| ¡Ay! Santa Mónica cómo te recuerdo |
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Laura Estrada Ocampo / Com. Social UPB /
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Del cielo cuelgan algunas cometas puestas allí por los agradecidos vientos de agosto. Una mujer vestida de pantalones cortos y camiseta sin mangas, camina por la orilla de la calzada con un coche en el que un bebé llora y manotea con histeria. El llanto del niño es tal vez el sonido más significativo en el paisaje, en el que si bien se ha ido acostumbrando poco a poco al estridente sonido de los buses, los domingos logra encontrar un poco de calma, cuando la ruta de Barrio Cristóbal- América reduce su número de vehículos a su mínima expresión. Los balcones son testigos silenciosos de una tarde habitada por niños en bicicleta, mujeres en sandalias comiendo paleta La Fresita, y ancianos esperando que un soplo de brisa les refresque la cara.
La vida en Santa Mónica parece fácil. Calles amplias, facilidad de acceso, viviendas en buen estado y una adecuada cantidad de locales comerciales: ni muchos ni pocos. Así el barrio no pierde el carácter residencial.
"Hágale despacito mamá que no hay afán. No se me vaya a tropezar". Martín ayuda a su madre con una paciencia de cirineo. La misma que tuvo para entrar a un hospital mental y a un centro de rehabilitación, cuando la adicción al consumo de bazuco estuvo a punto de acabar con su existencia.
Doña Marina tiene 81 años y dedicó gran parte de su vida a la fabricación y decoración de bizcochos de fiesta. Vive en el barrio Santa Mónica desde principios de la década de los 70, cuando por medio del Instituto de Crédito Territorial adquirió una de las casas que se estaban construyendo en un nuevo barrio cerca al sector de La América. Allí llegó con su esposo Alejandro, y sus hijos Martín y Socorro a la calle 36. Hoy en día Doña Marina vive en la misma casa, con sus dos hijos, cuatro de sus cinco nietos, y su bisnieto. A causa de su avanzada edad y su serio problema de visión, no pudo seguir ejerciendo el arte de la decoración de bizcochos, con el cual levantó a su familia desde la muerte de su esposo, pero su nieta Natalia de 22 años, que a su vez estudia psicología, siguió con la tradición. Todos los días llegan personas a tocar la puerta de doña Marina preguntando por los bizcochos.
Los vecinos de la casa también llegaron en la década de los 70, atraídos por las casas familiares que se estaban construyendo en las "Mangas del Chapolín". Gabriel y Amelia, una joven pareja venida de Sevilla Valle, compraron su casa para vivir con sus dos pequeños hijos María Teresa Y Héctor Fabio. "Por aquí vine a dar yo. Mis hermanos tenían la plata para comprar lotes por aquí, pero yo no sé por qué no quisieron. Pero aquí me quedé y de aquí ya no me voy a mover". Los años pasaron y llegaron Mauricio, Gloria y Rita, mientras que el barrio se poblaba lentamente, y los lotes baldíos donde Mauricio y Héctor solían jugar con arena y hacer travesuras, fueron reemplazados por casas de 2 pisos y balcón, ocupadas por familias de clase media, provenientes de otros sectores de la ciudad. Mauricio Ocampo pasó su infancia y adolescencia en el barrio.
Santa Mónica fue un proyecto creado en la década de los 70, por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), el cual decidió adecuar y dividir en lotes para vivienda los terrenos de la manga del Chapolín, un terreno en el que se hallaban algunas fincas, a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad. El Instituto de Crédito Territorial, también fue el responsable de la creación de barrios como Santa Lucía; todos alrededor del sector de La América el cual fue habitado desde principios de siglo por familias de clase media.
La manga del Chapolín era el paso obligado para los que deseaban llegar a los sectores de Belencito y el Corazón, asentamientos de clase baja que surgieron a principios de los años 20. Después de la década de los 70's, varias corporaciones de vivienda decidieron realizar proyectos en el naciente barrio. Una de las corporaciones era "Consucasa" que al igual que el ICT construyó varias viviendas que aún permanecen en pie.
