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Juan Sebastián Fernández Gardner / Com. Social UPB /
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Influenciado por "A puerta cerrada" de Jean
Paul Sartre.
Mi presente es una noche desdeñada por la memoria, ábside del
único recuerdo triste que conservo de los primeros años que regalé a la
psicología social; era tan joven que creía ser el paliativo de la terrible
enfermedad mental que consumió a la ciudad.
El autor de la carta que les presentaré, era un joven que
conocí en el hospital, pocas semanas antes de su muerte; era cómico en demasía
y sutilmente voraz; dedicaba su vida al estudio de los insectos pertenecientes
al orden de los dípteros (fuente de su posterior fascinación por los beneficios
de la miasis) y era un reconocido actor (fuente de su posterior aborrecimiento
de todas las artes escénicas); se encariñó conmigo prontamente y vio en mi
futuro un campo virgen presto para ser violado por su radical filosofía, que
más que ello, resulta ser una mezcla fatal de deseo sexual acumulado y residuos
psicológicos de una inconformista mente bullosa.
Me ahorraré los primeros párrafos de la carta, de tan
apesadumbrado soliloquio escrito.
"Pues bien querido psicólogo (que más que un psicólogo ha resultado ser
usted un amigo) deberé confesarle que he tomado mi decisión porque estoy
convencido del rudo bienestar que me aguarda en el infierno; lugar libre de
espejos que representa para mí, un sitio donde no tendré que seguir siendo esta
deformación extraña de mi niñez. Me da vergüenza mirar mi reflejo... no soporto
reencontrarme cada mañana con el papel que el mundo me ha escogido; creen que
soy gracioso pero sólo manifiesto mi descontento general con burlas rítmicas,
con ironías e incoherencias agresivas, todas muy bien recibidas... me cansé de
ser un pusilánime obligado al triunfo, me cansé de no poder dedicar mi vida a
contemplar las moscas que atrevidamente frotan sus manos sobre mi comida,
simulando un ritual de disimulado onanismo; me cansé de LA PREGUNTA... "¡¿cómosevaganarlavida?!"...
respuesta obligada: haciéndole-trampa-a-varios-millones-de-espermatozoides.
Me atreví a frenar el tren y bajarme en mitad del camino; no
soporto tampoco la sociedad gay/lesbiana a la que nos obligan; la
homosexualidad parece la nueva dictadura subliminal con la que quieren hacernos
sentir amargados... "¡vamos, exploremos tu ano; veamos que tan flexible puede ser
tu recto!" Parece que no hay lugar para los solitarios, e irónicamente, hay una
galaxia entera para parejas enfermas, que disimulan su enorme ego en una
relación homosexual... siempre lo he creído y ahora lo diré tan abiertamente como
a "ellas" les gusta... creo que todos los homosexuales son ególatras, tanto que
deben buscarse un homogéneo para "crecer" emocionalmente... igual, mientras no me
infecten de su desesperación, todo estará bien".
La carta continúa con referencias personales acerca de su
familia; habla de los excesos de su padre, turbadores de la personalidad y la
tranquilidad del joven; su escape para tal panorama de desesperación fueron las
moscas y la culinaria, y lo más extraño, la mezcla de ambas. Cuando lo visité
por vez última, me mostró varios estudios que había realizado, todos enfocados
en el impacto positivo de las larvas de mosca para el tratamiento de algunas enfermedades,
y además me retrató... a su manera: traje de frac gris, camisa blanca y corbata
negra, con una pulida cabeza de mosca; cabe resaltar que en los ojos de la
mosca retratada demostraba, como un secreto dulce de un pálido amanecer, la
cantidad de aprecio que sintiera por el personaje. Apenas me lo enseñó me
indicó que en cada ojo de mi retrato habían 450 omatidios (los pequeños ojitos
dentro de los dos ojos mayores, según me lo explicó él).
En la carta luego menciona un episodio agridulce de nuestra
corta relación:
"Fue grata su
visita en el hospital. Jamás creí que el veneno para las moscas fuera autor
indelicado de tan grave trastorno digestivo. Sabe usted que mi pasión por la
comida me lleva a la investigación. Sin duda alguna mezclar el aceite del arroz
con el Raid no trajo buenas noches, pero no puede usted negarme (menos hoy, en
mi coloquial despedida) que el día en que me dieron de alta nos divertimos
visitando el orquideorama... Le recordaré: Mientras caminábamos, me preguntó
usted por la razón que me condujo a preparar tan sin igual receta; todo
apuntaba a una bizarra intención suicida, pero usted es consciente de la
felicidad peligrosa que nos invade a los hombres impulsivos. Yo en plena
explicación le aseguré modestamente que podría provocarle náuseas solamente
relatándole una pequeña muestra del impacto sensitivo que tuvo aquel arroz en
mis papilas gustativas. Como prófugo de su recatada actitud, un "no lo creo",
se derramó en su lengua, saltando al vacío hermoso e invisible que hay entre el
maxilar superior e inferior. Desde el instante en que ese "no lo creo" fue
pronunciado, sin pausa alguna, mi relato atropelló su tranquilidad y atrofió su
gusto; su rostro enfermó y su imaginación mediocre fue obligada a crear sabores
a partir de las palabras que yo le decía. Usted, ante los anónimos presentes,
vomitó, manchando su elegancia, e increíblemente, sonriendo mientras lo hacía.
Cuando esto sucedió, usted se ganó mi afecto... no por sonreír mientras vomitaba,
sino por sonreír mientras aceptaba (de manera especial...) una derrota".
La carta culmina de manera triste pero contundente; un
colofón perfecto para nuestra amistad:
"Me
cansé de las miradas desesperadas que todos me dirigen cuando me ven llegar:
"Dilo, hazme reír, sé que estás a punto de decir algo genial; alégrame el rato
con tu sadismo cómico; acompaña con tus burlas esta noche en la que guardaré en
el rincón más sucio de mi voluntad, la sobriedad que desde el lunes me
acompañó"... en realidad, mientras ríen me atormentan... pero hacer reír es una
adicción de parte y parte; es como si el whiskey se volviera adicto a la boca
que lo bebe... así sucede con el carisma... e igualmente despersonaliza, porque
nada más aterrador que el silencio repentino de un payaso... Y eso es lo que soy,
una mala copia de la imagen que todos tenían de mí... por eso siempre los miraba
a los ojos, para tratar de encontrar en ellos mi "verdadero" reflejo.
Como te lo prometí, viví hasta el final. Y un último consejo
fiel loquero: "no dar un paso no significa dejar de caminar"
Amorosamente,
tu amigo Josué".
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