|
Por: Andrés Delgado - Lector de El Grifo
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
El parque se extendía por praderas llanas y verdes y estaba cruzado por una
telaraña de frescos senderos empedrados. Con árboles aquí y allá, las sombras aquietadas se posaban en el prado. Era un día caluroso, de un cielo sin nubes y completamente azul. Un azul esférico; inmenso. Con mis dos pequeñas hijas acababa de llegar e íbamos por uno de los caminos. La más pequeña tenía cuatro años, la mayor seis. Las niñas me adelantaban por unos cuantos pasos, custodiadas por las bancas de hierro puestas a los lados del camino. Iban sin nada en las manos. En cambio yo, cargaba en cada hombro una pequeña mochila. Una era azul, la otra roja. En ellas, su mamá les empacaba juguetes y algunos dulces para el paseo. Nunca viví con mi mujer, pero por lo general salía con mis hijas cada fin de semana. La más pequeña y juguetona echó a correr por el prado y la otra, detrás, se lanzó a perseguirla con el mismo afán. Corrían felices, libres por el campo abierto. Ahora pienso que lo sucedido en aquel parque se pudo evitar. Hubiera sido tan fácil irme con las niñas desde el primer momento que presentí el riesgo y que algo malo iba a suceder.
Luego de dar un rodeo fuimos a las construcciones de madera, unos juegos infantiles con mallas, pasa-manos y columpios. Pero las nenas no quisieron quedarse allí. Prefirieron la piscina de arena que estaba un poco más allá de los juegos. De modo que caminamos hasta ella. Sobre el arenal caía una enorme sombra proyectada por un árbol espeso. La niñas me pidieron las maletas coloridas y de ellas sacaron las palas de plástico, unos baldes, dos muñecos, y varios carros. Yo me senté en la banca, bajo la copa del árbol que proyectaba la espesa sombra. Me puse a mirar el juego de las niñas. Ellas estaban absortas, entretenidas, fantaseando su aventura. Sus voces naturales eran dulces, pero a pesar de ello, e identificadas con la trama del juego que seguían, las cambiaban a un timbre más alto y vivaracho, haciendo un tierno falsete para simular la voz de sus personajes actuados. El sol a mi espalda, en un parsimonioso y continuo movimiento, caía por el cóncavo cielo, empujado el día. Las sombras, perezosas, avanzaban por el prado y la arena. La tardecita estaba tranquila. Cuando una corriente de aire pasaba yo miraba al cielo y respiraba con hondura. La verdad es que estaba muy contento teniendo a mis hijas cerca. Las amaba. Era feliz con ellas. En un momento, sin ton ni son, la nena menor interrumpió su juego y vino a darme un abrazo. La cargué en mis piernas y le corrí el pelo de la cara. Me miró con ternura, con sus ojos brillantes, muy bellos, y me dijo: "papá, te quiero mucho". Le sonreí. Me sonrió. Luego se bajó de mis piernas y volvió corriendo al arenal.
A veces yo barría con la mirada la porción del parque que estaba al alcance para verificar que no hubiera nada extraño. A la izquierda, a media cuadra, se acababa el parque. Una calle pasaba por allí y al otro lado de ésta se extendía una larga pared inerte de ladrillos, como si acogiera una empresa en su interior. La pared por lo general permanecía libre. Pero ese día un grupo de jóvenes pasaba la tarde recostados en el muro, a la sombra de un árbol que los refrescaba. Estaban en lo suyo, sin prestar demasiada atención a lo que sucedía en el parque. Este sector estaba cerca del centro de la ciudad y no era raro ver desperdigados por el parque a varios sujetos sospechosos. Unos estaban bien puestos en sus prendas. Otros iban mal vestidos. Pero invariablemente estaban solitarios, y vagando, mirando las familias, los novios, o a otros solitarios. El sitio era muy bonito pero igual había que estar atento. No era gratuito que por el parque se pasearan algunos vigilantes con escopetas de alto calibre.
Las nenas comenzaron a quitar arena para construir lo que parecía una carretera cuando escuché un grito. Sentado, giré la cabeza para verificar. Un joven venía por el sendero. El muchacho era menor que yo. Debía tener unos veinte años. Viniendo en mi dirección, acosaba con gritos a un niño que lo seguía desganado y lloriqueando. El niño le llamaba "papá" y le pedía que lo esperara. Casi al punto de llegar a mi lado el joven se detuvo, y esperó al pequeño. Cuando el niño le dio alcance, con fuerza le arrebató la pequeña mano y lo haló, desesperado y maltratando, buscando que su hijo agilizara el paso. El niño entonces lloró con más fuerza, gritando, y sacudió la mano rebelde, queriendo zafarse. Pero el joven lo apretaba con tenacidad.
