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La memoria no se borra - Los fundamentos materiales
Por:
Carlos Mario Cano - Estudiante Comunicación Social UPB -
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"¿Es
necesario verla para recordarla?, no lo creo. Es necesario sentirla para no
tener necesidad de su presencia, para que ella vuele lejos, para que su
ausencia certifique lo que siento. Me guardaré mientras regresa, cuidaré a mi
madre y consentiré a mis sobrinas, ayudaré a la gente y seré un hombre ejemplar
en mi Iglesia".
"Fue
una buena promesa, lástima que su rostro se diluyó en los rostros de tantas
mujeres que he visto y me la recuerdan. Aún soy sacristán, pero mi madre ya
murió y a mis sobrinas no las puedo ver".
Le
gustaba mucho pensar mientras caminaba, se sentía en un mundo mejor al que
estaba a su alrededor, a la mierda que -contra toda esperanza- le había tocado
vivir. Se reconocía fracasado e impotente ante su futuro porque podía ser un
estúpido pero nunca idealista. Algo le habían enseñado esos siete años de
espera: los sueños nunca llegarán, el hombre se engaña para hacer soportable
una vida que no tiene sentido.
"¿Qué
sentido tienen las gafas si no puedo ver a los que quiero?", se preguntaba
mientras recogía en una de las tantas ópticas de la calle Sucre aquellos
minúsculos elementos que disiparían las huellas borrosas de su vida: hace poco
se había convertido en un ciego manifiesto, porque el mundo es ciego pero nunca
se percatará de ello.
De
regreso a casa y al levantar sus ojos del pavimento se encontró con un lugar en
el que había carteleras con mujeres impúdicas e indecentes que exhibían sus
atributos con alegría: se había encontrado con la ironía que irrumpió en su
vida para mostrarle que el azar es el sentido de la existencia. Quiso
santiguarse pero recordó que era su día de descanso -no tenía que fingir
religiosidad ni piedad-, sus ojos se exaltaron, su nariz se aguzó, sus músculos
se crisparon, sus movimientos fueron más ágiles, parecía que hubiese despertado
de repente. Ya estaba en el reino de los gemidos, de las poses inverosímiles,
de las respiraciones agitadas, de la erección. "Y yo que no le veía objeto a
estas gafas" pensó, sin dejar de esbozar una pueril sonrisa de satisfacción.
-¿Por
qué no se sientan?- se preguntó mientras
miraba con asombro a esos hombres que preferían quedarse al lado de las
paredes, "debe ser que es más oscuro y se siente mejor", respondió su memoria
que se estaba tornando agresiva pues él ya era uno de aquellos que sostenían
los muros de sus desgracias refugiándose en la madre que lo encubre todo y nunca dice nada. Lo que veían sus nuevos
ojos era tres personas desnudas: ellos hacían gestos de placer que nadie cuerdo
creería, ella complacía a los hombres y no despertaba en el sacristán más que
un leve cosquilleo en el vientre que devino en monotonía. Él no quería echar a
perder su paraíso y por eso se sentó a la espera de una nueva película. Estaba
seguro que aquellas sillas tenían muchísimos años: la madera era bastante vieja
y las huellas que habían dejado sus visitantes eran incontables.
Al
fin llegó lo que quería: una nueva película -más de lo mismo con diferentes
rostros- apareció en la pantalla. Para desconsuelo de todos, carecía de sonido,
ellos sabían muy bien lo que encubrían los gemidos. Al final no le importó: las
sensaciones que la silla le permitía eran mucho mejores que las de cuando
estaba en pie. Su memoria no recordó más las promesas, a su mente volvían
imágenes de la niñez, de cómo siempre estuvo enamorado de la jugadora de tenis
y nunca fue capaz de decírselo, de cómo en la noche le escribía cartas de amor
que al otro día estaban en la basura, de cómo intentó hacerse el malo para que
ella lo notara, de cómo nunca le pronunció una palabra ni le dio un abrazo,
recordó aquel día que se dio cuenta que ella tenía novio, recordó el olvido y
la tristeza de esos años. La alegría le volvió al alma al pensar en octavo
grado que fue para él el año más significativo de la vida por todo lo que le
había ayudado a descubrir. -Sí, fue el año de mi despertar-, asintió.
