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Por: Daniel
Gaviria Vélez / Com. Social UPB /
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Cuando abrís un libro estás cruzando el último umbral
de lo conocido. Es que uno nunca sabe a dónde puede transportarlo ese fragmento
de conocimiento o frustración (o ambos)
que alguien, en un desprevenido ritual depositó sobre hojas de papel en blanco,
que poco a poco se fueron tiñendo de menudos códigos gráficos; inapelables
letras.
Los libros parecen ser pasajes que llevan a caminos
inciertos por
los que se avanza a paso cauteloso, siguiendo cada palabra con el
constante ejercicio de la comprensión (costoso y desgastante), y siempre
aventurado uno a recorrer cada descripción como líneas sobre lienzos, como regresando
sobre las huellas que otro dejó ahí para vos, para mí, para el mundo.
Desde el mismo principio de los tiempos, los hombres
sintieron la necesidad de dejar grabado su paso por la humanidad. Los antiguos
moradores de este mundo, ahora tan congestionado, garabateaban sobre las
paredes y narraban sus hazañas y deseos de enfrentarse a feroces bestias por la
necesidad de comer; pero dejaban constancia de ello por la necesidad de
prevalecer. Y es que puedo imaginarlos a ellos, ocultos en las entrañas de cavernas
lúgubres, con el fuego como compañero y la roca como confesionario, retratando
y elucubrando sus relatos y necesidades... asimismo estaría Edgar Allan Poe mucho
tiempo después, a merced de una hoja en blanco y tinta, y el fuego de una vela
recorriendo con luces y sombras una casucha tal vez más cómoda, pero igual de
tétrica, alentado a relatar cuentos de gatos negros y cuervos verdugos en
noches de peste y lunas crecientes.
Después, entrados en años (o en milenios) los hombres
desarrollaron técnicas para comunicarse entre sí, y hacer inmortales sus
respectivas culturas. Los egipcios
contaron sus ritos de vida y de muerte por medio de jeroglíficos; los
escandinavos lograban ver su futuro gracias a las runas arrojadas a la pileta
de la pitonisa, y ella les contaba sobre grandes acontecimientos y una muerte
que incluía épicas batallas, Valkirias frías y hermosas, y un gran banquete
ante Odín; los griegos tenían a Homero, el relator de epopeyas tan gloriosas
como funestas, de guerras entre naciones por amores libidinosos, caballos de
madera a la espera del fuego y la sangre y odiseas temerarias libradas por
aguerridos héroes, errantes del mar.
De esos grandes acontecimientos fantásticos, que
implicaban conflictos entre hombres, pueblos y naciones, fue J.R.R. Tolkien uno
de los que se inspiró. Tal vez en lenguas y dialectos, como en el mismo
propósito de legar una obra a la modernidad; volcar el espíritu hacia seres
fantásticos, anillos mágicos y aventuras
épicas, siempre anteponiendo el común denominador: el hombre y su conflicto en
la elección.
Un libro te puede tomar prisionero si su prosa es
honesta y al tiempo enigmática. Dicho complejo de papel y pasta dura, relleno
de símbolos que damos por sentados a la hora de recorrerlos de izquierda a
derecha (en el caso de occidente) y adornado por un título que muchas veces es
quien nos seduce y nos arrastra irremediablemente al todo; ese compendio de
hojas y texto que tantas veces nos regala incertidumbres y alegrías, temores y
pesares; ese que siempre está ahí, a la vuelta de una página.
En la Edad Media los libros estaban ya inventados
(como compendios) pero su producción era escasa y elitista. Era en los monasterios que se recopilaban tales
bancos de conocimiento y al pueblo ni le preocupaba el paradero de tales
fuentes de sabiduría porque, aunque le tuvieren, tendrían primero que aprender
a leer.
Eran pues aquellos pocos ilustrados quienes
emprendían viajes prolongados por senderos solitarios, en busca de abadías y
bibliotecas para contemplar el gran poder de los libros... tal vez al que le tocó
la destrucción de la Biblioteca de Alejandría pudo vislumbrar la magnitud de
tal poder, y aterrorizarse ante la inminente catástrofe causada (probablemente)
por alguien que no gozaba de ser buen lector -o buen hombre- .
Ni el Quijote pudo salvarse de ver arder aquellos
amigos de noches toledanas, pues al sentenciar que estaba loco, sus familiares
echaron al fuego nobles ejemplares de caballeros andantes... pero tan de memoria
se los sabía el ingenioso Hidalgo, que más bien echó a andar con el firme
propósito de hacer de su vida uno de esos libros y buscar remotas aventuras
donde no se le habían perdido.
La llegada de la modernidad le dio un nuevo aire al
libro, lo dotó de clones masivos para llegar a tantas personas como pudiera. Y
la misma escritura de esos libros se vio iluminada por la modernidad y sus
formas de trascripción, pero el camino de la modernidad llevó a la actualidad;
y es que hoy en día se posee un sistema de información totalmente opuesto al
del oscurantismo: todo se puede conocer, a todo se puede acceder; pero el
resultado sigue siendo el mismo que en aquella época.
Pero ahora puedo escribir sobre tantas cosas como se
me vengan a la cabeza: sobre sillas y mesas, y corredores y jardines. Puedo
escribir sobre cometas que se elevan en los recuerdos de mi infancia, o sobre
carros y bicicletas que se llevan mi memoria a la esquina del frente. Puedo
hablar sobre ese teléfono que no para de sonar, que me permea de otros por
medio de su peculiar sistema; o de esa guitarra que cuelga en la casa de mis
abuelos, que el polvo ha ido aletargando y por eso parece tener más años que su
propio dueño.
Las cosas que puedo relatar (y que me pueden relatar)
son tantas como la imaginación se lo permita al escritor (uno de los tres componentes
para que un libro viva). El otro componente es el justiciero lector, que será
apasionado o indiferente según su interés (o desinterés) y por último la obra
en sí, que dará cuenta de su relevancia ante quienes la apetezcan, como un bebé
recién nacido que es abandonado por su padre para sobrevivir con aquellos
talentos que se le concedieron.
Un libro te puede hablar sobre lo que él te quiera
hablar, ya vos verás si te parece de tu agrado o no. Podés encontrarte con
puertas que llevan a desconocidas habitaciones, o salidas, o entradas. También
toparte con ventanas, más pequeñas que las puertas y con otros fines (a no ser
que querás escapar por una de ellas de un marido celoso o una vida asfixiante).
En la página siguiente puede haber un misterio, o unas gafas, y por medio de
ellas resolverlo, o acostumbrarte a tenerlas puestas y que se vuelvan casi tus
ojos. En el capítulo siguiente puede hallarse un álbum de retratos, que
albergue tus recuerdos más profundos, o los de alguien más; puede haber siempre,
en un libro, la posibilidad de perderse en una ciudad entera, repleta de
detalles que se vuelven propósitos de la trascendencia.
Un libro puede llegar a ser para su lector el pilar
de un gran tesoro, la reliquia más valiosa, el amigo más cercano, la cosa más
importante... o la número treinta y cuatro.
Y allí reposa, en silencio, en ese viejo estante, a
la espera de que vayás por él. Sabe que vas a ir. Lo sabe; y está dispuesto a
esperar lo que tenga que esperar hasta que un día, probablemente lluvioso, no tengás
más remedio que desnudarte ante él y quedar atrapado en esa bóveda macabra y
letal que llaman conocimiento.
XVII
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