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Sueños de riqueza - El periodismo alternativo y la libertad de expresión
Por: Manuel E. López. G. - Lector de El Grifo
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No solo de pan vive el hombre... también de televisión.
Dice Humberto Eco que "son los demás, es su mirada, lo que nos define y nos
conforma", es decir que sólo es posible ser bajo la mirada del otro, bajo su reconocimiento y esta necesidad es mayor en tanto como seres gregarios nos perdemos en la masa, nos autoengañamos aceptando el paradójico juego que proponen los mass media y la industria del consumo, de creernos diferentes en la igualdad, de hacer lo mismo que todos para creer que se es, siempre esperando la aceptación del otro detrás de su mirada benevolente y acogedora. (Tú, eres único, eres diferente, toma nuestra gaseosa, sólo queremos que miles hagan lo mismo.) Si bien es un fenómeno de la cultura la tendencia a la masificación, también es un signo de desarrollo cultural la posibilidad de ser diferente, lo cual implica tener criterio, construir las propias ideas y esto en nuestros países parece ser un peligro, nos coloca como enemigos frente a los demás.
Sin embargo, esos demás, una buena cantidad de millones desde México hacia abajo, parecen estar necesitando respuestas más claras sobre cómo ser, cómo vivir la vida; parecen estar cansados de vivir en el cómodo pero subyugante anonimato de la masificación inconsciente y están buscando dónde mostrarse, dónde ser, echando mano de lo poco que tienen: las miserias de su vida y la televisión, ese dios pagano, omnipresente y omnipotente bajó los ojos y se compadeció de tanta alma desamparada queriendo ser reconocida.
Hace algunos años, la televisión en su búsqueda desesperada por mantenernos con los ojos bien abiertos frente a ella se inventó los talk shows, espacios donde se discutía un tema o acontecimiento contando con la participación de personas "comunes y corrientes". Estaban cansados de la opinión insulsa y extensiva del profesional, pues la televisión es inmediatista y sólo cuenta con unos minutos. El Show de Ophra Winfrey fue uno de los primeros y posteriormente Larry King abrió las puertas del circo permitiendo que esos temas fueran cada vez más "humanos" e introduciendo la novedad del "careo" con los involucrados. Éxito total de audiencia.
Tiempo después los latinoamericanos, copiones vergonzantes, levantamos las toldas y creamos nuestros propios escenarios. El show de Cristina, Geraldo, Silvia Poppovic, Ratinho y toda una saga de programas de "segunda categoría" hasta llegar a la apoteosis con Laura en América quien no tiene reparo en borrar los últimos vestigios de decencia y respeto por el participante y se asume como la poseedora del saber sobre el bien y el mal, sobre lo justo, lo moral, lo correcto, diosa compasiva o cruel verdugo según el caso y el público.
Esa necesidad de salir en televisión, de desnudar ante miles de televidentes las propias angustias disfrazadas de opiniones y ocurrencias de la gente común, no es un fenómeno propio de la pobreza económica, pero sí de otra forma como ella se presenta: la pobreza cultural.
Hay dos ganancias para la persona que asiste a estos programas: la posibilidad de salir en televisión y la de obtener un reconocimiento del otro a través de la confesión de su problemática, nunca de la solución de ésta - aunque es el gancho de estos programas - y tal vez quede en las personas que van allí la sensación de abandono que debe tener el pecador cuyo pecado es de dominio público. ¿Qué queda después de enterarme ante miles de espectadores que mi hijo sostiene relaciones con mi segunda esposa? Tal vez la burla y el señalamiento de los que me conocen estén al orden del día, acompañados de la vanagloria de haber salido en televisión porque luego de esto volveré a ser el mismo: un desconocido. No he oído decir hasta el momento que estos programas realicen más allá de las cámaras, algún tipo de acompañamiento a los participantes.