Lástima
que se quedó eternamente en el grado octavo. Nunca tuvo novia en el colegio. A
la que esperaba la conoció en su juventud, en ella estaba guardado lo que
quedaba de esperanza en su corazón. -¿Cómo será tener una novia?-, pensó
mientras un gemir lastimero lo trajo de vuelta al mundo.
En
la mujer de la película se depositaban los placeres de dos faunos que parecían
insaciables. Ella se cansó de tanta monotonía y decidió quedarse sola: sus curvas
estaban muy bien definidas, sus pechos no eran firmes pero atraían, sus nalgas
no cabían en palabras, y su rostro era como el de la que esperaba. Eso llamó
especialmente la atención del sacristán, que empezó a respirar más rápido, a
pensar menos, a dejarse llevar por las imágenes de una mujer que se complacía a
sí misma ante su mirada y que se movía lentamente intentando prolongar esos
momentos. Ella se salió de la pantalla y empezó a caminar a su encuentro, él se
excitaba cada vez más, la veía borrosa pese a las gafas, la quería para él, su
respiración no aguantaba más, su calor aumentaba, parece que la espera había
sido la suficiente y que ya iba a terminar, ahora todo tenía sentido, ahora iba
a consumar su amor. Se sintió fuerte gracias a la oscuridad, intentó erguirse
pero algo se lo impedía: sentía que sus ojos eran más agudos de lo normal, que
sus orejas se habían afilado y sus oídos
eran más atentos, empezó a sentir un hedor que no sabía de dónde salía, sintió
deseos de reír por tanto placer, porque su corazón latía de nuevo y con bríos
más fuertes, su risa fue una carcajada estridente a la que todo el mundo temió.
La
luz apareció de repente y disipó a la mujer que lo buscaba. -¡Maldita sea!-,
pensó, inmediatamente sintió temor y salió huyendo de aquel lugar, corría como
lo que realmente era: una hiena herida que sólo encuentra refugio y saciedad en
la noche.
Ella
era una mujer hermosa, nunca fue presa de su belleza, disfrutó sin
remordimiento de todo lo que le permitió la vida. Entendió que hay poco tiempo,
la estadía terrenal puede ser un instante de alegría o de tristeza, o de ambas
mezcladas. La vida le mostró que muchas veces es difícil elegir el camino que
dicta la razón, que la niñez es ese estado idílico en el que el amor se
mantiene puro, y por tanto, inaccesible al hombre, que necesita traer todo a la
tierra para poder vivirlo.
En
la calle se guardó de los lugares iluminados y el ruido estridente, temía que
alguien lo encontrara y lo pateara. Al mínimo ruido corría como gallina
despavorida. -¿Adónde voy, qué quiero hacer?- no podía responderse, sólo se
guiaba por el olor más pútrido que llegaba a él, el hedor que lo llevaba a su
alimento. Muchas veces se desvió de su camino: la noche era una fuente de
aromas sórdidos y placenteros para él, la ciudad lo excitaba pero el temor de
verse sorprendido no desaparecería nunca. Llegó a un parque pero no encontró lo
que quería, siguió corriendo y al alzar su mirada se encontró con un edificio
de tres cabezas que lo acechaban, el hedor se hacía cada vez más fuerte y
penetrante, su expectativa aumentaba, sus piernas temblaban de cansancio, su
objetivo era la presa que estaba cerca, sólo faltaban unos cuantos pasos para
su encuentro.
Vivía
desde hace poco sola, empezaba a experimentar la melancolía que la soledad
producía, empezó a recordar a quienes habían pasado por su vida: los novios de
los que su único rastro era una fotografía y una carta, las amigas que le
habían dado la espalda por peleas estúpidas, los amigos que empezaban como eso
y luego se enamoraban de ella, echándolo todo a perder.
No
había ninguna amenaza en aquel lugar rodeado por torres antiguas y una
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fuente
ancestral. No había por qué temer. Se irguió con dificultad y con paso
triunfante pero lento se dirigió a su presa: una gata herida de ojos
desorbitados, nalgas roídas y pechos gigantescos, una felina parada en una
esquina, sostenida por sus desgracias, una hembra que saciaría su hambre pese a
estar muerta en vida. Al verla destrozada se excitó aún más, recordó que sólo
le gustaban las nauseabundas, las que nadie quería pero más experiencia tenían,
las que gastaron su vida en aquellas lides y estaban allí más por melancolía y
necesidad que por gusto, las que estaban hastiadas pero no encontraban más que
hacer, las que no pueden encontrar sosiego porque una puta nunca se jubila.
