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En Medellín, la ciudad de los prejuicios,
la inadvertida, existen señoras vanidosas, otras no tanto, que todo lo ven, que
todo lo oyen y que llevan de pie más de 30 años observando cómo crecen sus
hijas, cómo se reproducen sus hijos y cómo mueren sus ancianos: sus creadores,
sus fundadores y hasta sus constructores.
Luisa Fernanda Yepes / Com. Social UPB /
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Fotografías: Maria Cecilia Boisso / Com. Social UPB
El maquillaje en las más ricas es casi
perfecto; el rubor es la pintura; el rímel, las grandes ventanas; su pintalabios,
las majestuosas puertas, las derruidas entradas, los espacios vacíos y las
escalas.
Naranjal
sin naranjas
El barrio Naranjal está ubicado a pocos metros
de la calle San Juan y hace parte de la Comuna 11. Este lugar conserva en todos sus
rincones su misma esencia. El aceite, la grasa, los tornillos, las llaves y las
llantas, son su vida cotidiana.
Las viviendas, y todo lo que allí rodea,
tienen la misma tonalidad. Negro, gris azuloso, gris oscuro. Son los colores
que encarnan la pujanza, el esfuerzo, el arduo trabajo de quienes viven en esas
moradas. No, no es el aceite, es el sudor de las casas, cansadas de tanto humo,
de tanto trabajo. Aun así, los mecánicos siguen manchando sus pieles, hasta los
codos, hasta la cara... incesables hasta entrada la noche.
En medio de una de sus calles está la casa
azul, decorada con 1, 2,3... muchas prendas que esperan que un rayo de sol las
toque, aunque los árboles se roben la luz del día.
La casa azul está tan cerca a su vecina,
que quiere saber su vida, quiere saberlo todo. Su dueña está sentada en un
tronco de madera y habla con otra mujer sobre los hijos de la señora de la
esquina. Se come un helado y espanta a una gata de color ámbar, que vela el
alimento como si fuese un canino.
Cerca, a media cuadra, está una residencia
de tres pisos. Cada nivel tiene vida propia: el piso más alto es reparado, el
cemento se desmorona y la pintura está desgastada. Esa parte tiene un balcón de
barandas rojas y el techo que lo cubre son tejas disparejas.
El segundo nivel está habitado por un
hombre que bebe leche y observa, a través de un balcón de barras blancas, que
las demás viviendas no tienen mejor destino. Desde esa altura puede ver los vecinos que son
amigos; todos se conocen, todo se sabe. Nada está oculto para aquel bebedor de
leche.
El último nivel, el más bajo, parece la
gran boca de la casa. Se abre para mostrar su interior: bultos, una moto y
cemento. Al lado de ese garaje, hay una puerta construida sobre una elevación
de ladrillos. Esos adobes, están sin pintar y sin resanar. Esta señora casa no
cuida su apariencia, quizás para sus dueños es más importante lo que hay
adentro. De pronto los propietarios no tienen dinero para subsistir.
Las fachadas de Naranjal parecen mujeres
desarregladas, esas que su esposo ya no quiere. Se asemejan a las que tienen la
vida manchada, el corazón roto y la sangre escapándose por las hendijas de la
ventana.
Los domicilios de Naranjal duermen en las
noches, arrullados por la salsa y las rancheras. Una de las casas rompe con la costumbre: no es un
taller, es un casino. Frente a ella baila un hombre medio loco, que grita: "qué
hermosa mujer, no se asuste, linda, linda" y luego, sus palabras se vuelven
inauditas e incongruentes, sus sonidos se pierden en el compás de una ranchera:
/Estos celos me hacen daño, me enloquecen/
A poca distancia del hombre está la Cafetería Naranjitos,
allí se escucha una canción que dice: /Pa´ qué me llamas si dices que no habrá un mañana/, es la salsa romántica, que
contrasta con las voces de dos niños, Santiago y Luisa. Ambos niños corren por
las calles gritando y riéndose de todo.
Santiago y Luisa no usan zapatos y su ropa
de colores rosado, azul y blanco está impregnada de los matices del barrio.
Negro y gris. Están sucios de tanto jugar entre arena y escombros de los
talleres de mecánica.
La niña corre hacia la fachada de una
casa, un parqueadero con una gran puerta de metal. La pared blanca y manchada
está cubierta por pedazos de periódico. Luisa está alegre: "hay un avión,
mírelo ahí, eso es un avión", le dice a Santiago, mientras mira desorbitada una
gran lancha azul, ubicada en medio de varios carros.
Los niños habitan los frentes de las casas,
como si todas les pertenecieran. Se adueñan de esos espacios; para ellos no hay
límites. Mientras Luisa y Santiago juegan con un perro, sin raza, de gran
tamaño, en otro lugar de origen similar los niños juegan a matarse.