Este papá lucía muy mal. De camiseta, jeans y tenis, se notaba que esa ropa llevaba, por lo menos, una semana entera sin lavarse. "Una valija desajustada de la periferia", me dije. El jeans estaba sucio y la camiseta blanca esperaba por una buena lavada en blanqueador. El niño, vestido casi en las mismas condiciones, estaba lamiéndose una paleta verde. Ésta se derretía y las gotas dulces le resbalaban por los dedos, unas cayendo sobre las piedras del camino, otras viajando hasta el final de su antebrazo. Y a cada paso restregaba su codo pegacheto contra la camisa, intentando limpiarse. Además el cabello lo tenía revolcado y de la nariz le bajaban unos mocos líquidos y trasparentes.
- Te vas a ganar una paliza, mariconcito-, regañó desesperado el muchacho a su hijo. El pequeño, llorando, caminó de mala gana. Así, siguieron por el sendero. Sentí lástima por el niño. Desde ya estaba convertido en una pequeña piltrafa. Pero no era culpa suya, por supuesto. El joven padre le cedía toda su vulgaridad. De esa manera, los dos llegaron hasta una de las bancas del parque, no muy lejos de donde yo estaba, a toda mi izquierda, casi al punto de la calle. El muchacho sentó al pequeño en la banca y escuché que le dijo: - chúpese esa paleta aquí, y relájese, que ya vuelvo-. Luego, sin el niño, la valija siguió alejándose por mi izquierda hasta la calle, esperó a que pasara un carro y la cruzó. Al otro lado saludó al grupo de vagos recostados en el muro. Vi un graffiti en la pared: "Sin violencia no hay rock and roll". La valija chocó la mano con todos y luego, apoyado también a la pared, sacó un cigarro y lo prendió. Por lo espeso que era el humo, y por su blancura, supe que era marihuana lo que fumaba. Con el porro en la mano, dándole una larga chupada, fue la primera vez que me echó un vistazo. Nos miramos. El deteniendo, mirando al frente y yo girando la cabeza a mi izquierda. Yo lo miraba con la tranquilidad de la tardecita, y él me tiraba un desafío por los ojos; insolente. Así que giré la cabeza y volví al juego de mis pequeñas. Hasta entonces pensé que la valija no se percataba de nuestra presencia. Pero yo estaba equivocado. Desde hacía rato él sabía que nosotros estábamos allí. Y por eso había dejado al pequeño cerca de las niñas, pensando seguramente que, de esa manera, podría estar un poco más de tiempo con los otros vagos sin que el niño le molestara. Hubiera sido mejor hacerse acompañar de su hijo, y enseñarle a fumar marihuana de una vez, que haberlo dejado solo en aquel parque.
El niño se bajó de la banca, tiró a un lado el palito de madera que soportaba la paleta, y se metió en el arenal. Se acercó a las niñas y estuvo entretenido recogiendo poquitos de arena en las manos. Como era de esperarse, con todo el pegote causado por la dulzura de la paleta, sus manos le quedaron envueltas en una capa de arena. Así se acercó a la nena menor, quien estaba agachada cogiendo tierra. La miró por un momento y, cuando ella giró la cabeza para mirarlo también, de un ágil movimiento le arrebató de las manos una muñeca de plástico. Luego salió corriendo con el juguete en la mano, en un ataque de risa. De inmediato la nena tuvo el llanto en su boca, y en sus ojos, y salió corriendo en mi búsqueda. La niña mayor, en cambio, corrió detrás del chico por el prado. El niño iba y volvía, engañando a mi hija con sus amagues.
Sentí una furia tan tenaz que estuve a punto de pegarle un tiro a ese cabroncito. Y en verdad que lo iba a hacer. Pero la presencia de las niñas y el mal recuerdo de un infanticidio me dominaron. Contuve mi impulso inicial, y tratando de calmarme, llegué trotando hasta el tierrero y grité con fuerza: - ¡Mariquita de mierda!-. El niño tiró la muñeca a un lado y, sin mirarme, se fue en dirección de su banca. Yo lo miraba caminando y me provocaba darle alcance para, por lo menos, levantarlo con una patada.
Ante circunstancias difíciles normalmente permanezco con la sangre fría. Mas ese día supe que, si alguno tenía que ver con la desgracia de mis hijas, recibiría de mi parte una reacción completamente visceral.
