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Laura Estrada Ocampo / Com. Social UPB /
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Del cielo cuelgan algunas cometas puestas allí por
los agradecidos vientos de agosto. Una mujer vestida de pantalones cortos y
camiseta sin mangas, camina por la orilla de la calzada con un coche en el que
un bebé llora y manotea con histeria. El llanto del niño es tal vez el sonido
más significativo en el paisaje, en el que si bien se ha ido acostumbrando poco
a poco al estridente sonido de los buses, los domingos logra encontrar un poco
de calma, cuando la ruta de Barrio Cristóbal- América reduce su número de
vehículos a su mínima expresión. Los balcones son testigos silenciosos de una
tarde habitada por niños en bicicleta, mujeres en sandalias comiendo paleta La
Fresita, y ancianos esperando que un soplo de brisa les refresque la cara.
La vida en Santa Mónica parece fácil. Calles amplias,
facilidad de acceso, viviendas en buen estado y una adecuada cantidad de
locales comerciales: ni muchos ni pocos. Así el barrio no pierde el carácter
residencial.
El gato de la casa de Doña Marina está tirado perezoso junto a la puerta. Falta poco para que sean las 6:00 de la tarde
y la fatalidad del domingo también parece afectar los ánimos del viejo animal,
que ha vivido entre los árboles, los carros y las paredes del barrio Santa
Mónica por casi 10 años. De repente la puerta se abre, y un paso, dos pasos,
tres pasos, el bastón, un pie y el otro.
Por más de 30 años ha seguido la misma ruta de dos cuadras. Todos los
domingos. Siempre faltando diez minutos para las seis, sale con su saco negro
para misa a la Parroquia del Divino Maestro. Su hijo Martín le ayuda a bajar
una a una las escaleras que separan la puerta de su casa con la acera, mientras
ella tantea el camino a seguir, pues un glaucoma avanzado le redujo la visión
casi al punto de la ceguera.
"Hágale despacito mamá que no hay afán. No se me vaya
a tropezar". Martín ayuda a su madre con una paciencia de cirineo. La misma que
tuvo para entrar a un hospital mental y a un centro de rehabilitación, cuando
la adicción al consumo de bazuco estuvo a punto de acabar con su existencia.
Doña Marina tiene 81 años y dedicó gran parte de su vida a la
fabricación y decoración de bizcochos de fiesta. Vive en el barrio Santa Mónica
desde principios de la década de los 70, cuando por medio del Instituto de
Crédito Territorial adquirió una de las casas que se estaban construyendo en un
nuevo barrio cerca al sector de La América.
Allí llegó con su esposo Alejandro, y sus hijos Martín y Socorro a la calle
36. Hoy en día Doña Marina vive en la misma casa, con sus dos hijos, cuatro de
sus cinco nietos, y su bisnieto. A causa de su avanzada edad y su serio
problema de visión, no pudo seguir ejerciendo el arte de la decoración de
bizcochos, con el cual levantó a su familia desde la muerte de su esposo, pero
su nieta Natalia de 22 años, que a su vez estudia psicología, siguió con la
tradición. Todos los días llegan personas a tocar la puerta de doña Marina
preguntando por los bizcochos.
Los vecinos de la casa también llegaron en
la década de los 70, atraídos por las casas familiares que se estaban
construyendo en las "Mangas del Chapolín". Gabriel y Amelia, una joven pareja venida de Sevilla Valle,
compraron su casa para vivir con sus dos pequeños hijos María Teresa Y Héctor
Fabio. "Por aquí vine a dar yo. Mis hermanos tenían la plata para comprar lotes
por aquí, pero yo no sé por qué no quisieron. Pero aquí me quedé y de aquí ya no
me voy a mover". Los años pasaron y llegaron Mauricio, Gloria y Rita, mientras
que el barrio se poblaba lentamente, y los lotes baldíos donde Mauricio y
Héctor solían jugar con arena y hacer travesuras, fueron reemplazados por casas
de 2 pisos y balcón, ocupadas por
familias de clase media, provenientes de otros sectores de la ciudad. Mauricio
Ocampo pasó su infancia y adolescencia en el barrio.
"Nos gustaba sentarnos en las esquinas, porque los bebederos que había por aquí
eran para los viejos. Además en esa época, si uno tenía plata, lo máximo que
hacía era llevar a la novia a Mimo´s de la 70, o a comer hamburguesas en un
local que se llamaba Tupinamba". Hoy Mauricio se casó y vive con su esposa y su
hija Mariana en el mismo barrio donde nació y creció.