La casa de Gabriel Ocampo y Amelia Pérez es uno de estos casos. A pesar de que sus cinco hijos ya crecieron y la mayoría de ellos se casaron, la casa continúa salvo algunas modificaciones internas, igual. En el antejardín lleno de flores y plantas cultivadas por Don Gabriel, todos los viernes en la noche y domingos por la tarde, se reúne la familia alrededor de una conversación, unas empanadas de iglesia y media botella de aguardiente. La tradición se mantiene por muchos años, y las escaleras del antejardín tuvieron que arreglárselas para albergar a nuevos novios, cuñados, nietos, primos y amigos que fueron llegando a la familia.
Como Doña Marina, Don Gabriel y Doña Amelia, existen muchos propietarios que aún conservan las casas que compraron 30 años atrás durante la construcción del barrio. Esto ha permitido que en Santa Mónica se cree un ambiente de confianza y camaradería entre la comunidad, que según cuentan los vecinos que más tiempo llevan en el barrio, ha perdurado por varias generaciones, a pesar de la proximidad con sectores como la terminal de buses del Barrio Cristóbal, que según algunos habitantes, ha funcionado por muchos años como expendedora clandestina de drogas; y por sectores como Belencito y El Corazón, que con el resto de la comuna 13, han sufrido a lo largo de su historia graves problemas de orden público.
Cecilia Restrepo nació en el barrio Manrique y allí pasó su infancia y adolescencia. Cuando se casó, su esposo que en esa época trabajaba en Coltejer, obtuvo un crédito con el ICT, y compró una casa en un barrio que para ella era totalmente desconocido. "Era como vivir en otro mundo. Había muchas mangas y hasta charcos. Entonces uno se sentía como viviendo en el campo". Poco después de que naciera su hija Bibiana, Cecilia montó una peluquería en el garaje la que mantuvo hasta el año 2007, cuando tuvo que vender su casa, separarse de su esposo, y comenzar una nueva vida 6 cuadras más abajo, que para ella significaron el mundo. "Este barrio es distinto cuadra por cuadra. Yo me acostumbré a estar rodeada de la misma gente. Eran unos vecinos maravillosos. El único "medioproblemita" que teníamos era Martín el hijo de doña Marina, pero con el tiempo todos lo aprendimos a manejar. Por aquí casi no me amaño. La gente es distinta. No ha vivido toda la vida por aquí, son puras casas alquiladas, entonces por eso no se siente el cariño y el respeto que sentía antes allá en la Calle 36. Pero por lo menos pude montar otra vez la peluquería y mantener mis clientas de siempre. Y estoy cerquita a donde fue siempre mi verdadera casa. Digamos que no me puedo quejar tanto." Sus ojos se tornan húmedos y decide cambiar el tema de conversación.
Esa es la particularidad de un barrio que nació como un proyecto de Ordenamiento Territorial, y que terminó quedándose en el imaginario colectivo de quienes lo habitaron por primera vez y aún siguen presentes de algún modo. Algunos como Cecilia (a pesar de las 6 cuadras de distancia), Amelia, Gabriel y Doña Marina, permanecen hoy caminando y sintiendo su barrio con las dificultades de la edad. Los demás, los que se murieron sin conocer el final de la historia (como a la larga nos va a pasar a todos) están presentes en las conversaciones de escaleras y balcones de quienes vuelven los viernes a donde nacieron a pesar de haber comprado un apartamento de tres alcobas y dos baños, en una loma con apellido al otro lado de la ciudad.
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Del cielo cuelgan algunas cometas puestas allí por los agradecidos vientos de agosto. Una mujer vestida de pantalones cortos y camiseta sin mangas, camina por la orilla de la calzada con un coche en el que un bebé llora y manotea con histeria. El llanto del niño es tal vez el sonido más significativo en el paisaje, en el que si bien se ha ido acostumbrando poco a poco al estridente sonido de los buses, los domingos logra encontrar un poco de calma, cuando la ruta de Barrio Cristóbal- América reduce su número de vehículos a su mínima expresión. Los balcones son testigos silenciosos de una tarde habitada por niños en bicicleta, mujeres en sandalias comiendo paleta La Fresita, y ancianos esperando que un soplo de brisa les refresque la cara.