Detenido con los pies en el tierrero miré a la valija. También me estaba mirando y, a la vez, discutía con sus amigos. Gesticulaba con vehemencia, como si estuviera enojado. Pensé que a lo mejor había escuchado la imprecación mía contra el niño, lanzada en voz alta, y ahora me vigilaba. A ese niño, y a su padre, los empezaba a detestar. Volví la cara al pequeño que, sentado en la banca, me miraba con enojo, como si yo le hubiera hecho algo malo. ¿Qué estaba pensado el desgraciadito? ¿Que el mundo era suyo?, ¿Que tenía pleno derecho a violentar con el arrebato? ¿Que le tenía miedo? El niño tenía la cara sucia, y en general estaba muy descuidado. Me miraba fijamente, con rabia, irrespetuoso, sosteniendo un reto. Era un resentimiento intenso, un rencor filoso que muchos pensarán ajeno de la infancia. Ese niño ya sabía odiar. La violencia que en un futuro podría desarrollar era miedosa. No pude dejar de sentir pena por esta sociedad de mierda. El niño tuvo que ver el malestar que se imprimió en mi rostro. A su edad ya había perdido toda inocencia. Así que no me quedó oportunidad: yo a él también lo comencé a odiar. Su destino en este mundo era el sufrimiento. Desde que había nacido lo estaba viviendo. Muy pronto, y vagando por las calles de la ciudad, estaría consumido hasta el cuello por las llamas. Era cuestión de tiempo.
Bien pude haberme ido en ese momento, y de esa manera haber evitado todo. Pero el resentimiento no me dejó. Si me quedé allí en el parque, fue para verificar la causa de mi odio y para darles otra oportunidad al padre y al hijo escoria. Me quedé porque esperaba llegar a convencerme de que acabar con esas vidas no era una sensata solución. Lo siguiente que sucedió fue la representación de una tragedia, una premeditación. Dentro de la improvisación yo sabía qué debía hacer, y a dónde quería llegar. Sólo bastaba seguir el curso de las circunstancias y aprovechar las oportunidades. Y la ocasión llegó muy pronto. Sinceramente yo esperaba que el chico se reivindicara. Era su oportunidad. Volví a mirar a la valija. Todavía estaba vigilándome.
Mientras yo estaba detenido en el borde del arenal, mis niñas habían recogido el resto de los juguetes que tenían esparcidos. Giré para dar la espalda al tierrero y las vi detenidas junto a la banca. Me miraban con tranquilidad. Ambas tenían el cabello dorado, revolcado y largo, con las colas de pelo a medio coger. Tenían entierrados los pantalones, y las caras sucias. El regaño que me daría su madre estaba asegurado. Cuando me les acerqué, sentándome en la banca, les dije que volvieran al tierrero y jugaran de nuevo. - El chico ése no va a seguir importunando- les dije. Las niñas me obedecieron. Se fueron para el tierrero y soltaron los juguetes. Se sentaron y de nuevo comenzaron a jugar.
Pensé que todavía la valija debía estar mirándome, pendiente de mis acciones. Fingí indiferencia ante esa mirada. Sentado crucé la pierna y encendí un cigarrillo. Era mentolado y muy suave. Sentí el humo resbalar por la garganta. Contuve el aire y luego lo boté con suavidad. Una ráfaga de aire fresco esparció el humo y agitó las ramas de los árboles. Miré el cielo. Sentí que ya estaba un poco más calmado. Sabía que tenía que actuar con cautela. El cielo estaba azul, y el sol, inmenso en su luz, caía a mis espaldas de manera casi imperceptible.
El chico estuvo mirando a las niñas por unos minutos y, de un momento a otro, se bajó de la banca y se acercó de nuevo a ellas. Se le veía con una sonrisita mal camuflada. Había caído en mi señuelo. "Vamos a ver qué hace ahora", me dije poniéndole el ojo. Sabía que el asunto aún no terminaba. Había llegado la oportunidad del pequeño. Si me decepcionaba de nuevo..., lo mataría.
