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Andrés Delgado / Colaborador
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Hubo un tiempo en el que a las personas que viven de
recoger cartones y latas por la calle se
les llamó "los desechables".
Una mañana, dos ellos en una carreta, se instalaron a
mitad de cuadra,
pegados a la acera. Ambos vestían de pantaloneta, camiseta y
tenis amarrados con pita. Sus brazos estaban oscuros, del polvo concentrado que
comienza a formar costra. Uno de ellos, el más alto y delgado, tenía una gorra azul y roja, del
DIM, tan oscura ya, que parecía una teja bañada con el hollín de una autopista.
El otro, mucho más bajo, pero igual de flaco, tenía en la mano un palo de
escoba sin el cepillo. Era temprano, tal vez las 6:00, y la frescura de la
mañana era la única que recorría las aceras y las calles.
Cuando el carro de la basura recorre los barrios,
"los desechables" también salen a espulgar las bolsas dejadas en la calle. Y
saben seleccionar el barrio a recolectar. En los estratos bajos no hay opción.
En ellos no tiran cosas a la calle sin antes llevarlas hasta el límite. Y los
ricos no sacan basura a la calle. Es raro, pero es así. De modo que la basura
de La Floresta,
El Estadio o San Joaquín, por ejemplo, está de primera mano. Luego de transitarlos,
encaramando en sus carretas toda suerte de cachivaches, "los desechables" bajan
al Centro de Medellín para vender en algún acopio de reciclaje toda su
miscelánea.
Cuando estos dos llegaron a la cuadra, el más bajito,
con el palo de escoba, caminó hasta la esquina y se perdió de vista. El otro,
el de gorra, se quedó esperando, sentado en la carreta. Al momento apareció el
otro. Traía una bolsa negra. Dijo haberla encontrado al pie de un edificio. El
de gorra cogió el paquete y de él sacó otras bolsas más pequeñas. Tomó una y la
estiró, haciendo fuerza con los dedos hasta romperla. Sobre el plástico
apareció una mezcla de arroz amarillo y sopa, sobras de frijoles, hebras de
repollo y cebolla, y pedacitos de tomate. Luego de mirar lo que había metió el
rostro en la melcocha y se engulló un buen bocado. Así masticó: con los
cachetes inflados y se demoró para tragar mientras el otro con el palo lo
miraba. Luego se llevó otra porción a la boca, y otra, y otra más, y entonces
cedió la bolsa a su compañero. Los tipos comían sin cuchara. De haber tenido,
al menos un tenedor, hace rato lo hubieran vendido.
Al terminar, el de gorra sacó medio cigarrillo,
arrugado, ya encendido y apagado con anterioridad..., un regalo de la calle. Sacó
candela, lo prendió y fumó como si estuviera exhalando un humo delicioso. Al
llegar al punto del filtro, lo cedió. El bajito lo recibió, le dio una última
calada, quemando el cilindro de algodón, y tiró la cusca. Entonces el de gorra
se echó sobre unos costales dejados en la carreta y cerró los ojos. El otro,
estuvo mirando la calle por un momento. Luego metió la mano en uno de los
costales. Sacó un lapicero. Volvió a meter la mano. Esta vez, tuvo un papel. Se
acomodó en la carreta, dejó su palo a un lado, y comenzó a escribir. Hizo la
letra A, luego la E
y la I. De un momento a otro, sintió que se
acercaban unos pasos. Era un señor que venía por la acera. De modo que con
rapidez y un tanto nervioso escondió el papel y de pronto encontró muy
interesantes sus uñas largas y negras. El señor alcanzó la carreta y pasó de
largo. Así que volvió a coger el papel y siguió escribiendo. Terminó la O, y en la U se acabó la tinta. Estuvo
rayando la hoja tratando de sacarle otro aliento al lapicero, pero como éste no
respondió, lo tiró a la mitad de la calle. Luego alzó el papel. Lo miró por un
momento y leyó, exagerando la modulación: AAAA, EEEEE, IIIII.
Se detuvo y alzó la cabeza para observar alrededor. No había nadie. El
de gorra ni se movía en la carreta. Entonces
continuó: OOOO UUUUU. Miró de nuevo sus letras. Estaba orgulloso.
Se le veía en la cara.
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