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Un día para el Johnny - El perro, la avenida y el semáforo - Máscaras con alma propia - Sensata solución - Grave problema
Por: Oscar Giraldo Mesa - Lector de El Grifo
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En la vitrina, la foto enmarcada de un niño tierno y bello- decían las damas-
sonreía al transeúnte que se veía obligado a voltear pues daba la impresión de que su mirada vigilaba como la luna al itinerante bajo el firmamento estrellado.
Un lunes de zapatero, en la página roja del periódico se veía: Asesinado joven cerca estadio Los Libertadores.
Los escasos residentes corrieron a curiosear, pero una bola de la policía y dos tombos gorditos (gruesos ropajes verdes de dril) unidos por una cabuya impedían el paso. En la arboleda revoloteaban los gallinazos y saltaban en la manga con movimientos artríticos.
Entre las dunas verdes de la laguna seca, descansaba un cuerpo, y personas vestidas de cachaco y con sombrero medían y tomaban fotos con bombillas de magnesio que botaban cerca al muerto.
Los curiosos, para captar detalles mínimos del ritual, aguzaron sus ojos camaleónicos y sólo reconocieron a Eduardito (efebo tierno de pantano teñido) cuando en medio de los gritos de los esbirros (¡córranse, no estorben¡) montaban la camilla vetusta de lona templada por el cadáver, en el galpón trasero del carro policial que arrancó rechinando llantas hacia la morgue.
En la tarde, don Luis retiró el cuadro y con unción lo envolvió en papel vejiga (del usado para envolver cuarto de quesito). Lo apretó contra su pecho y lo guardó en un escondite, tan recóndito como el dolor de su alma.
Nadie concebía que a ese púber piadoso (bello, decía mi mamá) lo fueran a sofocar con un torniquete de pañuelos anudados y cuyo palo (bastoncillo de empuñadura tallada) quedó como corbatín en la garganta henchida por la sangre.
Dentro del ataúd destapado, una mosca jugaba entre las fosas nasales del niño muerto, un sombrero sudado la ahuyentó, se remontó hacia el techo y se lanzó en picada para instalarse en las llamas del escapulario que cual babero cubría el feo hábito café que amortajaba el cuerpo yerto.
Distribuían café de granos en agua de panela, renovaban las escupideras, los hombres salían en turnos a beber anisado en la tienda de Rafael que pasó la noche en vela en pro de su bolsillo avaro y las mujeres urdían oraciones en las camándulas de chumbimbas.
En la alborada, un aguacero hizo abrigar a las mujeres en negras mantas y algunos hombres se arrellanaron a roncar en las poltronas.
El cortejo fúnebre subió por San Juan, a un lado se oía el traqueteo de tranvías y a la derecha, el suicidio colectivo de flores de guayacán contra el pavimento. En el cementerio, en la zona exclusiva para ricos, guardaron el cadáver en una bóveda. Sólo a los del común los albergaba la tierra amarilla y arcillosa.
Durante la Novena de difuntos, empezaron las pesquisas para identificar al asesino. En voz baja los hombres decían: seguro fue el sátiro de la laguna del Bosque y las mujeres embozadas creían que Dios se lo había llevado de angelito.
Los tiras se dieron a molestar en todas las carpinterías del Zepelín. A Ripocho le sacaron todos los chécheres, al bizco Saúl lo hicieron declarar en la Permanencia, a Polvotriste no lograron ubicarlo en ninguno de los bares de Guayaco y al gordo Raimundo le cayeron mientras dormía en su casa grande y enclaustrada.
A éste le encontraron en un baúl una prueba de una talla similar a la empuñadura usada por el homicida. Inquirieron por su hijo, mancebo fornido, tímido y retraído. El padre gagueó y un detective lo hizo hablar claro con un smithwetson38largo apuntándole a la barbilla: su hijo se había ido de la casa en el tren para Berrío.
Al asesino que quiso robarse una bolsa con monedas, Alirio, lo encontraron cargando vagones en la estación de Caracolí y lo trajeron esposado para hospedarlo en la cárcel de La América- arriba de la fábrica de ataúdes, abajito de la bomba- feudo del famoso Tungo.
El padre del homicida vendió barata la casa y en un amanecer lluvioso se escabulló con su familia.
El juicio fue breve y Alirio pagó la condena en varias penitenciarías con las módicas rebajas por estudio, disciplina, visita del cardenal Mícara y otros argumentos que reducen el castigo en este país.
Rafael acumuló suficiente dinero para morir pobre, por tacaño.
Don Luis pasó el taller cuadras más abajo y la madre del inmolado volvió a empañetarse de colorete mientras miraba transcurrir la vida a través de la verja de la ventana arrodillada.
Al lado del lugar del sacrificio, años después, levantaron un templo a manera de expiación por un acto borrado ya en el tiempo.
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