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El alboroto
de la ciudad se silencia a estas alturas, aparecen las imágenes intermitentes
de la posible noche anterior. Un mirador donde se les olvida mirar.
Texto:
Camila Aguirre / Fotografía:
Natalia Gallo / Com. Social UPB /
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La vía Las
Palmas, el recorrido que lleno de fallas geológicas, derrumbes y
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Lo poco verde es intervenido por las
basuras. El mirador ofrece antes que una
vista, mazorcas.
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volquetas,
sigue siendo la importante conexión entre Medellín y el Oriente Antioqueño.
Allí el negocio de los miradores funciona para quienes tienen carro y cualquier
otro pensaría que para los amantes de la vista de la ciudad. Un singular muñeco
con un telescopio lo anuncia; debajo de él, casas para perros. Primer mirador:
bienvenidos.
El estado
del lugar evidencia lo ocurrido la noche anterior, fría y solitaria como esa
misma mañana. Son pocas las bancas que hay en el espacio, pero la mayoría
tienen algún residuo encima.
Una caja de
Ron Medellín Añejo con un plato y restos de mazorca, pequeñas gotas de agua causadas
por la lluvia y el rocío de la mañana se posan como lo más parecido a la
materialización de una jaqueca.
Las colillas
de cigarrillo se adueñan de los muros, pisos y alcantarillas y al lado, en el
mismo muro, un empaque vacío "3x1 sabor a whisky y cola, cueros para fumar
marihuana". Las canecas de basura están a reventar de platos de icopor y vasos
de plástico en su mayoría, porque el puesto de las botellas de ron, vodka,
cerveza, jugos y gaseosas es en el suelo. El pasto, verde con manchitas blancas
de papel, se prolonga hasta llegar a un bosque con árboles altos, su fin no se
sabe porque la vista llega hasta ahí, hasta las ramas y los tallos.
En el lugar
está la mujer de bronce desnuda, con una paloma en la mano y la cabeza agachada
con el pelo en la cara; no quiere mirar, se niega a la realidad y prefiere
simular darle vuelo al animal que tiene en su poder. Dos baños portátiles, de
esos azules de plástico, la custodian, uno abierto y el otro cerrado. "Antes de
usar accione varias veces la palanca", haciendo caso omiso a la advertencia un
montón de pedazos de comida se apropian del lavamanos, aliándose de manera
estratégica con el olor a orín para desencadenar una terrible combinación que
termina en una arcada. ¡Es desagradable!
Dos hombres
con gafas oscuras y ropa deportiva hacen una pequeña parada
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Los residuos evidencian una noche clara y el
mirador bajo la luz del día no es sino el basu-
rero de quienes olvidaron parte de su fiesta.
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para tomar un poco
de Gatorade; quieren descansar un rato, pero el montón de fósiles de comida,
licor y cigarrillos no se lo permiten. Respiran del aire puro que circula por
allí y siguen su camino hasta pasar por el lado de la caseta de paredes grises
y ventanas de celosías donde se encuentra el vigilante jugando de manera
placentera con su celular. Su labor no demanda de mucha atención y mucho menos
esfuerzo, al menos no a esas horas de la mañana, porque después, en las horas
de la tarde, el sitio se llena. "La gente viene a tomarse los chorritos y a
comprar chocolate", dice con gracia el hombre con pantalón azul y camisa gris con un letrero amarillo en su
pecho: "Herrera", Fabio para quienes lo conocen.
Mientras el
jefe de seguridad cuenta su rutina, 5 días trabajando de día, 5 días trabajando
de noche y 5 de descanso, un hombre oscuro cruza de manera peligrosa la vía con
unas piezas de madera bastante grandes y pesadas. El hombre es el ayudante de
Jhon Jaime Restrepo dueño de la única carpa que está abierta a esa hora, con
las arepas de mote, chócolo y maíz acompañando en la vitrina a los chorizos y
mazorcas. Lleva un delantal blanco que deja al descubierto la camisa verde y
naranjada que trae puesta debajo "asados y asados" en la mitad del pecho. La
gorra es del mismo color y tiene la misma frase impresa; un blue jean y unos
tenis completan su atuendo que se aprecia de manera detallada mientras él,
monosilábico, hace referencia a lo duro del negocio, las largas jornadas de
domingo a domingo de 12 p.m. a 2
a.m. y de lo complicado que es cargar con los materiales
de trabajo en el trasporte, sobre todo con la carpa que mide unos 2 metros de largo. Sin
embargo, todo tiene sentido los sábados, el día de más venta en el cual Jhon
Jaime "gana bastante platica".
Ya se acerca
el medio día y tal como explicó Fabio Herrera el sitio empieza a
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El baño es el ejemplar de la rumba. La
iluminación de un día próximamente
soleado, es el único factor que lo limpia.
Además huele mal.
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tener mayor
movimiento. Dos carros, uno gris y el otro rojo, se estacionan. Una familia
numerosa desciende; la abuela sugiere sacar el fiambre, unos sanduchitos, pero
la hija se niega pues no hay "fresco" para pasar. Todos los integrantes de la
familia están deportivos; sudadera, tenis, camiseta, gorras y los más
vanidosos, gafas. El hijo mayor, de unos 13 años, camina hasta el final del
lugar, justo al frente del bosque, con su padre y su hermanita pequeña. Lleva
una cámara fotográfica en la mano para tener el registro de la salida de ese
día; pide el favor a su padre que le tome la foto. Después de mirar el paisaje
un rato, vuelven al carro y se van.
Otros más
van llegando en moto, taxi, carro o bicicleta. Algunos, como una pareja de
enamorados, se quedan más tiempo mientras conversan, descansan del ruido de la
ciudad y patean y quitan el montón de basura para poder encontrar un sitio
donde sentarse. El mirador de Las Palmas es parada obligada para aquellos
que los fines de semana van a dar la
famosa "Vuelta a Oriente".
El lugar
quedará así hasta el día siguiente que llegue el muchacho de Recuperar, que ese
día tuvo descanso, a retirar la huella de los rumberos incansable de Medellín
que prolongan sus parrandas hasta las 6:00 y 7:00 de la mañana. Dejó las colillas de cigarrillos, el
licor testigo de las noches de fiesta de quienes no encontraron dónde rematar o menores que nunca consiguieron
cédula; los residuos de estómagos maltratados, las caras resignadas de quienes trabajan por allí, la estatua con
ganas de estar en otro mirador y el sol ya calentando.
El mirador
debería ser un lugar para olvidarse de todo, pero las fallas geológicas,
derrumbes y volquetas saludan y se despiden de quien transiten por allí. Habrá
que buscar otra vista citadina de día; al parecer esos antojos sólo pueden
ocurrir después de las 10:00 de la noche.
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Las mejores fotos que un niño podría tomar
serían las de lo que encuentra. ¿El mirador
se hace mirador sólo cuando oscurece?
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El mirador
es un paradero, debería ser uno de buses, no hay vista a la ciudad a pesar de
que tenga la prepotencia de llamarse mirador. No es para mirar al frente y
encontrarse con la urbe donde se vive, es para mirar abajo, y en el piso hallar
un lugar, si puede, dónde sentarse.
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