 |
Sentado en la banca giré la cabeza para echarle un vistazo a la valija. Y efectivamente todavía estaba mirándome. Volví rápido la mirada al pequeño. El chico caminaba, cercándose a las nenas. Al verlo venir, mis hijas iban a comenzar a recoger sus juguetes con afán. Inmediatamente las llamé, para que se quedaran quietas y entretenidas con lo que yo les decía, para que dejaran de recoger los muñecos, y darle tiempo al niño a que llegara cerca de ellas. Quería ver lo que iba a hacer el hijueputica. Las niñas me miraron, como preguntando, y en ese momento llegó el chico. Hasta entonces avanzaba con los pasos serenos, pero al estar cerca comenzó a repartir patadas a las muñecas, a los baldes, y al resto de juguetes que estaban desperdigados por la arena. Los que pateaba salían volando. Y con cada punta pie levantaba una polvareda. Sentado en la banca lo dejé que hiciera mientras las nenas venían corriendo asustadas a mi encuentro. Me contuve hasta que ellas salieron del tierrero y estuvieron lejos de las patadas del maldito canallita. Las niñas llegaron a la banca y, dejándolas allí, me encaminé al arenal. En ese momento volví la mirada en busca de la valija. Al notar que lo miraba, a la vez que iba en dirección de su hijo, me señaló con un dedo, mostrándoles a sus amigos. Todos me observaron con curiosidad, detenidos en la pared. "Bueno, -me dije-, vamos a ver qué hacer el cabrón mayor y su pandilla". Cuando el muchachito vio que me le acercaba intentó correr, y casi se me vuela de no ser porque di unas tres veloces zancadas. Agarrándolo duro por un hombro lo estrujé, y le dije ¡malparidito!, y lo miré con desprecio. Él, desde su corta estatura, agachando la cabeza y torciendo los ojos intentaba mirarme, con una rabia contenida y apretando los labios. Sacudía el hombro, tratando de liberarse. Las niñas recogieron sus juguetes y me esperaron con ellos en los brazos junto a la banca. Maltratándolo al chico giré para buscar a la valija. El también me miró y se dejó venir solo. Sus amigos aguardaban. Todo funcionaba a mi manera. Largué al pequeño y me fui en busca de las niñas.
Al estar cerca de nosotros, la valija me miró y yo fingí miedo y afán. Dije a las niñas que nos fuéramos "ya mismo del parque". Al tipo se le salió una risita que era a la vez malévola y pícara, burlándose de mí. Para ese momento todos estábamos cerca de la banca. El niño se adelantó y con un golpe tumbó los juguetes que llenaban los brazos de la más pequeña. Y casi me le voy encima. Pero de nuevo me contuve. La nena soltó el llanto, asustada, y se abrazó a mis muslos. La nena mayor, con sus juguetes todavía abrazados, pegó su hombro a mis piernas. Fingí que me asustaba. El tipo estaba orgulloso de sí mismo y de su hijo. Y me creyó un cobarde. Los juguetes quedaron regados por el camino pero el niño, detenido al lado de su padre, no se atrevió a cogerlos. De manera que, empujándolo con brusquedad hacía ellos, la valija habló sin dejar de mirarme con malicia: - vaya pues papi, juegue con los juguetes..., o es que le da miedo-. En nuestra presencia, el niño se agachó y empezó a reunir en torno suyo los muñecos de mi hija. La valija no pudo contener un gesto de satisfacción. Al niño también se le veía muy contento.
Llevé las niñas al auto, que no estaba lejos de allí, y dejándolas en la silla de atrás volví con afán al parque. Caminaba rápido. Sentí el corazón palpitar con más fuerza. La respiración se volvió atropellada. Era ridículo que estuviera así. Pero era imposible controlarme. Sentía rabia. Sentí desprecio por el cabrón y por su hijo. Estaba resentido. Muy resentido.