Recordó a Carlota y Felipa, cómo lo habían hecho feliz y lo habían saciado
hasta el punto de llevarlo a sentir hastío por el sexo. Un hastío que cada vez
que recordaba le traía tranquilidad: quizás el hastío de la vida cesa con la
muerte, entonces la muerte es placentera y pese al dolor nos trae la paz. Su
pensamiento se diluyó, no volvería más a las elucubraciones estúpidas que
siempre lo atormentaban.
"Pasan
los años y nunca más sabemos de los que estuvieron con nosotros en el colegio,
de los que crecieron cerca nuestro y nos hicieron felices, vamos por un camino
de soledad que a veces nos regala compañías que se desvanecen en nuestras
manos, ¿para cuántos amores estará hecho mi corazón?".
"Hay
que temer a los silencios, ellos pueden hacernos desaparecer de la memoria de
las personas, quienes acallan lo que sienten pueden pasar desapercibidas y no
dejar huella, pueden ser nada para siempre" decía la mujer mientras veía la
fotografía de uno de los amigos de la casa. Se llamaba Andrés y nunca más supo
de él, sólo deseaba que todavía existieran esas cejas que acompañaban unos
ojos, que añoraba, estuvieran intactos.
Acosado
por el hambre y con un deseo incontenible por esa carroña le lanzó un zarpazo a
la cara que la derribó al suelo, en el que había restos de uno de sus platos
preferidos cuando no encontraba pestilencias: chunchurria, ella no se inmutó, al cabo de un rato reaccionó y sus
únicas palabras fueron "es mejor que nos vamos de aquí, están cerca los
leones". La hiena despertó de su idilio, los leones podían quitarle su
alimento, como tantas veces él mismo lo había hecho con ellos.
Se
dejó guiar, manso y tranquilo por las calles cercanas a una blanca iglesia: La Veracruz, subió detrás de
ella las escaleras de un lugar llamado el Capiro, conteniendo el deseo que
parecía irrefrenable de abalanzársele encima y destruirla, de acabar con lo
poco que todavía había en ella, de volverla mierda.
Los
atendió un búho de anteojos gigantes, "una pieza de cuatro mil" fueron las
palabras que emergieron de aquella gata que también estaba herida. Un pasillo
intrincado los llevó al lugar que buscaban, una cama gigante los estaba
esperando. Las risas del fiero animal no se hicieron esperar, la ansiedad lo
carcomía, quería estar en paz, quería llegar a la tranquilidad, quería morir.
La gata hizo lo que debía, la hiena sintió miedo y salió corriendo, él sabía
muy bien que una vez todo terminaba lo mejor era salir huyendo porque luego del
placer queda un vacío gigante que se llena con cariño o con una intensa
repulsión que es capaz de cualquier cosa.
Mientras
corría rumbo a su Iglesia recordó los gemidos de la gata herida, -estaba fingiendo- pensó sin sombra
de dudas. Pedía mucho este patético animal, cómo quiere sinceridad cuando
alguien se desgarra por dentro, cuando alguien es torturado, cuando alguien
consiente que lo violen. Estúpidas las hienas que ven un cuerpo sano y no son
capaces de mirarlo a los ojos, que le temen a la lozanía, firmeza y belleza.
Pobres las hienas que esperan que la carne se pudra para poder comérsela.
La
hiena durmió saciada toda la noche; el sacristán se levantó presto en la
mañana: un Matrimonio se consumaría en la Iglesia y era necesario que todo estuviera listo.
El
sacristán prometió que nada sería como antes si ella regresaba, ella anhelaba
encontrarse algún día con los amigos que hacían parte de su pasado.
Muchas
veces los deseos no son suficientes, muchas veces la realidad se burla de los
sueños del hombre, muchas veces nos gana la ausencia. Si les cuento que se
encontraron o que nunca se volvieron a ver le quitaría a la vida la posibilidad
de sorprenderlos, quitaría a la vida lo
cómico, lo inverosímil, lo estúpido, que es precisamente lo que la hace
hermosa.
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