Pilarica, ¿qué te contara del barrio? PDF Imprimir E-Mail

   

- CIUDAD NO SE LA TENGO
- EL OTRO LAO DEL NUNCA JAMÁS
- CASAS: MÁS QUE UNA APARIENCIA

 

 

 

 

 

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Por: Daniel Gaviria Vélez / Com. Social UPB / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 

Pilarica es un barrio de tiendas y vecinos.  Cada uno vive en burbujas de intimidad, pero todos se terminan conociendo con el paso de días que se vuelven años y años que un día ya son décadas.

 

 

La gente viene y va en tiempos como estos, y estos tiempos parecen encerrar a las personas en profundos interrogantes sobre los demás. A Pilarica pareciera estarle llegando esa bruma donde el prójimo ya no merece el título de semejante, sino de El Otro. Pero a fin de cuentas todos confluyen en los mismos espacios y terminan comprando en la misma tienda, sentándose en la misma banca de la iglesia y esperando juntos el mismo bus.

 

En este barrio lo que más se ve son tiendas, comederos y ambulancias pasando todo el día. En cuanto a tiendas Don Ramiro es  leyenda. Es el dueño del negocio más viejo del barrio y está ubicado en un punto por donde es imposible no pasar. Los comederos se adueñaron de las esquinas pero ninguno se atiborra de gente como Bogardi. Las ambulancias pasan de largo con dirección al hospital Pablo Tobón Uribe; son momentos en los que todos se quedan paralizados, con el aire sin volver a su curso, marcando con sus ojos el paso del vehículo con la sirena estridente y angustiante, que algún herido lleva, alguna vida, alguna historia.

 

La primera tienda del barrio se llamó La Pilarica, desde hace casi 30 años ha visto niños que se transforman en personajes de voz gruesa y sombra de barba, señoras que parecen congelar sus arrugas y no envejecer más de lo necesario, y caballeros bohemios de pantaloneta y chanclas, que se reúnen cada sábado a "conversar la vida".

 

Cuando Don Ramiro compró la tienda ya el negocio llevaba su tiempo; fue hace 19 años que ese señor corpulento y alargado, de barriga modesta y bozo grueso tomó la tienda La Pilarica como suya, y desde esos días en que no tenía dos minimercados a diestra y siniestra hasta hoy, se ha mantenido al frente, con sus hijos, que parecen facetas variadas de su cara: como ver un Marilyn Monroe de Andy Warhol, una secuencia del mismo rostro en tonalidades distintas.

 

10 años se demoró don Ramiro en construir su casa (a una calle de la tienda) y menos de un año para consolidar grandes amistades del barrio, y el aprecio de clientes que siguen fieles: "Lo más importante, negrito, son los clientes, y la buena atención. Uno aquí aprende a tratar al niño, al muchacho, al viejo, a la señora... hasta a los ladrones los aprende uno a manejar. Uno ya sabe que no guarda todo en la caja sino más bien cualquier 50 mil pesos, y lo otro lo encaleto en los cuadernitos. Pero estos vergajos saben que aquí es mejor venir a pedir porque uno a fin de cuentas no les niega nada, ya hace tiempito que no me atracan si no que más bien piden". El teléfono de la tienda suena. Don Ramiro para la conversación y contesta: ¿aló? ¿Diga? ¿A quién necesita mi amor? ¿Que si esta es la casa de quién? No reinita, esta no es la casa de ninguno. -Don Ramiro cuelga y me mira   -O de todo el mundo, ¿sí o no?

 

Otro que tiene historia en el barrio es Rubén. El tipo empezó como trabajador

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de un señor que tenía varios puesticos de comidas rápidas en la ciudad, la empresa se llamaba: DON PERRO. (Es posible que de ahí se haya estandarizado la forma de hacer perros; con ripio de papa y queso derretido, pero son suposiciones del autor). El caso es que Rubén se independizó y consiguió un puestico para él solo, la primera semana vendió un perro y una gaseosa, el primer mes fue duro, el primer año tenía clientela fija. Fue después de cuatro años que dejó de vivir a la sombra de la pizzería que tenía como competencia, y consiguió la plata para comprar el establecimiento: así empezó Bogardi.

 

Compró el local, consiguió trabajadores y emprendió una microempresa que hoy por hoy le deja muy buena ganancia. Hay días en los que se liquida entre 3 y 4 millones de pesos, una vez llegó a los 5 millones.