Santa Mónica fue un proyecto creado en la
década de los 70, por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), el cual
decidió adecuar y dividir en lotes para vivienda los terrenos de la manga del Chapolín,
un terreno en el que se hallaban algunas fincas, a pesar de la cercanía con el
centro de la ciudad. El Instituto de Crédito Territorial, también fue el
responsable de la creación de barrios como Santa Lucía; todos alrededor del
sector de La América el cual fue habitado desde principios de siglo por
familias de clase media.
La manga del Chapolín era el paso obligado
para los que deseaban llegar a los sectores de Belencito y el Corazón,
asentamientos de clase baja que surgieron a principios de los años 20. Después de la década de los
70's, varias corporaciones de vivienda decidieron realizar proyectos en el
naciente barrio. Una de las corporaciones era "Consucasa" que al igual que el ICT construyó varias
viviendas que aún permanecen en pie.
La casa de Gabriel Ocampo y Amelia Pérez
es uno de estos casos. A pesar de que sus cinco hijos ya crecieron y la mayoría
de ellos se casaron, la casa continúa salvo algunas modificaciones internas,
igual. En el antejardín lleno de flores y plantas cultivadas por Don Gabriel,
todos los viernes en la noche y domingos por la tarde, se reúne la familia
alrededor de una conversación, unas empanadas de iglesia y media botella de aguardiente.
La tradición se mantiene por muchos años, y las escaleras del antejardín tuvieron
que arreglárselas para albergar a nuevos novios, cuñados, nietos, primos y
amigos que fueron llegando a la familia.
Como Doña Marina, Don Gabriel y Doña
Amelia, existen muchos propietarios que aún conservan las casas que compraron
30 años atrás durante la construcción del barrio. Esto ha permitido que en
Santa Mónica se cree un ambiente de confianza y camaradería entre la comunidad, que según cuentan los
vecinos que más tiempo llevan en el barrio, ha perdurado por varias
generaciones, a pesar de la proximidad con sectores como la terminal de buses
del Barrio Cristóbal, que según algunos habitantes, ha funcionado por muchos
años como expendedora clandestina de drogas; y por sectores como Belencito y El
Corazón, que con el resto de la comuna 13, han sufrido a lo largo de su
historia graves problemas de orden público.
Cecilia Restrepo nació en el barrio
Manrique y allí pasó su infancia y adolescencia. Cuando se casó, su esposo que
en esa época trabajaba en Coltejer, obtuvo un crédito con el ICT, y compró una
casa en un barrio que para ella era totalmente desconocido. "Era como vivir en
otro mundo. Había muchas mangas y hasta charcos. Entonces uno se sentía como
viviendo en el campo". Poco después de que naciera su hija Bibiana, Cecilia
montó una peluquería en el garaje la que mantuvo hasta el año 2007, cuando tuvo
que vender su casa, separarse de su esposo, y comenzar una nueva vida 6 cuadras
más abajo, que para ella significaron el mundo. "Este barrio es distinto cuadra
por cuadra. Yo me acostumbré a estar rodeada de la misma gente. Eran unos
vecinos maravillosos. El único "medioproblemita" que teníamos era Martín el
hijo de doña Marina, pero con el tiempo todos lo aprendimos a manejar. Por aquí
casi no me amaño. La gente es distinta. No ha vivido toda la vida por aquí, son
puras casas alquiladas, entonces por eso no se siente el cariño y el respeto
que sentía antes allá en la Calle 36. Pero por lo menos pude montar otra vez la
peluquería y mantener mis clientas de siempre. Y estoy cerquita a donde fue
siempre mi verdadera casa. Digamos que no me puedo quejar tanto." Sus ojos se
tornan húmedos y decide cambiar el tema de conversación.
Esa es la particularidad de un barrio que
nació como un proyecto de Ordenamiento Territorial, y que terminó quedándose en
el imaginario colectivo de quienes lo habitaron por primera vez y aún siguen
presentes de algún modo. Algunos como Cecilia (a pesar de las 6 cuadras de
distancia), Amelia, Gabriel y Doña Marina, permanecen hoy caminando y sintiendo
su barrio con las dificultades de la edad.
Los demás, los que se murieron sin conocer el final de la historia (como
a la larga nos va a pasar a todos) están presentes en las conversaciones de
escaleras y balcones de quienes vuelven los viernes a donde nacieron a pesar de
haber comprado un apartamento de tres alcobas y dos baños, en una loma con
apellido al otro lado de la ciudad.
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