La vida en Santa Mónica parece fácil. Calles amplias, facilidad de acceso, viviendas en buen estado y una adecuada cantidad de locales comerciales: ni muchos ni pocos. Así el barrio no pierde el carácter residencial.
"Hágale despacito mamá que no hay afán. No se me vaya a tropezar". Martín ayuda a su madre con una paciencia de cirineo. La misma que tuvo para entrar a un hospital mental y a un centro de rehabilitación, cuando la adicción al consumo de bazuco estuvo a punto de acabar con su existencia.
Doña Marina tiene 81 años y dedicó gran parte de su vida a la fabricación y decoración de bizcochos de fiesta. Vive en el barrio Santa Mónica desde principios de la década de los 70, cuando por medio del Instituto de Crédito Territorial adquirió una de las casas que se estaban construyendo en un nuevo barrio cerca al sector de La América. Allí llegó con su esposo Alejandro, y sus hijos Martín y Socorro a la calle 36. Hoy en día Doña Marina vive en la misma casa, con sus dos hijos, cuatro de sus cinco nietos, y su bisnieto. A causa de su avanzada edad y su serio problema de visión, no pudo seguir ejerciendo el arte de la decoración de bizcochos, con el cual levantó a su familia desde la muerte de su esposo, pero su nieta Natalia de 22 años, que a su vez estudia psicología, siguió con la tradición. Todos los días llegan personas a tocar la puerta de doña Marina preguntando por los bizcochos.
Los vecinos de la casa también llegaron en la década de los 70, atraídos por las casas familiares que se estaban construyendo en las "Mangas del Chapolín". Gabriel y Amelia, una joven pareja venida de Sevilla Valle, compraron su casa para vivir con sus dos pequeños hijos María Teresa Y Héctor Fabio. "Por aquí vine a dar yo. Mis hermanos tenían la plata para comprar lotes por aquí, pero yo no sé por qué no quisieron. Pero aquí me quedé y de aquí ya no me voy a mover". Los años pasaron y llegaron Mauricio, Gloria y Rita, mientras que el barrio se poblaba lentamente, y los lotes baldíos donde Mauricio y Héctor solían jugar con arena y hacer travesuras, fueron reemplazados por casas de 2 pisos y balcón, ocupadas por familias de clase media, provenientes de otros sectores de la ciudad. Mauricio Ocampo pasó su infancia y adolescencia en el barrio.
Santa Mónica fue un proyecto creado en la década de los 70, por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), el cual decidió adecuar y dividir en lotes para vivienda los terrenos de la manga del Chapolín, un terreno en el que se hallaban algunas fincas, a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad. El Instituto de Crédito Territorial, también fue el responsable de la creación de barrios como Santa Lucía; todos alrededor del sector de La América el cual fue habitado desde principios de siglo por familias de clase media.
La manga del Chapolín era el paso obligado para los que deseaban llegar a los sectores de Belencito y el Corazón, asentamientos de clase baja que surgieron a principios de los años 20. Después de la década de los 70's, varias corporaciones de vivienda decidieron realizar proyectos en el naciente barrio. Una de las corporaciones era "Consucasa" que al igual que el ICT construyó varias viviendas que aún permanecen en pie.
La casa de Gabriel Ocampo y Amelia Pérez es uno de estos casos. A pesar de que sus cinco hijos ya crecieron y la mayoría de ellos se casaron, la casa continúa salvo algunas modificaciones internas, igual. En el antejardín lleno de flores y plantas cultivadas por Don Gabriel, todos los viernes en la noche y domingos por la tarde, se reúne la familia alrededor de una conversación, unas empanadas de iglesia y media botella de aguardiente. La tradición se mantiene por muchos años, y las escaleras del antejardín tuvieron que arreglárselas para albergar a nuevos novios, cuñados, nietos, primos y amigos que fueron llegando a la familia.