San
Joaquín con arrugas
Es San Joaquín, ubicado en la misma
comuna: en Laureles. Es distinto y es igual. Las casas de este barrio están
juntas, muy cercanas. Pero San Joaquín no es gris, ni negro, eso lo dejó en el
pasado.
"Pum, pum". Tres niños corren por toda la
calle, jugando a dispararse, a ser policías y ladrones. "Pum, pum", repite el
menor, mientras apunta con sus dedos a una niña de falda azul.
Martha cultiva sus flores en un antejardín
y no mira si sus hijos están en peligro, eso no le preocupa; todos los de la
cuadra se conocen. El pequeño vergel tiene en el centro una virgen. Quizás los
antepasados que construyeron esa casa pensaron en su linaje católico.
Las viviendas llevan más de medio centenar
de pie, observando cómo sus propietarios fallecen, o se mudan de vecindario. Es
que sin duda, ha pasado mucho tiempo desde que en ese año, 1949, se decidiera
fundar un barrio para la clase obrera.
Las edificaciones fueron elaboradas para
familias numerosas, no menos de 5 integrantes. Sin embargo, las casas no son de
tamaño majestuoso. Tienen grandes paredones que dejan asomar ventanas de
adobes, pequeños hoyos entre varios ladrillos.
San Joaquín es color crema: vainilla o
pistacho quizás. Los hogares trasmiten ese pasado de raza emprendedora, de
inicios de una nueva etapa para esa Medellín en desarrollo industrial.
De esa época quedan las marcas en la pared
de las casas. Los techos bajos, los jardines, la cercanía de sus vecinos, las
construcciones de dos plantas, "la teja de eternit" y las escaleras externas
para el ingreso. Pero sobre todo quedan sus ancianos.
"Es que a este lugar le dicen Puerto
Arrugas" dice Sonia, sentada a un lado de la salsamentaria Cristy. La tienda
está ubicada en la fachada de una casa roja, blanca y verde, y es ambientada
por varios hombres que juegan cartas y se ríen entre ellos.
Ya los años han pasado y las arrugas
definen sus expresiones. "No tenemos más para hacer, a la mujer le hicimos todo
lo que quisimos cuando éramos jóvenes, ya a esta edad lo único que podemos
hacer es jugar cartas. Ya no nos funciona nada".
De pronto, fueron vecinos de Luis Alfredo Ramos,
que creció en ese sector de gente reconocida en los años 50 como William
Correa, contador de varias empresas o de Antonio Mesa, comandante de la
policía. Quizás sus años mozos les roban recuerdos y los obligan a confundir la
realidad; entre el pasado y el ahora. La diferencia son las personas, aquellas moradas
parecen las mismas de antaño, unidas en un vecindario fraternal.
La América
en contraste
En otro lugar de la Ciudad, en La América, está doña Flor.
La mujer trae en una gran bandeja de plata más de 20 empanadas, mientras
terminan de cocinarse las que ya están encargadas. Varios pedidos esperan
ansiosos alrededor de la vivienda de tres niveles; cada uno igual al otro, con
balcones y rejas en forma de "x" de color café oscuro.
"Es que aquí todos trabajamos en familia,
esto es un negocio familiar, y hay que rebuscársela, sino cómo come uno", dice
Flor, mientras introduce una empanada que se desliza despacio por el borde de
la freidora.
Los habitantes de La América, perteneciente a la Comuna 12, viven en un
ambiente cálido y acogedor. Las viviendas de este barrio son cercanas, a pesar
de que unas sean más modernas que otras.
Se ven contrastes entre cada fachada. Los
colores de la casa de la esquina no combinan, sus tonalidades van de morado,
azul hasta verde, mientras que a su lado hay una casa de tres niveles
remodelada y con aires de grandeza.
Algunas tienen en su decoración externa,
azulejos, lapislázuli. Son acogedoras y amplias. Estas viviendas expresan su
antigüedad, mezclada con el urbanismo; lo pasado, lo nuevo.
Las construcciones de La América se imponen con sus
balcones, con sus rejas blancas y cafés. Se ven como ancianas, arrugadas y bien
arregladas. El maquillaje ha hecho su trabajo, aunque no todas sepan cómo
aplicarlo, lo usan para no parecer desprevenidas.
Están de pie, después de tantos años.
Alguna vez fueron jóvenes y tuvieron conocimiento de "La Carretera a La América": en los años en
que San Juan comunicaba a este sector. Vieron desaparecer los potreros y
convertirse en casas, en Iglesia, en muchos locales comerciales.