La necesidad que aparece allí no es la de solucionar el problema, no es la de
buscar apoyo, porque ¿qué pasa con los diferentes mecanismos sociales de contención, qué pasa con los profesionales de las ciencias sociales y humanas, con los psicólogos, los trabajadores sociales, los jueces de familia? Tal vez su respuesta ya no sea suficiente o tal vez haya en los latinoamericanos una necesidad agobiante de salir del anonimato y gritar frente a las cámaras: ¡mírenme, estoy aquí, soy alguien y no sé que hacer con mi vida!!
No siendo suficiente, el engendro televisivo hurga más profundamente en esa ausencia de ser y se inventa para su alimento cotidiano las más variadas formas de miseria cultural, adobadas con algunas especias de violencia, ternura, folclorismo y diversión, donde la manifestación del poco nivel intelectual de nuestros pueblos, de sus carencias educativas, de su masificación ignominiosa, es el plato fuerte que hace reír, llorar y que al final permite vivir a todos los televidentes que somos nosotros mismos.
Como en el circo romano, todas las deformidades, aberraciones y manifestaciones de las pasiones humanas son el deleite del público que espera encontrar en las palabras del otro - que es él mismo- el sentido de su existencia y cuando no hay palabras para decirlo, cuando el peso de la realidad es insoportable, unos buenos puños o agarrones de pelo calientan el espíritu y mejoran el rating, haciendo creer que se está cambiando el mundo, que no se está perdiendo la dignidad y que se está enfrentando el problema con altura y valentía. Hasta las corridas de toros parecen más aceptables aunque poseen el mismo mecanismo subyacente para el público, que además goza perversamente con la contemplación del sufrimiento ajeno, de la tragedia vivida por los demás. Es una forma de olvidarse de la desgracia propia, de reírse para no llorar, de creer por un momento que se vive mejor que otros, pues es fácil poder juzgar al otro desde la tribuna sin comprometerse y debe generar además cierta sensación de alivio.
Pero los alcances de la magia televisiva no se detienen ahí y en su imposibilidad por mostrar la realidad más allá de las imágenes prefabricadas, debe ficcionarla haciendo que los participantes se conviertan en actores de sus propias vidas, fingiendo que desconocen lo que esta ocurriendo, dejándose grabar "in fraganti" y recibiendo dinero a cambio de prestar al escarnio público sus desgracias.
Si bien no todos los países de habla hispana participan de la producción de estos programas, Perú, Colombia, México y Brasil están a la cabeza, con variaciones en el formato y la personalidad figurativa de los conductores; nótese que el nombre de estos programas no dice nada del contenido de los mismos, porque esto implicaría un marco, una contextualización más clara. Los otros países por diferentes razones como su infraestructura de televisión o su aceptación de estos shows, se convierten en consumidores de los mismos.
No se trata de decir que la cultura latinoamericana es miserable, pero sí que cada cultura tiene sus formas de miseria y nosotros hacemos de las propias un espectáculo en vivo y en directo, al menos en lo que atañe al nivel educativo, a nuestras concepciones sobre lo que es el amor, las relaciones interpersonales, la familia, la tradición, la autoestima. Es tal vez una extraña mezcla de la soledad latinoamericana, su ausencia de ser, su vacío ideológico y el interés despiadadamente mercantilista de los medios de comunicación que ven en la pobreza tercermundista una posibilidad para hacer dinero, siempre en detrimento de nuestra cultura y convirtiendo una vez más la televisión en un aparato retrógrado en lugar de lo que debiera ser: un instrumento de avance cultural.
Habrá que esperar a que pase la oleada novedosa de estos programas, que el mismo público televidente con el paso del tiempo desenmascare el juego o que los medios de comunicación permitan la entrada de profesionales con mayor convicción y visión social de su papel, porque está comprobado que no será la televisión la responsable de la construcción de una sociedad más autorreflexiva mientras personas como Laura Bozzo digan: "mi programa es tan decadente como la sociedad actual".
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