Como Doña Marina, Don Gabriel y Doña Amelia, existen muchos propietarios que aún conservan las casas que compraron 30 años atrás durante la construcción del barrio. Esto ha permitido que en Santa Mónica se cree un ambiente de confianza y camaradería entre la comunidad, que según cuentan los vecinos que más tiempo llevan en el barrio, ha perdurado por varias generaciones, a pesar de la proximidad con sectores como la terminal de buses del Barrio Cristóbal, que según algunos habitantes, ha funcionado por muchos años como expendedora clandestina de drogas; y por sectores como Belencito y El Corazón, que con el resto de la comuna 13, han sufrido a lo largo de su historia graves problemas de orden público.
Cecilia Restrepo nació en el barrio Manrique y allí pasó su infancia y adolescencia. Cuando se casó, su esposo que en esa época trabajaba en Coltejer, obtuvo un crédito con el ICT, y compró una casa en un barrio que para ella era totalmente desconocido. "Era como vivir en otro mundo. Había muchas mangas y hasta charcos. Entonces uno se sentía como viviendo en el campo". Poco después de que naciera su hija Bibiana, Cecilia montó una peluquería en el garaje la que mantuvo hasta el año 2007, cuando tuvo que vender su casa, separarse de su esposo, y comenzar una nueva vida 6 cuadras más abajo, que para ella significaron el mundo. "Este barrio es distinto cuadra por cuadra. Yo me acostumbré a estar rodeada de la misma gente. Eran unos vecinos maravillosos. El único "medioproblemita" que teníamos era Martín el hijo de doña Marina, pero con el tiempo todos lo aprendimos a manejar. Por aquí casi no me amaño. La gente es distinta. No ha vivido toda la vida por aquí, son puras casas alquiladas, entonces por eso no se siente el cariño y el respeto que sentía antes allá en la Calle 36. Pero por lo menos pude montar otra vez la peluquería y mantener mis clientas de siempre. Y estoy cerquita a donde fue siempre mi verdadera casa. Digamos que no me puedo quejar tanto." Sus ojos se tornan húmedos y decide cambiar el tema de conversación.
Esa es la particularidad de un barrio que nació como un proyecto de Ordenamiento Territorial, y que terminó quedándose en el imaginario colectivo de quienes lo habitaron por primera vez y aún siguen presentes de algún modo. Algunos como Cecilia (a pesar de las 6 cuadras de distancia), Amelia, Gabriel y Doña Marina, permanecen hoy caminando y sintiendo su barrio con las dificultades de la edad. Los demás, los que se murieron sin conocer el final de la historia (como a la larga nos va a pasar a todos) están presentes en las conversaciones de escaleras y balcones de quienes vuelven los viernes a donde nacieron a pesar de haber comprado un apartamento de tres alcobas y dos baños, en una loma con apellido al otro lado de la ciudad.
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La vida en Santa Mónica parece fácil. Calles amplias, facilidad de acceso, viviendas en buen estado y una adecuada cantidad de locales comerciales: ni muchos ni pocos. Así el barrio no pierde el carácter residencial.
"Hágale despacito mamá que no hay afán. No se me vaya a tropezar". Martín ayuda a su madre con una paciencia de cirineo. La misma que tuvo para entrar a un hospital mental y a un centro de rehabilitación, cuando la adicción al consumo de bazuco estuvo a punto de acabar con su existencia.
Doña Marina tiene 81 años y dedicó gran parte de su vida a la fabricación y decoración de bizcochos de fiesta. Vive en el barrio Santa Mónica desde principios de la década de los 70, cuando por medio del Instituto de Crédito Territorial adquirió una de las casas que se estaban construyendo en un nuevo barrio cerca al sector de La América. Allí llegó con su esposo Alejandro, y sus hijos Martín y Socorro a la calle 36. Hoy en día Doña Marina vive en la misma casa, con sus dos hijos, cuatro de sus cinco nietos, y su bisnieto. A causa de su avanzada edad y su serio problema de visión, no pudo seguir ejerciendo el arte de la decoración de bizcochos, con el cual levantó a su familia desde la muerte de su esposo, pero su nieta Natalia de 22 años, que a su vez estudia psicología, siguió con la tradición. Todos los días llegan personas a tocar la puerta de doña Marina preguntando por los bizcochos.
Los vecinos de la casa también llegaron en la década de los 70, atraídos por las casas familiares que se estaban construyendo en las "Mangas del Chapolín". Gabriel y Amelia, una joven pareja venida de Sevilla Valle, compraron su casa para vivir con sus dos pequeños hijos María Teresa Y Héctor Fabio. "Por aquí vine a dar yo. Mis hermanos tenían la plata para comprar lotes por aquí, pero yo no sé por qué no quisieron. Pero aquí me quedé y de aquí ya no me voy a mover". Los años pasaron y llegaron Mauricio, Gloria y Rita, mientras que el barrio se poblaba lentamente, y los lotes baldíos donde Mauricio y Héctor solían jugar con arena y hacer travesuras, fueron reemplazados por casas de 2 pisos y balcón, ocupadas por familias de clase media, provenientes de otros sectores de la ciudad. Mauricio Ocampo pasó su infancia y adolescencia en el barrio.
Santa Mónica fue un proyecto creado en la década de los 70, por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), el cual decidió adecuar y dividir en lotes para vivienda los terrenos de la manga del Chapolín, un terreno en el que se hallaban algunas fincas, a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad. El Instituto de Crédito Territorial, también fue el responsable de la creación de barrios como Santa Lucía; todos alrededor del sector de La América el cual fue habitado desde principios de siglo por familias de clase media.
La manga del Chapolín era el paso obligado para los que deseaban llegar a los sectores de Belencito y el Corazón, asentamientos de clase baja que surgieron a principios de los años 20. Después de la década de los 70's, varias corporaciones de vivienda decidieron realizar proyectos en el naciente barrio. Una de las corporaciones era "Consucasa" que al igual que el ICT construyó varias viviendas que aún permanecen en pie.
La casa de Gabriel Ocampo y Amelia Pérez es uno de estos casos. A pesar de que sus cinco hijos ya crecieron y la mayoría de ellos se casaron, la casa continúa salvo algunas modificaciones internas, igual. En el antejardín lleno de flores y plantas cultivadas por Don Gabriel, todos los viernes en la noche y domingos por la tarde, se reúne la familia alrededor de una conversación, unas empanadas de iglesia y media botella de aguardiente. La tradición se mantiene por muchos años, y las escaleras del antejardín tuvieron que arreglárselas para albergar a nuevos novios, cuñados, nietos, primos y amigos que fueron llegando a la familia.
Como Doña Marina, Don Gabriel y Doña Amelia, existen muchos propietarios que aún conservan las casas que compraron 30 años atrás durante la construcción del barrio. Esto ha permitido que en Santa Mónica se cree un ambiente de confianza y camaradería entre la comunidad, que según cuentan los vecinos que más tiempo llevan en el barrio, ha perdurado por varias generaciones, a pesar de la proximidad con sectores como la terminal de buses del Barrio Cristóbal, que según algunos habitantes, ha funcionado por muchos años como expendedora clandestina de drogas; y por sectores como Belencito y El Corazón, que con el resto de la comuna 13, han sufrido a lo largo de su historia graves problemas de orden público.
Cecilia Restrepo nació en el barrio Manrique y allí pasó su infancia y adolescencia. Cuando se casó, su esposo que en esa época trabajaba en Coltejer, obtuvo un crédito con el ICT, y compró una casa en un barrio que para ella era totalmente desconocido. "Era como vivir en otro mundo. Había muchas mangas y hasta charcos. Entonces uno se sentía como viviendo en el campo". Poco después de que naciera su hija Bibiana, Cecilia montó una peluquería en el garaje la que mantuvo hasta el año 2007, cuando tuvo que vender su casa, separarse de su esposo, y comenzar una nueva vida 6 cuadras más abajo, que para ella significaron el mundo. "Este barrio es distinto cuadra por cuadra. Yo me acostumbré a estar rodeada de la misma gente. Eran unos vecinos maravillosos. El único "medioproblemita" que teníamos era Martín el hijo de doña Marina, pero con el tiempo todos lo aprendimos a manejar. Por aquí casi no me amaño. La gente es distinta. No ha vivido toda la vida por aquí, son puras casas alquiladas, entonces por eso no se siente el cariño y el respeto que sentía antes allá en la Calle 36. Pero por lo menos pude montar otra vez la peluquería y mantener mis clientas de siempre. Y estoy cerquita a donde fue siempre mi verdadera casa. Digamos que no me puedo quejar tanto." Sus ojos se tornan húmedos y decide cambiar el tema de conversación.
