su extrema curiosidad. Muchas veces hay terrenos donde curiosear representa un duradero compromiso, un paso sin reversa, una bifurcación hacia lo nocivo. Las drogas son clara muestra de ello y aunque se pretenda a través de diferentes métodos sociales mejorar el rostro de algo que infunda su pasión en lo impredecible de su "existir", siempre será incorrecto aquello que degrade y despersonalice al hombre, tal y como lo vienen haciendo los diferentes narcóticos.

 

Un maleficio seguirá siendo maleficio, así la sociedad del momento ampare su favorabilidad en la (para muchos) omnipotente medicina. Tal vez la única manera de darse cuenta de ello sea reflejando la cultura en el intento por hacer más cálida nuestra percepción del espacio y del tiempo a través de la indómita acción de la dimensión barbital sobre ellos.

 

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