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David Serna /
Colaborador /
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Requiem aeternam dona eis,
Domine. Era la última
misa de mi abuelo, y el padre
Bernardo, en su preciosísimo latín oraba por su
eterno descanso. Todos estaban más o menos consternados, aunque a mi abuela no
la vi llorar. Estaba en primera fila, con un pulcrísimo luto y parecía sostener,
con esa fuerza de las matronas de antaño, a todas las hijas que había dejado el
viejo.
Mi madre, que de todas fue quizás la que más lo quiso, parecía
desgarrarse en llanto y en pena. Mi abuelo medía casi dos metros, tenía ojos
azules y a pesar de sus 85 años aún conservada buena parte de su cabellera que debió
ser muy abundante en otro tiempo. Con ese nombre -Ciro- aunque no por su
apellido -Gutiérrez-, y con su fisonomía debió parecer un artista extranjero, aunque
mi abuela, a juzgar por las fotos, no era menos.
Mi abuela siempre se quejaba
de Don Ciro (así lo llamaba ella), decía que estaba loco, que cada vez se le
olvidaban más las cosas, y que esa yerba había acabado con su cerebro. Aunque
no entendía muy bien la sentencia de mi abuela, nunca me imaginé a mi abuelo
con un cigarrillo de marihuana, aunque en lo de loco, algo sí le daba la razón.
A veces me cansaba, como cansan los viejos y como cansamos ahora nosotros a los
que vienen detrás; pero otras tardes, en que el álgebra no acertaba, o que las
leyes de la física se hacían tan ajenas a mí, el viejo Ciro sabía divertirme.
Un día entró a mi cuarto mientras yo colgaba un afiche del que hacía las veces
de ídolo en mi juventud. Era un hombre corriendo con el puño alzado y una
camiseta azul celeste de su época feliz del Napoli. En la parte inferior se
leía una leyenda que decía: "Al más grande". Sin duda lo era.
- Yo
a ese le firmaba autógrafos. Dijo el abuelo
- ¿En
serio abuelo? ¿Tenés un autógrafo de Maradona?
- No,
de él no tengo nada -Aclaró-. Él tiene mis autógrafos.
Ay
abuelo, ahora sí te van a tener que internar (pensaba yo). Mi abuelo se sentó y
empezó a recitar una tarantela que poco o nada le entendía, pero que repetía
más de una vez el nombre de un bicho que no lograba identificar con ninguno de
los de la clase de ciencias naturales. Sonaba bien y quise darle entrada al
viejo.
- A
ver abuelo, cómo es eso de que Maradona tiene sus autógrafos.
El
viejo, como si no hubiese atendido a mi pregunta paró de pronto su canción y
empezó a recitar una sarta de nombres que no parecían cercanos ni en tiempo ni
en espacio:
- Marenda,
Urcevich, Hugo Pena, Nicieza, Roberto Puppo, Valentino, Ramacciotti, Malazzo...
- Pero...
¿de qué estás hablando? - Lo interrumpí medio extrañado-.
- A
veces sí, entraba el tano y ya nos íbamos todos a la mierda...
Seguía
musitando el viejo en una especie de soliloquio que parecía no concordar con
nada, ni tener relación alguna con mi pregunta. Oyéndolo hablar así parecía de
otra parte, un Borges casi ciego hablando de sus días pasados.
Aunque
la perorata del viejo no me aburría del todo, y hubiese querido preguntarle un
par de cosas más, la tele y ese programa de concurso que siempre veía para
medir mis conocimientos de escuela, me hicieron interrumpir aquella charla con
Ciro, que no sin pena debió abandonar la habitación como se retira una artista de
sus luces cuando ya ha cesado la función.
El
viejo tenía cosas extrañas. Pasaba callado las más de las veces, se limitaba a
pedir más azúcar, más café, otro chocolate y de inmediato la queja de mi
abuela.
- Le
va a hacer daño Don Ciro.