Iba de regreso al arenal, caminando por el prado, cuando pensé cómo era posible que un papá llamara a su hijo "papi". Una palabrilla que a menudo usan las putas con exagerada ternura, una ternura interesada y fingida. La valija debió aprenderla de su madre, o de su mujer. A lo lejos observé que el resto de muchachos que charlaban con la valija se alejaban caminando. "Ojalá les claven de a tiro a esos vagos", deseé con sinceridad. Traté de espantar la furia y la ansiedad que llevaba para pensar mejor. Mientras llegaba, vi al cabroncito jugando con los cacharros de mi hija. El niño se divertía con ellos. "Esa desgraciada alimaña", pensé. Al lado de la banca, y pegado al tronco del árbol, el cabrón-mayor inhalaba cocaína. Para beneficio de la valija, esnifando, y para mí, el vigilante del sector estaba entretenido un poco más allá, mirando un perro correr por el campo abierto. Cuando la valija me vio se quedó quieto, a unos metros de su hijo, recostado en el tronco. Me miraba con una risita ofensiva, sintiéndose orgulloso del temprano talento de su hijo. Estaba convencido de mi fragilidad, y de que iba a tener que vérmelas con la granujita para recuperar los juguetes. Entonces para que entendiera lo grave del asunto le sostuve con severidad la mirada. Al interpretar la cara mala que yo traía, azarado guardó el papel mantequilla en el que guardaba la droga. Pero no se acercó. Se quedó recostado al árbol, en una actitud terca y autosuficiente. Pobre hijo de puta, pensé, un hombre sin miedo es un estúpido. Llegué a unos cuantos pasos del pequeño. Estaba sentado en la tierra, se le notaba su felicidad, restablecida su inocencia, entretenido con los "juguetes nuevos." Aún no me había visto pero, al detenerme cerca, desde abajo me echó un vistazo. Y al verme puso la cara rígida y miró impresionado a su papá, como preguntándole. En ese momento desenfundé mi pistola, y antes de arrepentirme, apunté a la frente del pequeño, y de un solo tiro le abrí un hueco en la cabeza. Como el niño estaba sentado en la tierra el impacto lo tumbó de espaldas.
Esa fue una muerte inmediata. Con la velocidad del fogonazo deseé que mi muerte llegara de esa forma. Rápido giré para ver qué hacía la valija. El idiota venía, no sé al son de qué, corriendo hacia mí, y me gritó: ¡gonorrea, qué hiciste! Sin amenazarlo por lo menos, - porque bien pude haber levantado la pistola para atemorizado, - dirigí el arma y le pegué un tiro en la pierna. El tipo calló al prado. Se quejó, agarrándose el muslo que tenía herido. Unos cuantos curiosos, a una corta distancia y detrás de los árboles, asomaban con cuidado las cabezas y me miraban asustados. En un primer barrido del parque no ubiqué al vigilante. Así que volví a recorrerlo con la vista atenta. El parque estaba desierto. En la distancia un perro ladraba. De modo que me despreocupé y bajé el arma. Me acerqué a la valija. Tumbado en el césped se quejaba, cogiéndose la pierna y arrugando la cara del dolor. Cuando lo tuve a un metro de distancia levanté la pistola y le apunte a la cabeza. El tipo lloraba. -¡Parce, no me mate!-, me rogó. Aproveché para mirarle la angustia en el rostro mientras pedía por su vida. Pobre diablo, pensé, y le metí un par de tiros en las rodillas que le putiaron las piernas. Destrozadas sus articulaciones, supe que el hombre no volvería a caminar normalmente. Le di un último vistazo al chico muerto. De la cabeza brotaba sangre en abundantes cantidades para filtrarse en la arena.
Di vuelta y me dirigí al auto en donde me aguardaban las pequeñas. En una mano agitaba la pistola caliente mientras avanzaba, cuidando los lados de mi camino. En breves momentos giraba la cabeza para asegurar mi retaguardia. "Esos dos no se van a extrañar", pensé. "Una muerte de ésas no la tiene todo el mundo: sin haber vivido el mundo terrible, y en menos de un segundo. Sí, el cabroncito tuvo suerte."
Cuando llegué hasta el carro puse la pistola en el asiento del copiloto, no fuera que algún inconveniente se atravesara. La nena menor estaba sentada, entretenida jugando con sus manos, tarareando una cancioncilla. Estaba aún tan pequeña que, recostada en el espaldar y con las piernitas totalmente estiradas sobre el asiento, las suelas de sus zapatos a penas llegaban al borde de la silla. Ni me miró cuando llegué. La mayor, viendo que dejaba la pistola a un lado, me preguntó qué estaba haciendo.
- Fui a regalarle los juguetes a ese niño - le dije, pero ella iba a seguir preguntando, entonces le arrebaté - y ya no preguntes más, mi nena, es mejor que te acomodes, que nos vamos.
Estuvimos dando un breve rodeo por algunas avenidas. Estaba seguro de que no éramos seguidos, pero quería confirmar. La justicia y la policía de este país es una vulgaridad. La impunidad es vergonzosa. Habíamos tomado una avenida principal demasiado congestionada. Así que me desvié por una calle solitaria en busca de una vía alterna. En la soledad de la calle giré la cabeza, a mi diagonal, para mirar a la pequeña. Ella me observó, dulce, y me regaló una sonrisa preciosa. Me preguntó por sus juguetes. - Mañana, nena, te voy a comprar unos nuevos, ya verás -.
Add as favourites (14) | Cite este artículo en su sitio | Views: 776
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |