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Andrés Jiménez Ríos / Editor de Deportes / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Así, tan natural como la brazada del nadador que está a punto de llegar a su meta, el balón que sostiene el jugador de waterpolo, la danza alegre de la nadadora sincronizada... estos personajes se lanzan con las mentes prácticamente inertes al vacío, esperando que el agua fría recorra sus cuerpos y los reviva.

 

 

El mundo es comprendido de forma diferente desde un trampolín o una plataforma. La altura - aquel némesis de los cobardes que de sólo pensar en ella se muerden sus lenguas, retuercen sus estómagos, abren sus ojos y entumecen sus cuerpos - es un factor de éxito o fracaso para estos hombres y mujeres, quienes comprenden en sus mentes un dejo suicida, o más bien artístico de corte temeroso, en el momento en que separan sus cuerpos de lo sólido,  se lanzan a la incertidumbre, giran con elegancia y caen al agua procurando no aporrearla. Así son los clavadistas.

 

Se asoman por las plataformas y trampolines, como aquél que desde la altura de un edificio observa con miedo y curiosidad al suelo, que recibirá a un cuerpo inerte. Plantados desde uno, tres, cinco, siete y medio, y diez metros,  se desconectan del mundo, sumergiéndose en un trance en el que únicamente perciben aire y agua. Al igual que sus trajes, los clavadistas se mantienen firmes, con cada músculo de su cuerpo estirado y, luego de bambolearse un par de segundos sobre el trampolín, o de flexionar sus piernas para despegarse de la rugosa plataforma, salen despedidos hacia el agua, exhibiendo una armonía, flexibilidad y ensimismamiento que duran hasta que una sonrisa o un gesto de reprobación salen del agua y comienzan a secarse con sus pequeñas toallas.

 

Hay quienes desafían a la lógica física, saltando y girando más de lo inimaginable; hay quienes hacen de sus manos el centro de apoyo del cuerpo, mirando al mundo al revés; hay quienes se confabulan fusionando, al parecer, sus cuerpos en un salto completamente sincronizado; hay quienes por sus nervios e inexactitud en el salto, dejan ver - en los parches rojizos producidos por su mala entrada - su desagrado y, en ciertas ocasiones es el trampolín quien los recibe, pero no como ellos quisieran. Todo bajo la bella armonía de un cuerpo típico realizando movimientos atípicos.

 

Y lo sé, porque en el momento de finalizar mi ascenso por las rugosas escaleras, empinar mis pies, dejar mi mente y mis ojos concentrados en ese destino húmedo, sintiendo cómo mis pies perdían contacto con aquella estructura, mirando al mundo sin mirarlo... y de cabeza al agua fría, lo pensé. Esto es corto, al igual que un clavado. 

 

 

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