 

"¿Cuál es el éxito de Bogardi? No sé ole, ¿será la atención? Y también que uno no deja de estar al frente. Yo aquí soy el dueño, sudé este chuzo y lo puse donde está, y yo sigo en el mismo puesto de siempre, armando las hamburguesas, eso a la gente como que le gusta... ¿O qué decís vos?"

 

Historias de cuento incompleto

 

En Pilarica se encuentra uno historias entre tienda y tienda, y los personajes emergen y se pasean por las calles del barrio. Así se la pasa Adrián, un tipo de 20 años morenito y de cara lánguida, alto y flaco, con las manos en función de péndulos disparejos cuando camina.

 

Adrián se la rebusca cuidando carros y haciendo mandados, alguna entrada consigue al día. El papá vende agua en los semáforos de la calle que sigue hasta el Pascual Bravo y dice que lo quiere (según don Ramiro el de la tienda) como a un hijo bobo; Adrián tiene problemas de retraso mental.

 

-Me da un cono... - Pide Adrián a Don Ramiro, mostrándole unas monedas que tiene en la mano izquierda.

-Con eso no te alcanza negrito.

-Entonces deme un tinto y una chocolatina.

Otra figura recurrente, propia de las calles, es la mamá de Blanquita, la verdad no sé si alguien sepa su nombre, pero todos la conocen por ese remoquete.

 

Blanca vivía al lado de la panadería Maná. Su esposo era el dueño de la casa y las dos de encima. En el segundo piso vivía una hermana del señor y en el tercero la mamá. Cuando el señor se murió a Blanca la sacaron de la casa la cuñada y la suegra, y le tocó irse con su mamá y la única herencia que le legó su marido: dos muchachitos y otro en camino.

 

La mamá de Blanquita vive ahora en Bello con su hija y sus nietos, doña Rosita la invita  a almorzar todos los domingos y ella viene a venderle la parva que hace Blanca en la casa.

 

En estos días me la encontré por la calle. Venía cojeando, arrastrando la pierna derecha al paso que se impulsaba con el brazo izquierdo, torciendo la boca para respirar y afanosa de decir lo que ya preparaba desde hacía dos calles: "Muñeco, prestame mil para el bus que te los pago el domingo". Don Ramiro dice que cuando te coje confianza ya no te dice "prestame", te dice "dame".

 

Pilarica comparte el sector con Bosques de San Pablo, un conjunto residencial no cerrado, lleno de casas que antes fueron blancas y uniformes, con una homogeneidad que hoy en día se ha perdido, cada casa marcada por el estilo de su habitante. Podría uno decir que antes parecían hermanas, hijas del mismo padre. Ahora parecen primas, a la imagen de tíos inconformes.

 

En Bosques de San Pablo vive Angélica. Ella tiene 21 años y la conozco desde los cuatro y medio. A los 13  conoció su sexualidad y para antes de descubrirla ya era mamá de una niña de ojos verdes y cara de porcelana. Cuando cumplió los 16, repitió maternidad, ¿el resultado? Una nena de ojitos verdes, pero el cabello rojo encendido como la mamá.

 

Con sus dos niñas anda ahora para arriba y para abajo.  En Estos días la vi en la tienda, pidió un Green Light. Una de las niñas, la de ocho, le pidió un Bom-bom bum. Angélica arrojó una bocanada de humo al aire antes de contestar que no había plata.

 

A Juan Carlos también le llegó la paternidad temprano; fue hace menos de

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un mes. Angie, la novia, se lo contó un viernes por la tarde mientras hablaban del futuro. A Juan Carlos se le heló todo el cuerpo, y después lo agarró un calor desesperante, de esos que ahogan y sofocan, y no importa donde se meta uno, allá también irá el calor.

 

Lo duro era asimilar lo que se venía, lo imposible era contarles a los papás que pronto iban a ser abuelos. Muchas veces le advirtieron que el día que embarazara a alguien se pusiera a trabajar para conseguir un techo, porque lo que era a la casa no volvía, y como la carrera estaba casi por terminar a Juan Carlos lo fue consumiendo el miedo a la par que crecía Isabelita en el vientre de Angie.

 

- Mostro, lo más duro fue cuando llegó ese día y me senté a hablar con los cuchos. Cuando me decidí a contarles, Angie ya llevaba sus cinco meses de embarazo y la cabeza se me iba cerrando. No encontraba casa, porque ni siquiera había plata para comprar una; la única era contar, y esperar  a ver qué pasaba.

 

Llegó el día y los tuve en la sala, cara a cara. Las manos mías estaban juagadas de sudor, al frente tenía el cuadro del sagrado corazón y ellos acosándome para saber cuál era la noticia, ellos creían que les iba a decir que ya tenía la práctica; al fin me arriesgué y les solté esa bomba. Adiviná qué dijeron...

 

El domingo me asomé al balcón y vi a Juan Carlos en el parquecito con Isabela y Angie; don Guillermo  llevaba el tetero de la nieta y doña Elvia le hacía brujitos a la niña para sacarle una morisqueta de risa. Angie está viviendo en la casa de Juan Carlos por estos meses, mientras encuentran algo mejor y resulta la práctica.

 

Identidades de a ratos

 

Pilarica es un barrio donde las casas guardan historias en noches de encierro. Aquí no se escuchan los equipos de sonido a todo volumen, ni tampoco los silencios perpetuos de grandes espacios entre vecinos.

 

Daniela tiene 19 años. Su cabello le cae enmarañado y negro sobre los hombros y llega hasta el inicio de su espalda; es delgada y tiene las uñas pintadas de rojo, o de azul, o amarillo, o según el ánimo del día.

 

 El papá de Daniela se dedicó a la bebida desde la jubilación, pero antes de ella también tenía sus juergas muy claras y establecidas. Por los días de abril se colgaron en los servicios porque al señor le quedó imposible pagar. Lila (la mamá de Daniela) pasó un mes enojada con él.

 

-La más charra de mi papá fue en mayo. Llamó  a mi tía para pedirle 100 mil pesos, le dijo que le quería dar un regalo de día de madres a mi mamá. Mi tía llamó a mi mamá para contarle, mi mamá se puso contenta y la autorizó a prestarle la plata. Mi papá le pidió a mi mamá 10 mil para ir donde mi tía y le prometió que en dos horas le pagaba.

 

Mi papá volvió al otro día, borracho y con mil pesos en el bolsillo. Mi mamá empezó a cantaletear  y le dijo "valiente regalo de día de madres que me diste"; mi papá le contestó: "¿y usted acaso es mi mamá?"

 

Pilarica tiene personajes disfrazados de vecinos. Todas las mañanas salen vestidos con sus ropas de trabajo a esperar el Transmedellín, o el Robledo, o la Ruta de la Salud. Todos los buses pasan como centellas sobre las que hay que arrojarse y en las horas pico difícilmente paran. Cuando pasan por el paradero ya están llenos y rellenos de personas, los últimos van en las puertas, asidos a la barandilla de metal y parcialmente por fuera del vehículo.  La ruta 267 de Robledo es la que más ligera va de pasajeros, pero pasa cada media hora y eso sin mencionar que los domingos no trabaja.

 

La iglesia es otro lugar recurrente. Los domingos recibe a la mayor cantidad de fieles, sobre todo por la noche y en especial los jóvenes. Pero ninguno entra hasta el templo, la mayoría la escucha desde afuera, cerca del parque, con sus respectivas novias entrepiernadas y los columpios yendo y viniendo.

 

Los viernes la iglesia está sola. El ambiente alberga otros personajes: los muchachos que se sientan a fumar delirios y alucinaciones, las mamás con sus niños, aburridas a los 10 minutos, prometiendo paletas y mekato si abandonan pronto la diversión, y la parte de atrás de la casa cural separada para enamoramientos primerizos de jovencitos que se besan por primera vez.

 

Pilarica es eso, es esto; un montón de historias pasando a diario por las calles, personajes que se camuflan en el cotidiano devenir. Sombras de niñez que se amoldan entre calles y parques, aceras y tiendas, gaseosas y paletas de limón.

 

Un barrio donde intento concentrarme en mí, pero el otro me permea y me traspasa, asegurándose por medio de otros que yo me entere de sus pesares y alegrías, hasta que un día de agosto me despierto y enfrento esa realidad que aterroriza a este siglo, afrontar el acto innegable que soy el otro de alguien más.

 

 


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Comentarios (1)
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1. 07-09-2009 16:17
 
Cotidianidad extrema
Me gusta la forma en que es narrado este barrio tan típico de Medellín... me gusta no tener que leer más sobre los sectores de siempre: Santo Domingo, Aranjuez, Comuna Nororiental. Es bueno que se resalte precisamente al del lado, al que me encuentro mientras e spero el bus. Muy bien por el autor.
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Manuela Gutiérrez

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