- Dejate
de joder. -Respondía el viejo en
perfecto español-.
Yo
que apenas estaba conociendo los sinfines de la televisión por cable, notaba
cierta afinidad en ese reproche que le hacía el viejo, con algunos modismos o
argentinismo que empezaba a escuchar por TV.
Impensable
era deducir que Ciro dedicara el tiempo que yo pasaba en la escuela a ver
televisión argentina. Que hubiera estudiado en Buenos Aires o en Italia era una
posibilidad más acorde, aunque de todos modos, bastante forzada para ser
creíble. ¿De dónde sacaba esas músicas mi abuelo? ¿De dónde esos nombres
foráneos? Cierto es (ya lo dijo mi
abuela) que Don Ciro estaba medio loco, pero ¿cómo un loco puede inventar una canción
más o menos pegajosa, y recitar una decena de nombres sin titubear ni uno solo
y además empezar a contar historias fantásticas? Era Borges seguro, mi abuelo
debió haber sido un intelectual, por eso las frases le sonaban extrañas, por
eso conocía tantos nombres, por eso podía inventar con cierta facilidad una
historia amenamente creíble. Mi tío, el que vivía en Popayán, había heredado
esa vena literaria de mi abuelo. Tomé el teléfono para llamarlo y al terminar
la llamada una nueva desazón volvió a mi cuerpo. Mi abuelo era prácticamente
analfabeto, había hecho hasta cuarto de primaria y jamás en su vida se había
leído un libro.
¿Cómo
puede ser? ¿Cómo es posible que este ser genial de ojos azules sea un iletrado?
¿De dónde entonces aquellas historias?
La
llamada a mi tío me había devuelto al punto cero. Ahora debía encontrar otra
hipótesis que diera cuenta de esa extraña forma de hablar que de cuando en
cuando tenía el viejo.
Fui
entonces a buscar algún indicio en la minúscula biblioteca de mi abuelo. Algún
Shakespeare, Chejov o Dostoievski habrían dado sosiego a esa angustia que me
invadió de pronto. Un diccionario de italiano, algún disco de himnos
sicilianos, algo, cualquier cosa, hubiese sido suficiente para seguir viviendo
como hasta ahora, como hasta entonces, sin preguntarme si quiera qué había sido
de la vida de mi abuelo en tiempos pasados.
Nada,
ni una sola revista de mala literatura me fue dada encontrar en ese estante que
sólo soportaba álbumes familiares donde dudaba que de allí hubiera sacado esa
facilidad para imaginar historias. Deducir que era un escritor innato a esta
altura, hubiera sido bastante frustrante. Olvidarme de este asunto era una
facilismo que no me iba a permitir.
Pasando
las páginas de un álbum elegido al azar, seguía pensando en esa figura
enigmática. Viendo fotografías de personas desconocidas pero que seguro eran de
mi familia, no dejaba de interrogarme cómo podía un tipo analfabeto tener algún
tipo de don para crear historias. Preguntarle a mi abuelo, era perder el
tiempo, nunca te contesta lo que es y además te dice que no son cuentos, que
son verdades que el tiempo ha borrado.
Una
foto llamó mi atención, menos por la foto, por el material en que estaba
impreso. No era en efecto una foto como las otras, era más bien un recorte de
algún diario seguro de muchos años atrás. La foto no era muy nítida, pero en el
pie de foto (no sin alguna dificultad) se dejaban leer dos nombres: Ciro
Gutiérrez y Alamedo Bonacaccio. Ese nombre no era de acá, seguro, y aparte mi
abuelo aparecía en un periódico, por lo que en algún momento, algo notable
debió haber hecho para salir allí. ¿Un intelectual? No, esa idea ya estaba
desechada. En vano terminé de buscar en ese álbum algún otro indicio que diera
cuenta de la "fama" de mi abuelo.
Ciertamente
no aparecía nada, sólo ese recorte y otra vez fotos familiares. Ya la cena
estaba servida pero impensable era pretender que algún alimento pudiera
ingerir. Era como buscar un tesoro en una montaña, y de pronto estrellar la
pala con algo duro que no es una piedra y que deja destellar un pequeño brillo
que le llena a uno el cuerpo y el alma.
La
respiración se empezaba a acelerar, presuroso tomé el siguiente álbum que
seguro me entregaría esas moneditas de oro que pensaba encontrar. En vano
fatigué sus páginas. Una foto en una playa que no parecía de acá, y con una
gente que tampoco parecían de acá me hizo avivar la ilusión. Pero pronto pensé
que tal vez estaba imaginando demasiado, que tal vez estaba acomodando
demasiado las circunstancias para encontrarle una lógica a lo que parecía no
tenerla.
El
viejo Ciro habrá sido un playboy. Un intento más por explicar el misterio de mi
abuelo. Con sus 1.95 cms de estatura, sus ojos azules y una blonda cabellera
mecida por el viento, habrá sido una especie de Hugh Hefner paisa. Era una
teoría que se podría considerar, pero que aún le faltaba bastante para
convencerme.
Un
tercer álbum fue necesario develar, y como una magnífica revelación me fue dado
el tesoro que aún hoy me llena el alma de asombro y de alegría.
Estaban
todas allí, todas esas moneditas de oro que el pirata encuentra enterradas en
la arena. Una a una se sucedían y entonces pude ver a mi abuelo como nunca lo
había visto, como nunca imaginé verlo. Vestido de cortos, como el tipo de mi
afiche, pero esta vez con un color distinto, era rojo de la cabeza a los pies,
se veía lozano, siempre delgado y con ese donaire que dan los años felices. Una
pequeña lupa (de mi abuelo también) fue necesaria para descifrar algunos
nombres que el tiempo ya se había llevado. El tesoro parecía infinito, allí
estaba todos, Hugo Pena, Urcevich, Ramacciotti, todos los que el viejo había
nombrado. Ahora sé que la tarantela que el viejo musitaba no hablaba en efecto
de algún bicho desconocido por mi profesor de ciencias, hablaba de El Bicho,
sobrenombre con el que se conocía a Argentinos Juniors, ese club de Buenos
Aires en el que se inciaría ese ídolo de mi juventud, y en el que habría jugado
en una etapa, hasta ahora desconocida por mí, mi abuelo.
En
alguna foto aparecía sentado en corro en lo que se parecía a un camarín, sin
camisa, dejando ver su delgadez y con un pequeño mate en la mano, que
seguramente habrá sido el culpable de lo que mi abuela llamaba, la yerba
maldita.
No
había mucho más que decir, ese tipo viejo que ahora mismo yacía inerte en medio
de una iglesia colmada de gente, me había cambiado la vida para siempre. En
ninguna foto aparecía Maradona, que para esa época debía ser un niño que se
iniciaba en las inferiores y seguramente alcanzaba pelotas en la cancha.
Desconozco absolutamente la calidad que pudo haber tenido mi abuelo. No sé si
fue un habilidoso centrocampista, un escurridizo puntero izquierdo, o el más torpe
de los back centrales. Poco me importa si era aplaudido por su técnico o si
salía abucheado por la hinchada. De lo único que tenía certeza es que mi abuelo
le firmaba autógrafos a ese niño que más tarde haría temblar estadios enteros.
En algún momento habrá sido su ídolo, que no era muy distinto a ser el ídolo de
Dios.
Ahora
mi abuelo emprendía un misterioso y desconocido viaje, donde dicen que se debe
atravesar un túnel, como esos que se cruzan para salir a la cancha, no lo sé. Mi
madre decía que se tenía que ir derecho para el cielo, que Dios lo estaría
esperando, aunque mi abuela tenía sus reservas, y decía que a Dios no se le
conquista tan fácilmente. Yo no tenía duda, a mi abuelo poco le importaba
llegar donde Dios, porque de algún modo ya lo había conquistado... al otro, al
otro Dios.
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