Laureles
con gigantes
Muy distinto sucede a algunas cuadras de
allí. Las casonas no lucen tan viejas. Un aire de elegancia y glamour se ve en su apariencia. Son las
casas de Laureles, que conocen el "último grito de la moda".
Parecen mujeres en edad de los 30. El
mármol, la piedra fina, los colores neutros, la decoración exquisita. Ellas
están definidas por su apariencia selecta, inigualable. A pesar de que han
pasado los años, ni una mancha, ni un desgaste. Sus jardines pretenden ser
réplica de las revistas de moda: "Si tu jardín es de estilo clásico, irá mejor un
estanque geométrico-formal con forma de cuadrado, rectángulo o circular."
Parecen hablar por sí mismas.
Hay mansiones blancas, hay
residencias de portones en madera, ventanas con herrajes y balcones en hierro
forjado. Su vanidad las lleva al consumismo, a ser propiedad de un banco o de
una casa de moda.
Las materas se hacen presentes
en los palcos de las residencias. Los árboles cortados a la perfección. La
arenisca y la cuarcita caracterizan su exterior. Son independientes y únicas,
cada una incomparable. Viven en la soledad, los enrejados las bordean y no las
dejan mezclarse con los demás. Los lujosos carros y camionetas les cubren los
frentes y no las dejan mirar a lo lejos.
Los domicilios de Laureles,
parecen en definitiva, hermosas modelos, que
"las dejó el tren", como dice Antonio Miraflores, "todo el mundo se está
yendo pa´ oriente, aquí no sé qué van hacer con los edificios y las casas. En
unos años yo también me voy a oriente".
Antonio lo dice de manera
natural, mientras mira como entra una pareja a comer a una reconocida pizzería
de Medellín. A través de sus ojos se ve un aire de nostalgia. Parece dejar tras
de sí un sector de gran apogeo que ahora se desvanece en grandes edificios.
Un barrio en el que no se
puede mirar para arriba, corres el riesgo de ser aplastado por un gigante, por
un edificio. Laureles es un lugar donde las casas están solas porque las
construcciones, de muchos metros de altura, las han aislado.
Prado se resiste
La soledad de Laureles es casi
comparable con el aislamiento de Prado. Su riqueza también, pero en diferentes
épocas. Allá, en Prado, todo era intocable. Majestuoso.
Son castillos y mansiones
derruidas por el tiempo. La aristocracia tradicional de Medellín dejó como
legado esas grandes casonas. Esas señoras que se resisten a la vejez, que se
aplican grandes capas de pintura, como si fuera botox, para que los años no dejen sus huellas.
Es que sin duda tienen muchos
años, pero siguen siendo hermosas, sus ventanas parecen los ojos que nunca
pierden el brillo. Son más grandes que en cualquier parte de la Ciudad. Tienen
espacio suficiente para albergar: hijos, nietos y bisnietos. Para formar parte
de una clínica, una fundación social, una ONG, una iglesia de religiones
desconocidas.
Son como "burguesas de la
calle menor", aristócratas que se niegan a morir. En sus calles de ensueño
están los restos de ese pasado. Los árboles de guayacán que hacían recordar a
Washington, las construcciones que copiaban las más lujosas moradas de Europa y
las vías perfectas por donde transitaban sus antiguos dueños.
El color del oro. En su suelo.
En su aire. Total juego entre fachada y calle. El pasado dejó su estela impregnada
en cada rincón. En el aire que se vive, en todas las casas que forman parte de
un sueño.
Sueño que se le cumplió a
Ricardo Olano, después de desear que en Medellín hubiera un barrio similar a
Prado en Barranquilla, habitado por gente elegante y bella. Un vecindario de
alcurnia y clase.
Hoy, no quedan más que los
restos. Sin embargo, las casas se conservan, dignas y altivas. Muchas han sido
modificadas, pero siguen siendo parecidas a castillos. Con grandes murales como
fortalezas que no dejan penetrar ninguna mirada curiosa.
El hierro forjado, que une
figuras coloniales, las fuentes, antejardines y vergeles, los arcos altos y
grandes, las columnas blancas con decorados curvilíneos, la amplitud, todavía
se aprecian en los caserones.
En aquella época, las
residencias fueron habitadas por personas adineradas y con apellido; Germán
Olano, fundador del Club Campestre de Medellín; Oscar Duperly, creador del
primer almacén fotográfico del país, Oduperly; Lisandro Ochoa, cronista de la
metrópoli en desarrollo, entre otros.
Todas esas calles nombran a Medellín.
Espacios distintos, gente similar y de diferente comportamiento. Al final, no
queda más que las fachadas, por orgullo, por necesidad. Cambiantes y hermosas,
derruidas y desgastadas. Nombran lo que somos, pero también lo que no somos o
lo que queremos ser.
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