Esa es la particularidad de un barrio que nació como un proyecto de Ordenamiento Territorial, y que terminó quedándose en el imaginario colectivo de quienes lo habitaron por primera vez y aún siguen presentes de algún modo. Algunos como Cecilia (a pesar de las 6 cuadras de distancia), Amelia, Gabriel y Doña Marina, permanecen hoy caminando y sintiendo su barrio con las dificultades de la edad. Los demás, los que se murieron sin conocer el final de la historia (como a la larga nos va a pasar a todos) están presentes en las conversaciones de escaleras y balcones de quienes vuelven los viernes a donde nacieron a pesar de haber comprado un apartamento de tres alcobas y dos baños, en una loma con apellido al otro lado de la ciudad.
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La vida en Santa Mónica parece fácil. Calles amplias, facilidad de acceso, viviendas en buen estado y una adecuada cantidad de locales comerciales: ni muchos ni pocos. Así el barrio no pierde el carácter residencial.
"Hágale despacito mamá que no hay afán. No se me vaya a tropezar". Martín ayuda a su madre con una paciencia de cirineo. La misma que tuvo para entrar a un hospital mental y a un centro de rehabilitación, cuando la adicción al consumo de bazuco estuvo a punto de acabar con su existencia.
Doña Marina tiene 81 años y dedicó gran parte de su vida a la fabricación y decoración de bizcochos de fiesta. Vive en el barrio Santa Mónica desde principios de la década de los 70, cuando por medio del Instituto de Crédito Territorial adquirió una de las casas que se estaban construyendo en un nuevo barrio cerca al sector de La América. Allí llegó con su esposo Alejandro, y sus hijos Martín y Socorro a la calle 36. Hoy en día Doña Marina vive en la misma casa, con sus dos hijos, cuatro de sus cinco nietos, y su bisnieto. A causa de su avanzada edad y su serio problema de visión, no pudo seguir ejerciendo el arte de la decoración de bizcochos, con el cual levantó a su familia desde la muerte de su esposo, pero su nieta Natalia de 22 años, que a su vez estudia psicología, siguió con la tradición. Todos los días llegan personas a tocar la puerta de doña Marina preguntando por los bizcochos.
Los vecinos de la casa también llegaron en la década de los 70, atraídos por las casas familiares que se estaban construyendo en las "Mangas del Chapolín". Gabriel y Amelia, una joven pareja venida de Sevilla Valle, compraron su casa para vivir con sus dos pequeños hijos María Teresa Y Héctor Fabio. "Por aquí vine a dar yo. Mis hermanos tenían la plata para comprar lotes por aquí, pero yo no sé por qué no quisieron. Pero aquí me quedé y de aquí ya no me voy a mover". Los años pasaron y llegaron Mauricio, Gloria y Rita, mientras que el barrio se poblaba lentamente, y los lotes baldíos donde Mauricio y Héctor solían jugar con arena y hacer travesuras, fueron reemplazados por casas de 2 pisos y balcón, ocupadas por familias de clase media, provenientes de otros sectores de la ciudad. Mauricio Ocampo pasó su infancia y adolescencia en el barrio.
Santa Mónica fue un proyecto creado en la década de los 70, por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), el cual decidió adecuar y dividir en lotes para vivienda los terrenos de la manga del Chapolín, un terreno en el que se hallaban algunas fincas, a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad. El Instituto de Crédito Territorial, también fue el responsable de la creación de barrios como Santa Lucía; todos alrededor del sector de La América el cual fue habitado desde principios de siglo por familias de clase media.
La manga del Chapolín era el paso obligado para los que deseaban llegar a los sectores de Belencito y el Corazón, asentamientos de clase baja que surgieron a principios de los años 20. Después de la década de los 70's, varias corporaciones de vivienda decidieron realizar proyectos en el naciente barrio. Una de las corporaciones era "Consucasa" que al igual que el ICT construyó varias viviendas que aún permanecen en pie.
La casa de Gabriel Ocampo y Amelia Pérez es uno de estos casos. A pesar de que sus cinco hijos ya crecieron y la mayoría de ellos se casaron, la casa continúa salvo algunas modificaciones internas, igual. En el antejardín lleno de flores y plantas cultivadas por Don Gabriel, todos los viernes en la noche y domingos por la tarde, se reúne la familia alrededor de una conversación, unas empanadas de iglesia y media botella de aguardiente. La tradición se mantiene por muchos años, y las escaleras del antejardín tuvieron que arreglárselas para albergar a nuevos novios, cuñados, nietos, primos y amigos que fueron llegando a la familia.
Como Doña Marina, Don Gabriel y Doña Amelia, existen muchos propietarios que aún conservan las casas que compraron 30 años atrás durante la construcción del barrio. Esto ha permitido que en Santa Mónica se cree un ambiente de confianza y camaradería entre la comunidad, que según cuentan los vecinos que más tiempo llevan en el barrio, ha perdurado por varias generaciones, a pesar de la proximidad con sectores como la terminal de buses del Barrio Cristóbal, que según algunos habitantes, ha funcionado por muchos años como expendedora clandestina de drogas; y por sectores como Belencito y El Corazón, que con el resto de la comuna 13, han sufrido a lo largo de su historia graves problemas de orden público.
Cecilia Restrepo nació en el barrio Manrique y allí pasó su infancia y adolescencia. Cuando se casó, su esposo que en esa época trabajaba en Coltejer, obtuvo un crédito con el ICT, y compró una casa en un barrio que para ella era totalmente desconocido. "Era como vivir en otro mundo. Había muchas mangas y hasta charcos. Entonces uno se sentía como viviendo en el campo". Poco después de que naciera su hija Bibiana, Cecilia montó una peluquería en el garaje la que mantuvo hasta el año 2007, cuando tuvo que vender su casa, separarse de su esposo, y comenzar una nueva vida 6 cuadras más abajo, que para ella significaron el mundo. "Este barrio es distinto cuadra por cuadra. Yo me acostumbré a estar rodeada de la misma gente. Eran unos vecinos maravillosos. El único "medioproblemita" que teníamos era Martín el hijo de doña Marina, pero con el tiempo todos lo aprendimos a manejar. Por aquí casi no me amaño. La gente es distinta. No ha vivido toda la vida por aquí, son puras casas alquiladas, entonces por eso no se siente el cariño y el respeto que sentía antes allá en la Calle 36. Pero por lo menos pude montar otra vez la peluquería y mantener mis clientas de siempre. Y estoy cerquita a donde fue siempre mi verdadera casa. Digamos que no me puedo quejar tanto." Sus ojos se tornan húmedos y decide cambiar el tema de conversación.
Esa es la particularidad de un barrio que nació como un proyecto de Ordenamiento Territorial, y que terminó quedándose en el imaginario colectivo de quienes lo habitaron por primera vez y aún siguen presentes de algún modo. Algunos como Cecilia (a pesar de las 6 cuadras de distancia), Amelia, Gabriel y Doña Marina, permanecen hoy caminando y sintiendo su barrio con las dificultades de la edad. Los demás, los que se murieron sin conocer el final de la historia (como a la larga nos va a pasar a todos) están presentes en las conversaciones de escaleras y balcones de quienes vuelven los viernes a donde nacieron a pesar de haber comprado un apartamento de tres alcobas y dos baños, en una loma con apellido al otro lado de la ciudad.
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